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miércoles, 6 de mayo de 2020

Max Planck, el padre de la teoría cuántica que intentó convencer a Hitler de que permitiera trabajar a los científicos judíos

Redacción

  • 23 abril 2019
Max PlanckDerechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image captionPlanck fue galardonado en 1918 con el Premio Nobel de Física "por su papel en el avance de la física debido al descubrimiento de la teoría cuántica".
Cuando a Max Planck le llegó el momento de decidir qué estudiar en la universidad, el entonces adolescente dudaba entre física u otras disciplinas.
Consultó a un profesor de física, quien le respondió que en esa disciplina "lo esencial ya estaba descubierto" y le recomendó que se dedicara a otra área de estudio.
El joven señaló que no le interesaba hacer nuevos descubrimientos sino comprender los fundamentos, y optó por la física.
Fue una decisión afortunada para el futuro de la ciencia, ya que Planck se convirtió en el padre de la teoría cuántica y recibió por sus descubrimientos el Premio Nobel de Física.
En BBC Mundo recordamos el aporte del físico alemán, que nació un 23 de abril, y la tragedia personal que marcó su vida.

Doctorado a los 21

Planck nació el 23 de abril de 1858 en la ciudad de Kiel, en una familia de gran trayectoria académica ya que sus antepasados habían enseñado teología en la Universidad de Gotinga.
Planck tocando el pianoDerechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image captionEl físico mostró desde niño su talento para la música. Los conciertos en su casa de Berlín eran un lugar de encuentro de científicos y filósofos.
Desde niño mostró un gran interés y talento por la música y tocaba tanto el piano como el órgano y el cello.
El joven se matriculó en la Universidad de Múnich, bajo la tutela del mismo profesor que había intentado disuadirlo, Philipp von Jolly.
Planck se doctoró en física en Múnich. Su tesis de doctorado, que presentó con 21 años, se tituló "Sobre el segundo principio de la termodinámica".
El científico fue más tarde profesor de física en la Universidad de Múnich, cargo que ejerció luego en las universidades de Berlín y Kiel.

Mecánica cuántica

En 1900, Planck descubrió la constante fundamental que lleva su nombre, que es utilizada para calcular la energía de un fotón.
El físico descubrió que la radiación no es emitida ni absorbida en forma continua, sino en pequeñas cantidades a las que denominó cuantos.
Max Planck y Albert EinsteihnDerechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image captionEinstein fue profesor de física en la Universidad de Berlín cuando Planck era decano de la institución.
Poco después descubrió la ley de la radiación electromagnética emitida por un cuerpo a cierta temperatura, denominada ley de Planck, que sentó una de las bases de la mecánica cuántica.
El trabajo del físico alemán, que fue verificado posteriormente por otros científicos, permitió el nacimiento de un campo totalmente nuevo en la física.
A pesar de cierta resistencia inicial, Albert Einstein y luego muchos otros científicos adoptaron las ideas de Planck para explicar que las ondas de luz se comportan también como una corriente de partículas, y que los electrones son simultáneamente partículas y ondas.
Planck fue galardonado en 1918 con el Premio Nobel de Física "por su papel en el avance de la física debido al descubrimiento de la teoría cuántica".
Gracias a los descubrimientos de Planck y su teoría cuántica, fue posible aplicar la física al mundo de lo infinitamente pequeño, un mundo muy diferente al de lo visible regido por la física tradicional.
En el mundo cuántico, un electrón ocupa simultáneamente diferentes puntos en su órbita y al saltar de una órbita a otra su trayectoria no puede predecirse.
Como señaló el físico Niels Bohr, quien usó la teoría cuántica para describir el átomo, "si nada de esto te parece desconcertante, es porque no lo has entendido".

La pérdida de su hijo Erwin

Planck tuvo una distinguida carrera académica. Fue secretario de la Academia Prusiana de Ciencias y presidió la Sociedad del emperador Guillermo para el Avance de la Ciencia.
Pero en su vida personal el científico debió afrontar numerosas tragedias.
Su hijo Erwin Planck fue asesinado por los nazis el 3 de enero de 1945, acusado de participar en un plan para asesinar a Hitler.
Planck intentó convencer a Hitler de que permitiera a los científicos judíos seguir trabajando, pero sus peticiones fueron en vano.
Planck en su bibliotecaDerechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image captionLa casa de Planck en Berlín fue arrasada en un bombardeo aéreo en 1944.
Einstein había sido uno de los pocos científicos que no tardaron en reconocer la importancia de la teoría cuántica y trabó una fuerte amistad con Planck.
Einstein fue profesor de física en la Universidad de Berlín mientras Planck era decano de la institución.
En 1944, la casa de Planck en Berlín, con sus invaluables manuscritos y biblioteca, fue arrasada en un bombardeo aéreo.

