lunes, 21 de agosto de 2017

Eric Hobsbawm - Marx puede salvar el mundo y (Libros en PDF de este autor)

 Eric Hobsbawm

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Al fondo a la izquierda


A los 94 a帽os, despu茅s de publicar sus extraordinarias memorias (Tiempos interesantes), el gran historiador ingl茅s Eric Hobsbawm –que dedic贸 su vida a analizar y explicar la era moderna, desde la Revoluci贸n Francesa hasta los estertores del siglo XX– ten铆a un libro m谩s por escribir: C贸mo cambiar el mundo. Tras sentirse parte de la generaci贸n con la que se extinguir铆a el marxismo de la vida pol铆tica e intelectual de Occidente, las crisis financieras, la espiral conflictiva del capitalismo y los cambios en Am茅rica latina le dieron la alegr铆a de volver a su querido Marx. En el libro, despeja con su habitual lucidez las malas interpretaciones, archiva los preceptos que envejecieron y despliega las herramientas que ofrece el autor de El Capital para entender el mundo en el siglo XXI y hacerlo un lugar mejor.
 Por Fernando Bogado

Imaginen la escena: Eric Hobsbawm, reconocido historiador ingl茅s de corte marxista, y George Soros, una de las mentes financieras m谩s importantes del mundo, se encuentran en una cena. Soros, quiz谩 para iniciar la conversaci贸n, quiz谩 con el objetivo de continuar alguna otra, le pregunta a Hobsbawm qu茅 opina de Marx. Hobsbawm elige dar una respuesta ambigua para evitar el conflicto, y respondiendo en parte a ese culto a la reflexi贸n antes que a la confrontaci贸n directa que caracteriza sus trabajos. Soros, en cambio, es concluyente: “Hace 150 a帽os este hombre descubri贸 algo sobre el capitalismo que debemos tener en cuenta”.
La an茅cdota parece casi seguir la estructura del chiste (“Soros y Hobsbawm se encuentran en un bar...”), pero es el mejor ejemplo que el historiador ingl茅s encuentra para mostrar, al comienzo de su nuevo libro, esa idea que est谩 flotando en el aire desde hace tiempo: el legado filos贸fico de Karl Marx (1818-1883) est谩 lejos de haberse clausurado y, muy por el contrario, las publicaciones especializadas de la actualidad, el discurso pol铆tico cotidiano, la organizaci贸n social de cualquier pa铆s no hacen otra cosa m谩s que invocar a su fantasma para tratar de lidiar con ese angustiante problema que ha tomado el nombre hist贸rico de “capitalismo”.
En el libro, recientemente publicado en castellano, que lleva el sugerente t铆tulo de C贸mo cambiar el mundo, Hobsbawm vuelve a ofrecer su indiscutible talento para plantear las proposiciones de aquel fil贸sofo alem谩n que siguen teniendo una vigencia definitoria para construir el presente.
Repasemos antes la presunci贸n de muerte que se colg贸 al cuello de Marx durante el 煤ltimo cuarto del siglo XX: la crisis del petr贸leo de 1973 desencaden贸 un proceso pol铆tico y econ贸mico que organiz贸 eso calificado por Hobsbawm como reductio ad absurdum de los lineamientos de la econom铆a de mercado. La situaci贸n gener贸 la aparici贸n de gobiernos conservadores en EE.UU. y Gran Breta帽a (con Ronald Reagan y Margaret Thatcher a la cabeza de sus naciones), al mismo tiempo que implic贸 en diversos territorios la implantaci贸n de econom铆as de claro corte financiero, situaci贸n que en Latinoam茅rica trajo aparejada la aparici贸n de gobiernos de facto que impusieron este tipo de organizaci贸n por la fuerza, suplantando las estrategias de desarrollo industrial y sustituci贸n de las importaciones por facilidades para los capitales golondrina, la especulaci贸n y la desestructuraci贸n de las organizaciones sindicales (sumado, claro est谩, a las estrategias de represi贸n dispuestas desde ya mucho antes de los golpes, como lo muestra la historia nacional). Aquella serie de cambios culmin贸 con la ca铆da del Muro de Berl铆n y el bloque sovi茅tico en 1989–1991, llevando a su l贸gica conclusi贸n lo que era obvio para todo el mundo luego de 1960: la URSS no pod铆a resistir mucho m谩s tiempo con su particular versi贸n del marxismo y su econom铆a planificada. Francis Fukuyama, pensador norteamericano de corte neoliberal, se apropi贸 de algunos lineamientos de la filosof铆a hegeliana para dar la sentencia final acerca de esta sucesi贸n de acontecimientos: est谩bamos frente al “fin de la Historia”, la desaparici贸n del mundo organizado en bloques opuestos que hab铆a marcado el destino de todo lo conocido desde finales de la Segunda Guerra Mundial en adelante.
Es en este panorama conciliador de econom铆a globalizada y aparente pacificaci贸n social que, a lo largo de la d茅cada de los ‘90, todo el mundo dio por enterrado el pensamiento marxista, incluso, con ciertas justificaciones de 铆ndole 茅ticas: el nombre de Karl Marx ven铆a siempre de la mano del de Joseph Stalin, entre muchos otros. Marx no era s贸lo una mala palabra para un gur煤 econ贸mico, sino tambi茅n para un ciudadano de las zonas m谩s pobres de Rusia, que ve铆a con placer c贸mo ca铆an las estatuas de Lenin, Stalin y el propio Marx.
¿Qui茅n hubiera dicho entonces que ver铆amos una foto de Sarkozy leyendo El capital y al papa Benedicto XVI elogiando la capacidad anal铆tica de su autor?
Entre 2007 y 2009 (2001, para nosotros), una serie de crisis del sistema capitalista financiero (o “capitalismo tard铆o” tal como lo han identificado pensadores como Frederic Jameson o J眉rgen Habermas), demostraron que lo que se pens贸 como el comienzo de una era de tranquilidad en t茅rminos pol铆ticos, sociales y sobre todo econ贸micos all谩 por 1989 no era tal cosa. El mercado librado pura y exclusivamente a la “mano invisible” de Adam Smith, amparado por la domesticaci贸n del Estado, empez贸 a resquebrajarse sin necesidad de conflicto con otro sistema econ贸mico-pol铆tico.

LA REVOLUCION NO ES UN SUE脩O ETERNO

Lo dijo muy bien el Times tras el derrumbe financiero del 2008: “Ha vuelto”. ¿Qui茅n? Marx. Tres a帽os despu茅s, el panorama no ha mejorado y en este clima poco prometedor, muchos revisan su figura para recuperar qu茅 es lo que dijo y qu茅 se puede extraer de su an谩lisis con el objetivo de superar las crisis que aquejan por estos d铆as a las principales econom铆as del mundo globalizado (basta revisar c贸mo empezamos cada semana con un nuevo “lunes negro”, por no sumar m谩s d铆as al calendario).
A los 94 a帽os, Hobsbawm observa acertadamente que Marx hab铆a dictaminado cu谩l ser铆a el destino del capitalismo de seguir la l铆nea que a mediados del siglo XIX insinuaba con perfecta claridad: la concentraci贸n del capital en unas pocas manos generar铆an un mundo en donde s贸lo un n煤mero muy peque帽o de personas tendr铆an el mayor n煤mero de riquezas, mientras que el sistema no podr铆a seguir el ritmo de su propio crecimiento desproporcionado. La cantidad de riquezas generadas y el continuo aumento de la poblaci贸n no permitir铆an el desarrollo igualitario de todos los individuos, a lo que se sumaba que el ritmo de crisis c铆clicas terminar铆a aumentando con el tiempo hasta llegar al punto de la inevitable ca铆da del sistema.
En 2002, el economista hind煤 Meghnad Desai ya anunciaba en un trabajo, “La venganza de Marx”, en donde afirmaba que muchos han cre铆do que el pensamiento del alem谩n se extingui贸 con la ca铆da de los estados socialistas, pero las tesis y observaciones realizadas en los trabajos iniciales van mucho m谩s all谩 de esos 70 a帽os de gobiernos comunistas que constituyen s贸lo un “episodio” del viraje al socialismo: los marxismos no opacan a las observaciones de Marx, y es ese n煤cleo b谩sico lo que hay que volver a leer.
Hobsbawm coincide con Desai: una cosa son los trabajos originales y otra la manera en que esos libros (con sus avatares particulares, sus malas traducciones o sus publicaciones tard铆as) formaron escuelas a lo largo de todo el mundo. Esa historia de la escuela marxista es la que se termin贸 con la ca铆da del Muro, no la fuerza pol铆tica y filos贸fica de los primeros planteos. Este renacer de Marx es lo que entusiasma ahora a un Hobsbawm que se presentaba como un tanto decepcionado con la idea de que, durante la d茅cada del ‘80 hasta finales de 2000, el “mundo marxista qued贸 reducido a poco m谩s que un conjunto de ideas de un cuerpo de supervivientes ancianos y de mediana edad que lentamente se iba erosionando”.
¿Cu谩les son esas ideas? ¿Qu茅 cosas de Marx hay que conservar? En primer lugar, la naturaleza pol铆tica de su pensamiento. Para 茅l, cambiar el mundo es lo mismo que interpretarlo (parafraseando una de las m铆ticas “Tesis sobre Feuerbach”); Hobsbawm considera que hay un temor pol铆tico en varios marxistas a verse comprometidos en una causa, sabiendo de antemano que para entrar a la lectura de Marx tuvo que haber primero un anhelo de tipo pol铆tico: la intenci贸n de cambiar el mundo.
En segundo lugar, el gran descubrimiento cient铆fico de Marx, la plusval铆a, tambi茅n tiene lugar en este ensayo hist贸rico de prueba y error. Reconocer que hay parte del salario del obrero que el capitalista lo conserva para s铆 con el objetivo de aumentar las ganancias con el paso del tiempo es encontrar la prueba de una opresi贸n hist贸rica, el primer paso para llegar a una verdadera sociedad sin clases, sin oprimidos. Los obreros son conscientes de esa injusticia y s贸lo mediante una organizaci贸n pol铆tica coherente podr谩n “dar vuelta la tortilla”. A diferencia de lo que cre铆an los gur煤es de la globalizaci贸n, ni los obreros ni el Estado son conceptos en desuso: Hobsbawm aclara que “los movimientos obreros contin煤an existiendo porque el Estado-naci贸n no est谩 en v铆as de extinci贸n”.
Por 煤ltimo, la existencia de una econom铆a globalizada demuestra aquello que Marx reconoci贸 como la capacidad destructora del capitalismo, m谩s un problema a resolver que un sistema hist贸rico definitivo. Hobsbawm llama la atenci贸n, desde el fil贸sofo alem谩n, a esa “irresistible din谩mica global del desarrollo econ贸mico capitalista y su capacidad de destruir todo lo anterior, incluyendo tambi茅n aquellos aspectos de la herencia del pasado humano de los que se beneficio el capitalismo, como por ejemplo las estructuras familiares”. El capitalismo es salvaje por naturaleza y su final –al menos, el final de la idea cl谩sica de capitalismo– es evidente para cualquier persona en el mundo.
Es muy dif铆cil decir que del an谩lisis de Marx se pueda sacar un plan de acci贸n “a prueba de balas”. La teor铆a marxista cl谩sica habl贸 muy poco de modelos de Estado o de lo que suceder铆a una vez instalada la revoluci贸n y s铆 mucho de an谩lisis econ贸mico: pensando lo que sucede es que se puede saber c贸mo actuar. Lo que Marx dio fueron herramientas, no recetas dogm谩ticas. Como bien dice Hobsbawm, los libros de Marx “no forman un corpus acabado, sino que son, como todo pensamiento que merece este nombre, un interminable trabajo en curso. Nadie va ya a convertirlo en dogma, y menos en una ortodoxia institucionalmente apuntalada”.
Pero claro, la vida te da sorpresas: si bien hay planteos de Marx que se conservan, hay muchos otros que el curso de la Historia (y los hombres que la viven) ha cambiado. Por ejemplo, una de las paradojas del siglo es que si bien Marx cre铆a que la revoluci贸n se terminar铆a dando en todo el mundo (“¡Trabajadores del mundo, un铆os!”), los alzamientos que terminaron con el marxismo en el poder durante el siglo XX se dieron en pa铆ses bien diferentes de Alemania, Inglaterra y Francia, el tri谩ngulo en que, para Marx, empezar铆a todo.
A su vez, el marxismo se mezclar铆a con movimientos de cambio o grupos que reconoc铆an diferentes injusticias sociales en territorios insospechados. En Rusia, por ejemplo, la filosof铆a marxista se mezcl贸 con el nacionalismo agrario narodnik, al menos, en un primer momento. En China, la revoluci贸n se dio en una cultura agr铆cola no occidental, imperial y milenaria. A su vez, todos esos modelos de pa铆s concordaban muy poco con la idea original: tal como afirma Hobsbawm, “en el per铆odo posterior a 1956, una gran mayor铆a de marxistas se vieron obligados a concluir que los reg铆menes socialistas existentes, desde la URSS hasta Cuba y Vietnam, estaban lejos de lo que ellos mismos habr铆an deseado que fuese una sociedad socialista, o una sociedad encaminada al socialismo”.
Quiz谩s el art铆culo m谩s determinante es aquel dedicado a la redacci贸n del Manifiesto del partido comunista, el texto breve de 1848 en donde Marx y Engels declaraban la inevitable presencia de un partido que no era, en esos tiempos, el mismo tipo de organizaci贸n que el siglo XX conocer谩 luego de las propuestas operativas de Lenin. El objetivo fundamental de la creaci贸n de un PC era distinguir su propuesta de la de toda otra forma de avatar socialista, sobre todo en sus variables ut贸picas: de Saint-Simon a los falansterios de Fourier, donde la libertad sexual (y las correspondientes “org铆as coreografiadas”) se equiparaba a una libertad laboral. Un siglo y pico despu茅s, tal vez ese PC haya sido mal entendido.
Pensar la transici贸n de sociedades agrarias a sociedades socialistas, o revisar el cambio hist贸rico del feudalismo al capitalismo, ha sido uno de los puntos que m谩s preocuparon al 煤ltimo Marx: all铆 se encuentra la posibilidad de entender desde el presente los movimientos revolucionarios en naciones con estructuras agrarias como las presentes en Latinoam茅rica, Africa o algunas zonas de Oriente. M谩s all谩 de las condiciones para que se d茅 el cambio (descontento social, conciencia del conflicto, etc.), el marxismo cl谩sico del siglo XIX sosten铆a la necesidad de ciertas condiciones objetivas para la revoluci贸n: desarrollo industrial y comercio a gran escala (lejos de las artesan铆as y el comercio “cara a cara”). Am茅rica latina conoci贸 la refutaci贸n de estas condiciones en el Che Guevara: donde hab铆a una necesidad, no hab铆a s贸lo un derecho, sino tambi茅n una posible revoluci贸n. Hobsbawm, atento a este tipo de experiencias, demuestra el inter茅s particular que existe por revisar el cambio al socialismo fuera de los l铆mites de Europa.