Rescatado por tropas estadounidenses

Planck y su esposa se habían refugiado de la guerra en Rogätz, un pequeño pueblo sobre el Río Elba, hasta que el sitio también se convirtió en campo de batalla.
Tras la rendición alemana, el matrimonio Planck huyó escondiéndose en bosques y establos hasta encontrar un nuevo refugio en una granja.
El célebre científico tenía entonces 87 años.
Max PlanckDerechos de autor de la imagenULLSTEIN BILD DTL.
Image captionPlanck fue rescatado por tropas estadounidenses y trasladado a Gotinga dos años antes de su muerte.
El físico alemán fue finalmente hallado por tropas estadounidenses, que lo rescataron ante el avance inminente de las tropas rusas.
Planck fue trasladado a Gotinga, donde el padre de la teoría cuántica falleció el 4 de octubre de 1947 a los 89 años.
Entre los soldados estadounidenses estaba el astrónomo Gerard Kuiper, quien buscó denodadamente el paradero de Planck para salvar la vida del célebre físico que se había opuesto a los nazis, y era tan respetado en Alemania como en el resto de Europa y en Estados Unidos.

La Teoría Cuántica, una aproximación al universo probable



Es un conjunto de nuevas ideas que explican procesos incomprensibles para la física de los objetos


La Teoría Cuántica es uno de los pilares fundamentales de la Física actual. Recoge un conjunto de nuevas ideas introducidas a lo largo del primer tercio del siglo XX para dar explicación a procesos cuya comprensión se hallaba en conflicto con las concepciones físicas vigentes. Su marco de aplicación se limita, casi exclusivamente, a los niveles atómico, subatómico y nuclear, donde resulta totalmente imprescindible. Pero también lo es en otros ámbitos, como la electrónica, en la física de nuevos materiales, en la física de altas energías, en el diseño de instrumentación médica, en la criptografía y la computación cuánticas, y en la Cosmología teórica del Universo temprano. La Teoría Cuántica es una teoría netamente probabilista: describe la probabilidad de que un suceso dado acontezca en un momento determinado, sin especificar cuándo ocurrirá. A diferencia de lo que ocurre en la Física Clásica, en la Teoría Cuántica la probabilidad posee un valor objetivo esencial, y no se halla supeditada al estado de conocimiento del sujeto, sino que, en cierto modo, lo determina. Por Mario Toboso.



La Teoría Cuántica es uno de los pilares fundamentales de la Física actual. Se trata de una teoría que reúne un formalismo matemático y conceptual, y recoge un conjunto de nuevas ideas introducidas a lo largo del primer tercio del siglo XX, para dar explicación a procesos cuya comprensión se hallaba en conflicto con las concepciones físicas vigentes.

Las ideas que sustentan la Teoría Cuántica surgieron, pues, como alternativa al tratar de explicar el comportamiento de sistemas en los que el aparato conceptual de la Física Clásica se mostraba insuficiente. Es decir, una serie de observaciones empíricas cuya explicación no era abordable a través de los métodos existentes, propició la aparición de las nuevas ideas.

Hay que destacar el fuerte enfrentamiento que surgió entre las ideas de la Física Cuántica, y aquéllas válidas hasta entonces, digamos de la Física Clásica. Lo cual se agudiza aún más si se tiene en cuenta el notable éxito experimental que éstas habían mostrado a lo largo del siglo XIX, apoyándose básicamente en la mecánica de Newton y la teoría electromagnética de Maxwell (1865).

“Dos nubecillas”

Era tal el grado de satisfacción de la comunidad científica que algunos físicos, entre ellos uno de los más ilustres del siglo XIX, William Thompson (Lord Kelvin), llegó a afirmar:

Hoy día la Física forma, esencialmente, un conjunto perfectamente armonioso, ¡un conjunto prácticamente acabado! ... Aun quedan “dos nubecillas” que oscurecen el esplendor de este conjunto. La primera es el resultado negativo del experimento de Michelson-Morley. La segunda, las profundas discrepancias entre la experiencia y la Ley de Rayleigh-Jeans.

La disipación de la primera de esas “dos nubecillas” condujo a la creación de la Teoría Especial de la Relatividad por Einstein (1905), es decir, al hundimiento de los conceptos absolutos de espacio y tiempo, propios de la mecánica de Newton, y a la introducción del “relativismo” en la descripción física de la realidad. La segunda “nubecilla” descargó la tormenta de las primeras ideas cuánticas, debidas al físico alemán Max Planck (1900).