LA CINTURA COSMICA DE MARX

En una entrevista realizada para el diario The Guardian por Tristram Hunt –quien acaba de publicar, oh casualidad, la biograf铆a de Engels tambi茅n rese帽ada en estas p谩ginas– y aparecida en enero de este a帽o, Eric Hobsbawm habl贸 con entusiasmo de la recuperaci贸n de cierto lenguaje econ贸mico y pol铆tico que se cre铆a clausurado luego del auge liberal de las 煤ltimas d茅cadas del siglo XX: “Hoy en d铆a, ideol贸gicamente, me siento m谩s en casa en Latinoam茅rica porque sigue siendo la 煤nica parte del mundo donde la gente todav铆a habla y conduce su pol铆tica en el viejo lenguaje, en el lenguaje del siglo XIX y del XX del socialismo, el comunismo y el marxismo”. Si bien la pregunta apuntaba a la salida de Lula del gobierno y la ubicaci贸n de Brasil dentro del grupo de naciones con perspectivas de liderazgo mundial (el BRIC, junto a Rusia, India y China), la respuesta renueva la repercusi贸n de la coyuntura pol铆tica latinoamericana dentro del panorama mundial y la presencia de diversos gobiernos de izquierda y centroizquierda en el continente.
Uno de los 煤ltimos art铆culos del libro, “Marx y el trabajo: el largo siglo”, se帽ala precisamente que las organizaciones proletarias con fines pol铆ticos no necesariamente van de la mano de la teor铆a marxista. El mejor caso para explicar su punto lo encuentra en nuestro intrigantes pagos: “Los socialistas y comunistas, frustrados desde hace tiempo en Argentina, no pod铆an comprender c贸mo un movimiento obrero radical y pol铆ticamente independiente pod铆a desarrollarse, en la d茅cada de 1940, en aquel pa铆s, cuya ideolog铆a (el peronismo) consist铆a b谩sicamente en la lealtad a un general demagogo”.
La victoria de partidos obreros en el continente, alimentados por la perspectiva marxista de justicia y progreso igualitario pero no ligados a organizaciones de neto corte comunista, presenta la posibilidad de una transici贸n a un Estado socialista no mediada por una revoluci贸n, tal como se planteo en los t茅rminos de la URSS y la hist贸rica Revoluci贸n del ‘17, o como el imaginario actual lee el devenir de la revoluci贸n cubana de 1959. En definitiva, hay cosas que la misma Historia, no Marx o sus muchas interpretaciones, han demostrado que son inviables: el socialismo ruso fracas贸 por mantener una econom铆a de guerra a corto plazo que se propon铆a objetivos dif铆ciles que implicaban esfuerzos y sacrificios excesivos (desde concentrar todo el excedente y el esfuerzo productivo con tal de conquistar el espacio exterior a cambiar las pr谩cticas de producci贸n agraria). Separar a Lenin y a Stalin del pensamiento de Marx es un acontecimiento dado en los 煤ltimos a帽os que puede mostrar las facetas m谩s interesantes para una teor铆a del presente. Es decir, algo necesario que permite pensar las circunstancias actuales para apuntalar el cambio dentro de la compleja geograf铆a latinoamericana.
El marxismo ha tenido varias crisis a lo largo de su historia. Desde que se propuso poner a Hegel “patas para arriba” y transformar todo el discurso de lo espiritual en atenci贸n a lo material, ya en 1890 aparecieron los primeros cr铆ticos a los planteos b谩sicos de esta filosof铆a. Sin embargo, hay algo en las ideas de Marx que sigue interpelando al hombre contempor谩neo, que sigue hablando de un cambio no considerado como mero anhelo existencial o aspiraci贸n ut贸pica, sino como situaci贸n posible de llevar a cabo en la actualidad, ante todo, por la v铆a democr谩tica y partidaria. Como bien pregunta Soros, y como escribe Hobsbawm: “No podemos prever las soluciones de los problemas a los que se enfrenta el mundo en el siglo XXI, pero para que haya alguna posibilidad de 茅xito deben plantearse las preguntas de Marx”.

https://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-7266-2011-08-14.html
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¿Y AHORA QUE?: UN FRAGMENTO DEL LIBRO

El fin del mundo tal como lo conocemos






 Por Eric Hobsbawm
No est谩 claro hasta qu茅 punto pueden llenar las imaginadas comunidades 茅tnicas, religiosas, de g茅nero, de estilo de vida y otras identidades colectivas el vac铆o dejado por el retroceso de las viejas ideolog铆as de la izquierda socialista. Pol铆ticamente, el nacionalismo 茅tnico tiene m谩s posibilidades, puesto que se aplica a las arraigadas exigencias pol铆ticas xen贸fobas y proteccionistas de la clase obrera que resuenan m谩s que nunca en una era que combina la globalizaci贸n y el desempleo de las masas: “nuestra” industria para la naci贸n, no para los extranjeros; prioridad de los empleos nacionales para los nacionales, abajo con la explotaci贸n por el extranjero rico y el pobre inmigrante extranjero, etc茅tera. Te贸ricamente, las religiones universales como el catolicismo romano y el Islam imponen sus propios l铆mites a la xenofobia, pero tanto la identidad 茅tnica como la religi贸n funcionan como barreras potenciales contra la vertiginosa globalizaci贸n capitalista que destruye las viejas formas de vida y las relaciones humanas sin proporcionar alternativa alguna. El riesgo de un acusado desplazamiento de la pol铆tica hacia una derecha radical demag贸gica confesional o nacionalista es probablemente mayor en los antiguos pa铆ses comunistas de Europa y Asia occidental y del Sur, y menos en Latinoam茅rica. La crisis econ贸mica puede aportar un cambio relativo hacia la izquierda similar a lo ocurrido bajo F. D. Roosevelt durante la Gran Depresi贸n en Estados Unidos, pero esto no es probable que suceda en otra parte.
Y sin embargo, algo ha cambiado para mejor. Hemos redescubierto que el capitalismo no es la (o no es la 煤nica) respuesta, sino la pregunta. Durante medio siglo su 茅xito se ha dado por sentado, de tal forma que su mismo nombre cambi贸 sus asociaciones tradicionalmente negativas por otras positivas. Empresarios y pol铆ticos pod铆an ahora disfrutar no s贸lo de la libertad de la “libre empresa”, sino de ser francamente capitalistas. Desde la d茅cada de 1970, el sistema, olvidando los temores que le condujeron a reformarse a s铆 mismo despu茅s de la Segunda Guerra Mundial y los beneficios econ贸micos de su reforma en la posterior “edad de oro” de las econom铆as occidentales, revirti贸 a la extrema, o incluso podr铆a decirse que patol贸gica, versi贸n de la pol铆tica de laissez-faire (“el gobierno no es la soluci贸n, sino el problema”) que finalmente implosion贸 en 2007-2008. Durante los casi veinte a帽os posteriores al fin del sistema sovi茅tico, sus ide贸logos cre铆an que hab铆an alcanzado “el fin de la Historia”, “una imperturbable victoria del liberalismo pol铆tico y econ贸mico” (Fukuyama), un crecimiento en un definitivo y permanente orden mundial pol铆tico y social autoestabilizador del capitalismo, incontestado e incontestable tanto en teor铆a como en la pr谩ctica.