El origen de la Teoría Cuántica

¿Qué pretendía explicar, de manera tan poco afortunada, la Ley de Rayleigh-Jeans (1899)? Un fenómeno físico denominado radiación del cuerpo negro, es decir, el proceso que describe la interacción entre la materia y la radiación, el modo en que la materia intercambia energía, emitiéndola o absorbiéndola, con una fuente de radiación. Pero además de la Ley de Rayleigh-Jeans había otra ley, la Ley de Wien (1893), que pretendía también explicar el mismo fenómeno.

La Ley de Wien daba una explicación experimental correcta si la frecuencia de la radiación es alta, pero fallaba para frecuencias bajas. Por su parte, la Ley de Rayleigh-Jeans daba una explicación experimental correcta si la frecuencia de la radiación es baja, pero fallaba para frecuencias altas.

La frecuencia es una de las características que definen la radiación, y en general cualquier fenómeno en el que intervengan ondas. Puede interpretarse la frecuencia como el número de oscilaciones por unidad de tiempo. Toda la gama de posibles frecuencias para una radiación en la Naturaleza se hallan contenidas en el espectro electromagnético, el cual, según el valor de la frecuencia elegida determina un tipo u otro de radiación.

En 1900, Max Planck puso la primera piedra del edificio de la Teoría Cuántica. Postuló una ley (la Ley de Planck) que explicaba de manera unificada la radiación del cuerpo negro, a través de todo el espectro de frecuencias.

La hipótesis de Planck

¿Qué aportaba la ley de Planck que no se hallase ya implícito en las leyes de Wien y de Rayleigh-Jeans? Un ingrediente tan importante como novedoso. Tanto que es el responsable de la primera gran crisis provocada por la Teoría Cuántica sobre el marco conceptual de la Física Clásica. Ésta suponía que el intercambio de energía entre la radiación y la materia ocurría a través de un proceso continuo, es decir, una radiación de frecuencia f podía ceder cualquier cantidad de energía al ser absorbida por la materia.

Lo que postuló Planck al introducir su ley es que la única manera de obtener una fórmula experimentalmente correcta exigía la novedosa y atrevida suposición de que dicho intercambio de energía debía suceder de una manera discontinua, es decir, a través de la emisión y absorción de cantidades discretas de energía, que hoy denominamos “quantums” de radiación. La cantidad de energía E propia de un quantum de radiación de frecuencia f se obtiene mediante la relación de Planck: E = h x f, siendo h la constante universal de Planck = 6’62 x 10 (expo-34) (unidades de “acción”).

Puede entenderse la relación de Planck diciendo que cualquier radiación de frecuencia f se comporta como una corriente de partículas, los quantums, cada una de ellas transportando una energía E = h x f, que pueden ser emitidas o absorbidas por la materia.

La hipótesis de Planck otorga un carácter corpuscular, material, a un fenómeno tradicionalmente ondulatorio, como la radiación. Pero lo que será más importante, supone el paso de una concepción continuista de la Naturaleza a una discontinuista, que se pone especialmente de manifiesto en el estudio de la estructura de los átomos, en los que los electrones sólo pueden tener un conjunto discreto y discontinuo de valores de energía.

La hipótesis de Planck quedó confirmada experimentalmente, no sólo en el proceso de radiación del cuerpo negro, a raíz de cuya explicación surgió, sino también en las explicaciones del efecto fotoeléctrico, debida a Einstein (1905), y del efecto Compton, debida a Arthur Compton (1923).

Marco de aplicación de la Teoría Cuántica

El marco de aplicación de la Teoría Cuántica se limita, casi exclusivamente, a los niveles atómico, subatómico y nuclear, donde resulta totalmente imprescindible. Pero también lo es en otros ámbitos, como la electrónica (en el diseño de transistores, microprocesadores y todo tipo de componentes electrónicos), en la física de nuevos materiales, (semiconductores y superconductores), en la física de altas energías, en el diseño de instrumentación médica (láseres, tomógrafos, etc.), en la criptografía y la computación cuánticas, y en la Cosmología teórica del Universo temprano. De manera que la Teoría Cuántica se extiende con éxito a contextos muy diferentes, lo que refuerza su validez.

Pero, ¿por qué falla la teoría clásica en su intento de explicar los fenómenos del micromundo? ¿No se trata al fin y al cabo de una simple diferencia de escalas entre lo grande y lo pequeño, relativa al tamaño de los sistemas? La respuesta es negativa. Pensemos que no siempre resulta posible modelar un mismo sistema a diferentes escalas para estudiar sus propiedades.

Para ver que la variación de escalas es un proceso con ciertas limitaciones intrínsecas, supongamos que queremos realizar estudios hidrodinámicos relativos al movimiento de corrientes marinas. En determinadas condiciones, podríamos realizar un modelo a escala lo suficientemente completo, que no dejase fuera factores esenciales del fenómeno. A efectos prácticos una reducción de escala puede resultar lo suficientemente descriptiva.

Pero si reducimos la escala de manera reiterada pasaremos sucesivamente por situaciones que se corresponderán en menor medida con el caso real. Hasta llegar finalmente a la propia esencia de la materia sometida a estudio, la molécula de agua, que obviamente no admite un tratamiento hidrodinámico, y habremos de acudir a otro tipo de teoría, una teoría de tipo molecular. Es decir, en las sucesivas reducciones de escala se han ido perdiendo efectos y procesos generados por el aglutinamiento de las moléculas.

De manera similar, puede pensarse que una de las razones por las que la Física Clásica no es aplicable a los fenómenos atómicos, es que hemos reducido la escala hasta llegar a un ámbito de la realidad “demasiado esencial” y se hace necesario, al igual que en el ejemplo anterior, un cambio de teoría. Y de hecho, así sucede: la Teoría Cuántica estudia los aspectos últimos de la substancia, los constituyentes más esenciales de la materia (las denominadas “partículas elementales”) y la propia naturaleza de la radiación.

Albert Einstein
Albert Einstein
Cuándo entra en juego la Teoría Cuántica

Debemos asumir, pues, el carácter absoluto de la pequeñez de los sistemas a los que se aplica la Teoría Cuántica. Es decir, la cualidad “pequeño” o “cuántico” deja de ser relativa al tamaño del sistema, y adquiere un carácter absoluto. Y ¿qué nos indica si un sistema debe ser considerado “pequeño”, y estudiado por medio de la Teoría Cuántica? Hay una “regla”, un “patrón de medida” que se encarga de esto, pero no se trata de una regla calibrada en unidades de longitud, sino en unidades de otra magnitud física importante denominada “acción”.

La acción es una magnitud física, al igual que lo son la longitud, el tiempo, la velocidad, la energía, la temperatura, la potencia, la corriente eléctrica, la fuerza, etc., aunque menos conocida. Y al igual que la temperatura indica la cualidad de frío o caliente del sistema, y la velocidad su cualidad de reposo o movimiento, la acción indica la cualidad de pequeño (cuántico) o grande (clásico) del sistema. Como la energía, o una longitud, todo sistema posee también una acción que lo caracteriza.

Esta acción característica, A, se obtiene de la siguiente multiplicación de magnitudes: A = P x L, donde P representa la cantidad de movimiento característica del sistema (el producto de su masa por su velocidad) y L su “longitud” característica. La unidad de esa “regla” que mencionábamos, con la que medimos la acción de los sistemas, es la constante de Planck, h. Si el valor de la acción característica del sistema es del orden de la constante de Planck deberemos utilizar necesariamente la Teoría Cuántica a la hora de estudiarlo.

Al contrario, si h es muy pequeña comparada con la acción típica del sistema podremos estudiarlo a través de los métodos de la teoría clásica. Es decir: Si A es del orden de h debemos estudiar el sistema según la Teoría Cuántica. Si A es mucho mayor que h, podemos estudiarlo por medio de la Física Clásica.

Dos ejemplos: partículas y planetas

Veamos dos ejemplos de acción característica en dos sistemas diferentes, aunque análogos:

1. El electrón orbitando en torno al núcleo en el nivel más bajo de energía del átomo de hidrógeno.

Vamos a calcular el orden de magnitud del producto P x L. P representa el producto de la masa del electrón por su velocidad orbital, esto es P = 10 (exp-31) (masa) x 10 (exp 6) (velocidad) = 10 (exp-25) (cantidad de movimiento). El valor característico de L corresponde al radio de la órbita, esto es, L = 10 (expo-10) (longitud). Realizamos ahora el producto P x L para hallar la magnitud de la “acción” característica asociada a este proceso: A1 = Px L = 10 (expo-25) x 10 (expo-10) = 10 (expo-35) (acción).