C贸mo cambiar el mundo: Marx y el marxismo 1840-2011. Eric Hobsbawm Cr铆tica 496 p谩ginas
Nada de esto es ya sostenible. Los intentos del siglo XX por tratar la historia del mundo como un juego de suma cero econ贸mico entre lo p煤blico y lo privado, puro individualismo y puro colectivismo, no han sobrevivido a la manifiesta bancarrota de la econom铆a sovi茅tica y la econom铆a del “fundamentalismo de mercado” entre 1980 y 2008. El retorno a una de estas econom铆as no es m谩s posible que el retorno a la otra. Desde 1980 es evidente que los socialistas, marxistas o de otra 铆ndole, se quedaron sin su tradicional alternativa al capitalismo, a menos que o hasta que reflexionen sobre lo que quer铆an decir con el t茅rmino “socialismo” y abandonen la presunci贸n de que la clase obrera (manual) ser谩 necesariamente el principal agente de la transformaci贸n social. Pero tambi茅n quedaron indefensos aquellos que cre铆an en la reductio ad absurdum de la sociedad de mercado de 1973-2008. Puede que no est茅 en el horizonte un sistema alternativo sistem谩tico, pero la posibilidad de una desintegraci贸n, incluso de un desmoronamiento, del sistema existente ya no se puede descartar. Ninguna de las partes sabe qu茅 suceder铆a o qu茅 podr铆a suceder en este caso.
Parad贸jicamente, ambas partes tienen inter茅s en regresar a un gran pensador cuya esencia es la cr铆tica del capitalismo y de los economistas que no fueron capaces de reconocer a d贸nde conducir铆a la globalizaci贸n capitalista, pronosticada por 茅l en 1848. Una vez m谩s es evidente que las operaciones del sistema econ贸mico han de ser analizadas hist贸ricamente, como una fase y no como el fin de la Historia, y de manera realista, es decir, no en t茅rminos de un equilibrio de mercado ideal, sino de un mecanismo intr铆nseco que genera crisis peri贸dicas susceptibles de cambiar el sistema. La actual puede ser una de ellas. De nuevo resulta obvio que incluso entre importantes crisis, “el mercado” no tiene respuesta al principal problema al que se enfrenta el siglo XXI: que el ilimitado crecimiento econ贸mico cada vez m谩s altamente tecnol贸gico en busca de beneficios insostenibles produce riqueza global, pero a costa de un factor de producci贸n cada vez m谩s prescindible, el trabajo humano, y, podr铆amos a帽adir, de los recursos naturales del globo. El liberalismo pol铆tico y econ贸mico, por separado o en combinaci贸n, no pueden proporcionar la soluci贸n a los problemas del siglo XXI. Una vez m谩s, ha llegado la hora de tomarse en serio a Marx.
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El diario Clar铆n de Argentina entrevista a Eric Hobsbawm

"La historia del siglo" titula la nota aparecida en Revista 脩


La Revista 脩, el extraordinario suplemento cultural del diario Clar铆n de Argentina, publica en su 煤ltima edici贸n una entrevista a Eric Hobsbawm, el historiador ingl茅s vivo m谩s importante y uno de los m谩s prestigiosos del siglo XX. Hobsbawm, que a sus 90 a帽os sigue en plena actividad intelectual (acaba de publicar "Guerra y Paz en el siglo XXI"), ha sido testigo de los principales acontecimientos de la centuria pasada, y cuyo an谩lisis volc贸 en un libro que ya es un cl谩sico de la historiograf铆a mundial: "Historia del Siglo XX". Este es el texto de la entrevista.


TEMA DE TAPA
La historia del siglo


El m谩s prestigioso historiador del siglo XX, Eric Hobsbawm, analiza el futuro de la democracia, en un mundo imperial. Al cabo de una vida de intensa militancia, reflexiona sobre la vigencia actual del marxismo. Su concepci贸n de la Historia, las dificultades de una disciplina acechada por el escepticismo y el conformismo de la permanente especializaci贸n. Hoy, cuando cumple 90 a帽os, reflexiona sobre el tiempo que pas贸 y el tiempo por venir.

Ivana Costa
icosta@clarin.coma

Cuando cumpli贸 85 a帽os, el historiador Eric Hobsbawm, el m谩s reconocido intelectual marxista de la actualidad, public贸 su autobiograf铆a, A帽os interesantes. Para un especialista, interesado en sus aportes a la historiograf铆a del siglo XX, quiz谩s este libro no fuera m谩s que una colorida gu铆a por los modos en que 茅l fue abordando cada cuesti贸n —el siglo XX, la formaci贸n de la clase obrera, la tensi贸n entre capitalismo y revoluci贸n—; una serie de curiosidades biogr谩ficas que definieron ciertos temas y una preferencia filos贸fica y pol铆tica. Pero para todo lector apasionado por el mundo en que vivimos y por los ecos remotos de su pasado inmediato, la vida de Hobsbawm es una lectura preciosa, pr谩cticamente 煤nica, en la que se conjugan la tragedia familiar y la construcci贸n personal con los acontecimientos hist贸ricos que hicieron del siglo XX un tiempo terrible y hermoso, una "edad de los extremos". Una pieza comparable, en su valor literario y testimonial, a la autobiograf铆a de Nina Berberova, a las memorias de Vladimir Nabokov o al conjunto que forman la novela G, de John Berger, y algunos de sus relatos breves.

Una importancia central que tiene la narraci贸n de la propia vida, en el caso de un l煤cido observador y analista del siglo XX, es que 茅l "estaba ah铆". Nacido "en el a帽o de la Revoluci贸n Rusa", estaba ah铆 cuando se desintegr贸 el imperio brit谩nico —se desintegraron, al menos, los efectos simb贸licos de ostentar el ejercicio del poder gubernamental en las colonias—, y sobre todo cuando el mundo decimon贸nico y sus valores cayeron derrotados a los pies de la "vida moderna" —los propios padres de Hobsbawm: un ciudadano brit谩nico y su joven esposa austr铆aca, miembros de la parte m谩s cosmopolita de la comunidad jud铆a de Viena, se vieron all铆 hundidos en la miseria—. Hobsbawm estaba ah铆 cuando subi贸 Hitler al poder y cuando fue vencido. Cuando se desmoron贸 el Muro de Berl铆n y, con 茅l, toda una era de "socialismo real". Hobsbawm estaba ah铆, recorriendo Latinoam茅rica y siguiendo el rastro de sus movimientos insurreccionales justo en los a帽os que van desde la revoluci贸n cubana al surgimiento de las guerrillas setentistas. Y estaba ah铆 viendo caer las Torres Gemelas de Manhattan, oyendo c贸mo Washington se declaraba "煤nico protector de cierto orden mundial" y decretaba as铆 la clausura del siglo XX. El 11 de septiembre de 2001, Hobsbawm estaba ah铆, en una cama de hospital en Londres: "No existe lugar mejor que 茅se, lugar por excelencia de una v铆ctima en cautiverio —escribi贸—, para reflexionar sobre el aluvi贸n extraordinario de palabras e im谩genes orwellianas que inunda a la prensa escrita y la televisi贸n". Pero adem谩s, Hobsbawm —que hoy cumple 90, y todav铆a escribe art铆culos, publica libros y responde largas entrevistas telef贸nicas— sigue estando ah铆. Desconf铆a de la perdurabilidad del imperio americano, se帽ala las ingenuidades de la utop铆a altermundista, piensa que es preciso ser "un historiador esc茅ptico" y, a la vez, esperar lo mejor del proyecto liberador del marxismo, al que sin dudas reivindica.