2. El planeta Júpiter orbitando en torno al Sol (consideramos la órbita circular, para simplificar).

Para este segundo ejemplo, realizamos cálculos análogos a los anteriores. Primeramente la cantidad de movimiento P, multiplicando la masa de Júpiter por su velocidad orbital: P = 10 (expo 26) (masa) x 10 (expo 4) (velocidad) = 10 (expo 30) (cantidad de movimiento). Igualmente, la longitud característica será la distancia orbital media: L = 10 (expo 11) (longitud). La magnitud de la acción característica en este segundo caso será: A2 = 10 (expo 30) x 10 (expo 11) = 10 (expo 41) (acción).

Si comparamos estos dos resultados con el orden de magnitud de la constante de Planck tenemos:

h = 10 (expo-34)
A1 = 10 (expo -35)
A2 = 10 (expo 41)

Vemos que para el caso 1 (electrón orbitando en un átomo de hidrógeno) la proximidad en los órdenes de magnitud sugiere un tratamiento cuántico del sistema, que debe estimarse como “pequeño” en el sentido que indicábamos anteriormente, en términos de la constante de Planck, considerada como “patrón” de medida. Al contrario, entre el caso 2 (Júpiter en órbita en torno al Sol) y la constante de Planck hay una diferencia de 75 órdenes de magnitud, lo que indica que el sistema es manifiestamente “grande”, medido en unidades de h, y no requiere un estudio basado en la Teoría Cuántica.

La constante de Planck tiene un valor muy, muy pequeño. Veámoslo explícitamente:

h = 0’ 000000000000000000000000000000000662 (unidades de acción)

El primer dígito diferente de cero aparece en la trigésimo cuarta cifra decimal. La pequeñez extrema de h provoca que no resulte fácil descubrir los aspectos cuánticos de la realidad, que permanecieron ocultos a la Física hasta el siglo XX. Allá donde no sea necesaria la Teoría Cuántica, la teoría clásica ofrece descripciones suficientemente exactas de los procesos, como en el caso del movimiento de los planetas, según acabamos de ver.

Breve cronología de la Teoría Cuántica

1900. “Hipótesis cuántica de Planck” (Premio Nobel de Física, 1918). Carácter corpuscular de la radiación.

1905. Einstein (Premio Nobel de Física, 1921) explica el “efecto fotoeléctrico” aplicando la hipótesis de Planck.

1911. Experimentos de Rutherford, que establecen el modelo planetario átomo, con núcleo (protones) y órbitas externas (electrones).

1913. Modelo atómico de Niels Bohr (Premio Nobel de Física, 1922). Tiene en cuenta los resultados de Rutherford, pero añade además la hipótesis cuántica de Planck. Una característica esencial del modelo de Bohr es que los electrones pueden ocupar sólo un conjunto discontinuo de órbitas y niveles de energía.

1923. Arthrur Comptom (Premio Nobel de Física, 1927) presenta una nueva verificación de la hipótesis de Planck, a través de la explicación del efecto que lleva su nombre.

1924. Hipótesis de De Broglie (Premio Nobel de Física, 1929). Asocia a cada partícula material una onda, de manera complementaria a cómo la hipótesis de Planck dota de propiedades corpusculares a la radiación.

1925. Werner Heisenberg (Premio Nobel de Física, 1932) plantea un formalismo matemático que permite calcular las magnitudes experimentales asociadas a los estados cuánticos.

1926. Erwin Schrödinger (Premio Nobel de Física, 1933) plantea la ecuación ondulatoria cuyas soluciones son las ondas postuladas teóricamente por De Broglie en 1924.

1927. V Congreso Solvay de Física, dedicado al tema “Electrones y fotones”. En él se produce el debate entre Einstein y Bohr, como defensores de posturas antagónicas, sobre los problemas interpretativos que plantea la Teoría Cuántica.

1928. Experimentos de difracción de partículas (electrones) que confirman la hipótesis de de Broglie, referente a las propiedades ondulatorias asociadas a las partículas. El fenómeno de difracción es propio de las ondas.

1932. Aparición del trabajo de fundamentación de la Teoría Cuántica elaborado por el matemático Jon von Neumann.

Aspectos esencialmente novedosos de la Teoría Cuántica

Los aspectos esencialmente novedosos (no clásicos) que se derivan de la Teoría Cuántica son:

a) Carácter corpuscular de la radiación (Hipótesis de Planck).

b) Aspecto ondulatorio de las partículas (Hipótesis de Broglie).

c) Existencia de magnitudes físicas cuyo espectro de valores es discontinuo. Por ejemplo los niveles de energía del átomo de hidrógeno (Modelo atómico de Bohr).

Implicaciones de a): carácter corpuscular de la radiación.