En una entrevista en Lib茅ration dec铆a que "hay que devolverle al marxismo su elemento mesi谩nico". A pesar de que el pensamiento pol铆tico (sobre todo el marxismo) aspira a "salvar" a grandes porciones de la humanidad, la tendencia secular es a evitar el mesianismo. ¿La utop铆a marxista tiene a煤n una oportunidad mesi谩nica en este siglo?

No en la forma en que cre铆amos en ella, es decir la de una econom铆a planificada centralmente que pr谩cticamente eliminaba el mercado, sino bajo la forma de un sistema deliberadamente orientado a incrementar la libertad humana y el desarrollo de las habilidades humanas. Creo que, as铆, el marxismo todav铆a tiene un campo de acci贸n considerable.

¿Y las utop铆as altermundistas?

Lo positivo es que son anticapitalistas y han vuelto a plantear la cuesti贸n de que el capitalismo en su totalidad debe ser criticado. Lo negativo es cierta falta de realismo. Respecto de la globalizaci贸n, por ejemplo: se la puede controlar en parte pero no se puede decir que se la va a revertir. Veo varias utop铆as en el movimiento altermundista pero, por ahora, ninguna que sea universalmente aplicable como las aspiraciones socialistas de los siglos XIX y XX. Mucho del utopismo altermundista est谩 m谩s cerca de los viejos anarquistas, que dec铆an: Acabemos con el capitalismo, acabemos con el r茅gimen malvado y despu茅s, de alguna manera, todo resultar谩 bien. Hay versiones pol铆ticamente m谩s 煤tiles: algunas ONG aprendieron a actuar globalmente y pueden ejercer verdadera presi贸n en campos importantes como el ambiental.

En su 煤ltimo libro, "Guerra y paz en el siglo XXI", afirma que la democracia est谩 rodeada de ret贸rica vac铆a: se ha convertido en un concepto incuestionable que, sin embargo, enmascara situaciones inaceptables de injusticia. ¿Ser铆a posible recuperar un sentido aut茅ntico de democracia? ¿Tendr铆a sentido?

La ret贸rica vac铆a de la democracia sirve de justificaci贸n a las conquistas imperiales, pero la cr铆tica principal a la democracia como ret贸rica de propaganda es m谩s amplia. En general se la usa para justificar las estructuras existentes de clase y poder: "Ustedes son el pueblo y su soberan铆a consiste en tener elecciones cada cuatro o seis a帽os. Y eso significa que nosotros, el gobierno, somos leg铆timos aun para los que no nos votaron. Hasta la pr贸xima elecci贸n no es mucho lo que pueden hacer por s铆 mismos. Entretanto, nosotros los gobernamos porque representamos al pueblo y lo que hacemos es para bien de la naci贸n". Una cr铆tica: la democracia queda reducida a una participaci贸n ocasional en las elecciones, porque oficialmente en una democracia uno no est谩 autorizado a emprender otras acciones pol铆ticas que no sean las leg铆timas y pac铆ficas.

Varios polit贸logos franceses piensan mejorar la democracia fortaleciendo el debate institucional.

S铆, pero mi objeci贸n es mucho m谩s amplia: no digo 煤nicamente que la democracia no puede quedar reducida s贸lo a las elecciones, tampoco puede quedar reducida al debate. Lo que el pueblo hace y es debe influir en el gobierno, de formas variadas. Su influencia no puede quedar reducida a una forma particular de constituci贸n. Por otra parte, muchos problemas del siglo XXI escapan al marco de los estados nacionales. La democracia existe s贸lo dentro de los estados nacionales as铆 que, nos guste o no, tenemos que encontrar otras formas de abordar problemas globales. Es dif铆cil de saber cu谩les van a ser porque, hasta ahora, nada reemplaz贸 a los estados.

Cuando habla de "pueblo" piensa en movimientos sociales, los de Argentina, por ejemplo.

Por supuesto. Cualquier movimiento es sumamente importante, siempre que el gobierno tome en cuenta la opini贸n del pueblo.

Usted estudi贸 la forma en que, hist贸ricamente, muchos movimientos perdieron eficacia al convertirse en usinas de clientelismo, usados por el populismo.

"Populismo" es un t茅rmino que se usa en sentido demasiado general. La mayor铆a piensa que el populismo est谩 asociado a la derecha pol铆tica pero tambi茅n puede estar asociado a la izquierda o al centro. "Populismo" simplemente quiere decir gobiernos que tratan de hablar directamente con la gente; lo pueden hacer con diferentes prop贸sitos. Per贸n era populista en un sentido y Ch谩vez, en otro. No dir铆a que necesariamente el populismo como tal debe ser aceptado por completo o rechazado. La esencia de la democracia es que el gobierno tiene que tomar en cuenta lo que el pueblo quiere y no quiere. No hay ning煤n mecanismo eficaz para hacerlo: el gobierno representativo no es muy eficaz. A veces funcionan mejor la prensa o los movimientos directos.

¿Tiene futuro la "multitud" entendida como sujeto pol铆tico, tal como piensa Toni Negri?

Debo decirle que no soy un gran admirador de 茅l. No tengo muy buena opini贸n de Negri. Y creo que el t茅rmino "multitud" es demasiado general. Hay que definir qu茅 se entiende por "multitud". Se la podr铆a estructurar por clases, por nacionalidad o de otras formas, pero decir "multitud" no nos lleva muy lejos.

El concepto de "clase social" tambi茅n fue objetado (Philip Furbank lo atac贸 sociol贸gica e hist贸ricamente). ¿En qu茅 cifrar铆a la importancia pol铆tica del concepto de clase?