Tradicionalmente se había venido considerando la radiación como un fenómeno ondulatorio. Pero la hipótesis de Planck la considera como una corriente de partículas, “quantums”. ¿Qué naturaleza tiene, entonces, la radiación: ondulatoria o corpuscular? Las dos. Manifiesta un carácter marcadamente “dual”. Se trata de aspectos que dentro del formalismo cuántico no se excluyen, y se integran en el concepto de “quantum”.

El quantum de radiación puede manifestar propiedades tanto corpusculares como ondulatorias, según el valor de la frecuencia de la radiación. Para valores altos de la frecuencia (en la región gamma del espectro) predomina el carácter corpuscular. En tanto que para frecuencias bajas (en la región del espectro que describe las ondas de radio) predomina el aspecto ondulatorio.

Implicaciones de b): carácter ondulatorio de las partículas.

Se comprobó en experimentos de difracción de electrones y neutrones. Lo que ponen de manifiesto estos experimentos es que una clase de onda acompaña el movimiento de las partículas como responsable del fenómeno de difracción. De manera que nuevamente tenemos un ejemplo de dualidad entre las propiedades corpusculares y ondulatorias, asociadas en este caso a las partículas.

Pero la aparición del fenómeno ondulatorio no se produce únicamente a nivel microscópico, también se manifiesta para objetos macroscópicos, aunque en este caso la onda asociada tiene una longitud de onda tan pequeña que en la práctica es inapreciable y resulta imposible la realización de un experimento de difracción que la ponga de manifiesto.

Implicaciones de c): existencia de magnitudes físicas discontinuas.

Pone de manifiesto el carácter intrínsecamente discontinuo de la Naturaleza, lo que se evidencia, como ejemplo más notable, en el espectro de energía de los átomos. A partir de la existencia de estas discontinuidades energéticas se explica la estabilidad de la materia.

Dios no juega a los dados...
Dios no juega a los dados...
Un ejemplo concreto

Analicemos para el caso del átomo de hidrógeno, según el modelo de Bohr, cómo se conjugan estos tres supuestos cuánticos anteriores, a), b) y c). El átomo de hidrógeno se entiende como un sistema estable formado por un electrón y un protón. El electrón puede hallarse en un conjunto infinito, pero discontinuo de niveles de energía [supuesto c)].

Para pasar de un nivel a otro, el electrón debe absorber o emitir un quantum discreto de radiación [supuesto a)] cuya energía sea igual a la diferencia de energía entre esos niveles. Los niveles posibles de energía de los electrones se representan matemáticamente por funciones ondulatorias [supuesto b)], denominadas “funciones de estado”, que caracterizan el estado físico del electrón en el nivel de energía correspondiente.

Para conocer el valor experimental de cualquier propiedad referente a la partícula debe “preguntarse” a su función de estado asociada. Es decir, dicha función constituye un tipo de representación del estado físico, tal que el estado del electrón en el n-ésimo nivel de energía es descrito por la n-ésima función de estado.

La función de onda

La descripción más general del estado del electrón del átomo de hidrógeno viene dada por la “superposición” de diferentes funciones de estado. Tal superposición es conocida como “función de onda”. La superposición de estados posibles es típica de la Teoría Cuántica, y no se presenta en las descripciones basadas en la Física Clásica.

En esta última, los estados posibles nunca se superponen, sino que se muestran directamente como propiedades reales atribuibles al estado del sistema. Al contrario, especificar el estado del sistema en la Teoría Cuántica implica tomar en consideración la superposición de todos sus estados posibles. Las funciones de onda no son ondas asociadas a la propagación de ningún campo físico (eléctrico, magnético, etc.), sino representaciones que permiten caracterizar matemáticamente los estados de las partículas a que se asocian.

El físico alemán Max Born ofreció la primera interpretación física de las funciones de onda, según la cual el cuadrado de su amplitud es una medida de la probabilidad de hallar la partícula asociada en un determinado punto del espacio en un cierto instante. Aquí se manifiesta un hecho que se repetirá a lo largo del desarrollo de la Teoría Cuántica, y es la aparición de la probabilidad como componente esencial de la gran mayoría de los análisis.

La probabilidad en la Teoría Cuántica

La Teoría Cuántica es una teoría netamente probabilista. Nos habla de la probabilidad de que un suceso dado acontezca en un momento determinado, no de cuándo ocurrirá ciertamente el suceso en cuestión. La importancia de la probabilidad dentro de su formalismo supuso el punto principal de conflicto entre Einstein y Bohr en el V Congreso Solvay de Física de 1927.

Einstein argumentaba que la fuerte presencia de la probabilidad en la Teoría Cuántica hacía de ella una teoría incompleta reemplazable por una hipotética teoría mejor, carente de predicciones probabilistas, y por lo tanto determinista. Acuñó esta opinión en su ya famosa frase, “Dios no juega a los dados con el Universo”.

La postura de Einstein se basa en que el papel asignado a la probabilidad en la Teoría Cuántica es muy distinto del que desempeña en la Física Clásica. En ésta, la probabilidad se considera como una medida de la ignorancia del sujeto, por falta de información, sobre algunas propiedades del sistema sometido a estudio. Podríamos hablar, entonces, de un valor subjetivo de la probabilidad. Pero en la Teoría Cuántica la probabilidad posee un valor objetivo esencial, y no se halla supeditada al estado de conocimiento del sujeto, sino que, en cierto modo, lo determina.

En opinión de Einstein, habría que completar la Teoría Cuántica introduciendo en su formalismo un conjunto adicional de elementos de realidad (a los que se denominó “variables ocultas”), supuestamente obviados por la teoría, que al ser tenidos en cuenta aportarían la información faltante que convertiría sus predicciones probabilistas en predicciones deterministas.



Mario Toboso es Doctor en Ciencias Físicas por la Universidad de Salamanca y miembro de la Cátedra Ciencia, Tecnología y Religión de la Universidad Pontificia Comillas. Editor del Blog Tempus de Tendencias21 y miembro del Consejo Editorial de nuestra revista. Este artículo es la primera entrega de una serie de dos sobre Teoría Cuántica. Ver el siguiente: La Teoría Cuántica cuestiona la naturaleza de la realidad.

La filosofía trascendental y la interpretación de Bohr de la teoría cuántica




Hernán Pringe
Profesor de la Universidad de Buenos Aires. Investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Argentina. hpringe@gmail.com



RESUMEN
La filosofía trascendental de Kant distingue entre las condiciones de objetividad del conocimiento y las de la unidad sistemática de éste. En el presente artículo, intentaremos mostrar que esos dos momentos del conocimiento científico constituyen los ejes que articulan la interpretación de Bohr de la teoría cuántica. Veremos que la exigencia de objetividad del conocimiento fundamentará el carácter clásico de la descripción de los fenómenos cuánticos, mientras que la demanda de unidad sistemática de dichos fenómenos fundamentará la objetividad de los objetos cuánticos.
Palabras-clave: Kant. Bohr. Objetividad. Complementariedad.



INTRODUCCIÓN

La filosofía trascendental de Kant cuestiona radicalmente el modo en el que debemos comprender la relación entre el conocimiento y su objeto, proponiendo una "revolución copernicana" en nuestra concepción de tal relación. Según esta nueva manera de entender el problema ya no será el objeto el que rija el conocimiento, es decir, el objeto dejará de constituir una pauta trascendente al conocimiento, a la que este último debería simplemente adecuarse. Por el contrario, se mostrará que es el conocimiento el que rige al objeto, en tanto aquellas condiciones que determinan el carácter objetivo del conocimiento son más bien condiciones inmanentes al conocimiento mismo (cf. KrV, B, p. xvi). Según la investigación trascendental, esas condiciones pueden ser establecidas a priori y, de tal modo, podrá conocerse a priori de las cosas aquello que nosotros, en tanto sujeto cognoscentes, ponemos en ellas (cf. KrV, B, p. xviii).
La inversión en el modo de pensar la correlación conocimiento-objeto implica, entonces, una nueva determinación de la estructura del conocimiento mismo, pues esa estructura no es otra que la constituida por las condiciones inmanentes recién señaladas. En ese sentido, la filosofía crítica distingue dos tipos de condiciones. Por un lado, se encuentran aquellas que expresan la exigencia de objetividad del cono cimiento, mientras que, por el otro lado, están las que reflejan la exigencia de su unidad sistemática.1
Intentaremos en este artículo mostrar que esos dos momentos trascendentales del conocimiento constituyen los ejes que articulan la interpretación de Bohr de la teoría cuántica. Veremos que la exigencia de objetividad del conocimiento fundamentará el carácter clásico de la descripción de los fenómenos cuánticos, mientras que la deman- da de unidad sistemática de dichos fenómenos fundamentará la objetividad de los objetos cuánticos.
Para cumplir nuestro propósito comenzaremos discutiendo la clave de bóveda de la interpretación de Bohr: el postulado cuántico. Luego, analizaremos desde una perspectiva trascendental las consecuencias que se siguen de dicho postulado. En primer lugar, estudiaremos si un objeto cuántico es o no un objeto de experiencia posible. Más tarde, consideraremos el problema de la objetividad de los resultados experimentales en el caso cuántico. Posteriormente, discutiremos la conexión entre el postulado cuántico y el punto de vista de la complementariedad. Con ello, tendremos todos los elementos para determinar el concepto de fenómeno cuántico. En este punto, consideraremos la diferencia entre fenómeno y objeto cuántico, estudiando la función trascendental de este último y el problema de su relación con la intuición. Finalmente, veremos cómo las dos exigencias trascendentales de objetividad y de unidad sistemática del conocimiento iluminan la distinción entre objetividad clásica y objetividad cuántica.