Es un concepto que de hecho se mantiene. Cualquiera que analice resultados electorales ver谩 que se los descompone por clase, secci贸n y nivel de educaci贸n (hoy d铆a esto tambi茅n significa clase). Hoy la pol铆tica no est谩 dominada por movimientos conscientes de que representen una clase, pero eso no significa que la clase haya dejado de ser importante. Algunas clases son hoy menos relevantes (la clase industrial trabajadora) pero eso no quiere decir que las clases hayan dejado de existir. Es un gran error subestimar la importancia de la clase. Y es un gran error suponer que una clase representa a las otras.


El Atlas y el mundo entero

"El 8 de febrero de 1929, a 煤ltima hora de la tarde, al regresar de una de sus cada vez m谩s desesperadas idas y vueltas a la ciudad en busca de dinero, fruto de su trabajo o de alg煤n pr茅stamo, mi padre cay贸 fulminado delante de la puerta principal de casa". As铆 narra Eric Hobsbawm el m谩s directo impacto de la Depresi贸n en su memoria de 12 a帽os. Dos a帽os despu茅s iba a morir su madre. Pero hasta entonces, la extrema vulnerabilidad en que se hallaba su familia le hab铆a resultado casi inadvertida. El primer indicio de "lo dura que era la situaci贸n" lo hab铆a tenido —cuenta— luego de mostrar la lista de libros que ped铆an sus profesores del secundario: entre ellos el costoso Atlas Kozenn. "¿Es absolutamente imprescindible que lo tengas?", se hab铆a alarmado su madre. El libro finalmente se compr贸, pero —escribe Hobsbawm—: "la sensaci贸n de que en esa ocasi贸n se hab铆a hecho un sacrificio importante siempre me acompa帽贸". En su biblioteca, Hobsbawm conserva el viejo Atlas Kozenn un poco maltrecho y lleno de dibujitos en los m谩rgenes. Dice que todav铆a lo consulta. Su obra, que abarc贸 el mundo entero en transformaciones sucesivas, quiz谩s haya sido una forma de reconocer el valor de aquel sacrificio.

Ese mundo, que de nuevo se transforma mientras avanza la globalizaci贸n capitalista, no ver谩 desaparecer las unidades pol铆ticas reconocibles. Por ahora, al menos —afirma Hobsbawm—, no ver谩 desaparecer los Estados nacionales. "La globalizaci贸n debilit贸 muchos poderes del Estado. Hay una tendencia a globalizar la econom铆a, la ciencia, las comunicaciones, pero no a crear grandes organizaciones supranacionales. Muchos Estados son irrelevantes o existen en funci贸n de la globalizaci贸n (viven del turismo o como para铆sos fiscales), pero hay cinco o seis que determinan lo que pasa en el mundo, y otros, m谩s chicos, son importantes porque imponen l铆mites a la globalizaci贸n. La globalizaci贸n capitalista, por ejemplo, insist铆a en el libre movimiento de todos los factores de la producci贸n —dinero, bienes—, sin restricci贸n y por todo el mundo. Pero la mano de obra es un factor de la producci贸n que no ha instaurado el libre movimiento, y una de las razones es pol铆tica (los Estados no lo permiten porque podr铆a crear enormes problemas pol铆ticos a nivel nacional). El Estado no est谩 desapareciendo; coexiste con la globalizaci贸n, o sea, con un pu帽ado de corporaciones, pero no desaparece."

El proyecto de Uni贸n Europea, dice, es todav铆a dudoso. ¿Cu谩les son los aspectos m谩s dudosos?

No hay una identidad europea. En la UE, las decisiones las toman los gobiernos nacionales; las elecciones, incluso las europeas, se llevan a cabo en t茅rminos de pol铆tica nacional. La expansi贸n de la UE a 27 Estados lo hace a煤n m谩s evidente: no creo que tenga futuro como Estado federal 煤nico y, hasta que no lo tenga, no tendr谩 un electorado efectivo ni ser谩 la base efectiva de la democracia. Eso no quiere decir que sea una mala organizaci贸n. Al contrario, parece buena.

Una grandeza econ贸mica.

Econ贸mica y algo m谩s: ha logrado establecer ciertos patrones comunes en materia de leyes aceptadas como superiores a las leyes nacionales de los Estados. Quiz谩 lo m谩s cercano a una federaci贸n.

La UE acaba de sancionar una ley que castiga a quien niegue el Holocausto. Usted estuvo en contra del juicio al historiador David Irving (acusado de negar la "soluci贸n final"): "La misma expresi贸n —dijo— pertenece a una era en la que la condena moral reemplaz贸 a la historiograf铆a". ¿Qu茅 opina de esta ley?

No creo que se pueda establecer o negar la verdad hist贸rica por medio de la legislaci贸n. Fue un error sancionar leyes que consideren un delito negar el Holocausto, y es un error de los franceses tratar de promulgar una ley sobre el genocidio de los armenios, y fue un error del gobierno de Chirac insistir en que hay que ense帽ar que el imperio franc茅s fue positivo. Es la opini贸n general de los historiadores profesionales —no hace falta aclarar que dif铆cilmente tengamos simpat铆a alguna por los nazis o la masacre de los armenios por los turcos. S贸lo que 茅sa no es la manera de establecer la verdad.

Usa un ejemplo futbol铆stico para se帽alar diferencias entre los EE.UU. y el antiguo imperio brit谩nico. ¿Le gusta el f煤tbol?

No soy fan谩tico pero todos somos parte de una cultura futbol铆stica. Lo que digo es que hay un conflicto b谩sico entre la l贸gica del mercado, una l贸gica global, y el hecho de que las emociones de la gente est谩n atadas al equipo nacional. Por un lado, los clubes y la competencia entre los principales clubes de los principales pa铆ses europeos son los que dan el dinero. Pero all铆 no hay nada nacional (como sabe, hubo un momento en que mi equipo, el Arsenal, no ten铆a pr谩cticamente ning煤n jugador nacido en Inglaterra). Para estos grandes clubes, las selecciones nacionales son una distracci贸n. No les gusta prestar a sus jugadores para que entrenen con sus selecciones. Pero las selecciones nacionales tienen que entrenar. Por lo tanto, para los clubes —empresas capitalistas, naturalmente— la selecci贸n nacional es una distracci贸n y sin embargo no pueden prescindir de ella porque lo que mantiene al f煤tbol en funcionamiento es la competencia internacional.

Esa distracci贸n y las tensiones que plantea son un atractivo mayor. Los partidos no ser铆an tan intensos si no estuvieran esas emociones en juego. 

S铆. Y en muchos sentidos, muchos pa铆ses que antes no ten铆an identidad, como algunos de Africa, adquieren identidad a trav茅s de esto. Porque es m谩s f谩cil imaginarse como parte de una gran unidad a trav茅s de once personas en una cancha que a trav茅s de abstracciones.

¿C贸mo influyen las emociones en su oficio de historiador?

El historiador tiene que ser infinitamente curioso; tiene que poder imaginar las emociones de personas que no se le parecen. No se puede llegar al fondo de un per铆odo hist贸rico si no se trata de averiguar c贸mo era. Alguien dijo una vez, muy acertadamente, que el pasado es otro pa铆s. Los historiadores son, de alguna manera, escritores, novelistas: tienen que imaginar pero no pueden inventar, deben guiarse por los hechos. Y el historiador tiene sus propios sentimientos pero ellos no deben interferir con las pruebas. En este sentido, el gran modelo es el franc茅s Marc Bloch. No s贸lo era un maravilloso historiador: en su primer gran libro tambi茅n imagin贸 una sociedad que cre铆a que el rey estaba en contacto directo con el Cielo y que, por eso, la mano del rey pod铆a curar sus males. Bloch ten铆a sus propias emociones, se uni贸 a la Resistencia y muri贸 a manos de los alemanes durante la Guerra. No era en absoluto una persona neutral.

El historiador no inventa los hechos, pero descubre —en los textos, en los documentos, en el an谩lisis— cosas que estaban all铆 y nadie hab铆a visto. "Descubrir" e "inventar" son palabras muy pr贸ximas, aun etimol贸gicamente. Descubrir o inventar el Big Bang ¿no es lo mismo?

Creo que los historiadores comienzan con ciertos problemas que surgen de c贸mo han sido criados, c贸mo piensan, etc. No llegan a la historia como c谩maras que s贸lo filman (hasta las c谩maras deben ser dirigidas hacia algo). Y adem谩s, los historiadores producen algo definitivo, permanente. No se pueden discutir las pruebas; s铆 las interpretaciones. Alguno cree que Elvis Presley no muri贸: est谩 equivocado. Quien niega el Holocausto est谩 equivocado. De all铆 partimos. Qu茅 pien se usted de Elvis, c贸mo interpreta el Holocausto, hay infinitas discusiones posibles.

¿Su concepci贸n de la historia cambi贸 en todos estos a帽os?

B谩sicamente no ha cambiado.

Trabaja con el tiempo: ¿alguna vez pens贸 qu茅 es el tiempo? 

Bueno, ahora pienso que tenemos que expandir nuestros horizontes por fuera de la vida humana. La humanidad abarca una peque帽a porci贸n de la historia del mundo, siguiendo patrones astron贸micos o incluso geol贸gicos. La agricultura se invent贸 hace quiz谩 10.000 a帽os. Pero uno debe tratar de ver el cuadro completo. Uno de los grandes aciertos de Marx fue tratar de ver el desarrollo completo de la raza humana en perspectiva, desde que sali贸 de las cavernas hasta el desarrollo de las sociedades. Eso no significa que uno no se pueda concentrar en per铆odos m谩s breves. De hecho, uno debe hacerlo: los antrop贸logos sol铆an entrenarse haciendo trabajo de campo sobre un determinado pueblo, y los historiadores se entrenan eligiendo determinado tema. Pero hoy el gran peligro de la historia es la excesiva especializaci贸n y que se ense帽e la historia no como un progreso general de la especie humana sino como una serie de retazos elegidos seg煤n un criterio cualquiera. Y es muy importante que los historiadores se comuniquen, que escriban para que se los pueda entender, no s贸lo para otros especialistas.
http://www.reporterodelahistoria.com/2007/06/la-tijera-el-diario-clarn-de-argentina.html
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Una conversaci贸n con Eric Hobsbawm sobre Marx, las revueltas 




Los libros en PDF
Hobsbawm, Eric – 1990 – Naciones y Nacionalismo Desde 1780.pdf
Hobsbawm, Eric – 1994 – Historia del siglo XX.pdf
Hobsbawm, Erik – 2011 – Como cambiar el mundo.pdf
Hobsbawm, Eric – 1990 – Los ecos de la Marsellesa.pdf
Hobsbawm, E. y Marx, K. – Formaciones econ贸micas precapitalistas [10陋 ed., Pasado y Presente, 1982].pdf
Hobsbawm, E. – Revolucionarios. Ensayos contempor谩neos [1973] [ed. Cr铆tica, 2010].pdf
Hobsbawm, Eric – 1959 – Rebeldes Primitivos.pdf
Hobsbawm, Eric – 1969 – Bandidos.pdf
Hobsbawm, Eric – 1969 – y Rud茅, George – Revoluci贸n industrial y revuelta agraria. El capit谩n Swing.pdf
Hobsbawm, Eric – 1971 – En torno a los origenes de la Revolucion Industrial.pdf
Hobsbawm, Eric – 1975 – La Era Del Capital, 1848-1875.pdf
Hobsbawm, Eric – 1983 – La invenci贸n de la tradici贸n.pdf
Hobsbawm, Eric – 1983 – Marxismo e Historia Social.pdf
Hobsbawm, Eric – 1987 – La Era Del Imperio, 1875-1914.pdf
Hobsbawm, Eric – 1989 – Industria e Imperio.pdf
Eric-Hobsbawm-La-Era-de-Las-Revoluciones-1789-1848.pdf



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