1 EL POSTULADO CUÁNTICO

La piedra basal de la interpretación bohriana de la teoría cuántica es el postulado cuántico. Ee postulado "atribuye a todo proceso atómico una discontinuidad esencial, o más bien una individualidad, totalmente ajena a las teorías clásicas y simbolizada por el cuanto de acción de Planck" (Bohr, 1934, p. 53).
La afirmación de la discontinuidad de los procesos cuánticos no es sino la negación de la ley de continuidad de todo cambio. Según esa ley, la variación de los estados de una cosa se verifica de modo tal que la cosa al cambiar recorre todos los posibles estados comprendidos entre el inicial y el final. Dado que la validez de esa ley es rechazada, se asume que habrá transiciones mínimas o discretas. Dichas transiciones tendrán un carácter individual, en tanto no podrán ser reducidas a otras más elementales. La discontinuidad de los procesos atómicos sostenida por el postulado cuántico permite establecer una notable conexión entre la argumentación de Bohr y la filosofía trascendental de Kant.
Según Kant, la ley de continuidad expresa la forma de todo cambio en general. Dicha ley resulta consecuencia de la aplicación a priori de la categoría de causalidad y, así, adquiere el carácter de condición de la distinción entre la serie subjetiva de nuestras percepciones y la serie objetiva de la experiencia. Consideremos brevemente el análisis de Kant de dicha ley. Sea el cambio en el estado del objeto el surgimiento de una realidad cuya magnitud es a. Dado que ni en el tiempo ni en lo real en el tiempo existen partes mínimas, la realidad sufre una transición continua desde su magnitud inicial = o hasta su valor final = α. Pero esa transición debe poseer una causa para ser representada como una transición objetiva. Tal causa debe entonces generar lo real durante el tiempo de la transición y no súbitamente. Así, no sólo la forma y la materia de la intuición son continuas sino que la misma acción de la causalidad debe ser continua también. Esta característica necesaria de la causalidad se expresa mediante la ley de su continuidad, según la cual "toda alteración es posible sólo mediante una acción continua de la causalidad" (KrV, A, p. 208, B, p. 254). La distinción entre la serie subjetiva de las percepciones y la serie objetiva de la experiencia solamente puede ser alcanzada bajo la presuposición de la aplicación al múltiple sensible de la categoría de causalidad y, consiguientemente, de la validez de la ley de su continuidad. Por lo tanto, de acuerdo con la doctrina de Kant, si la ley de continuidad de la causalidad no valiera, entonces la secuencia contingente de nuestras percepciones no podría distinguirse del curso necesario de la experiencia.
Por su parte, Bohr niega la continuidad de la causalidad en los procesos cuánticos y postula que un sistema atómico pasa de un estado inicial a otro final sin recorrer los estados intermedios, como, por ejemplo, cuando un electrón sufre transiciones entre estados discretos de energía. En particular, en el caso de una medición, dicho proceso físico involucrará una interacción discontinua entre el sistema a medir y el aparato de medición. Lo destacable de la argumentación bohriana es la afirmación de que, precisamente debido a esa discontinuidad, en una medición resultará imposible distinguir el sistema cuántico del instrumento de observación utilizado.
Ahora bien, el postulado cuántico implica que toda observación de fenómenos atómicos entrañará una interacción con el instrumento de observación de la que uno no se podrá desentender. Así, una realidad independiente en sentido físico ordinario no podrá atribuirse ni a los fenómenos ni a los instrumentos de observación (Bohr, 1934, p. 54).
De este modo, vemos que la interpretación de Bohr de la teoría cuántica respeta la restricción crítica que acabamos de señalar. Dado que la ley de continuidad de la causalidad no es válida en un proceso de medición, entonces no es posible en esa situación distinguir entre la serie contingente de los datos empíricos y la serie necesaria de los estados del sistema medido.2

2 EL OBJETO CUÁNTICO COMO OBJETO DE EXPERIENCIA POSIBLE

Consideremos ahora la primera de las consecuencias del postulado cuántico. En física clásica, la continuidad causal de la interacción entre sistema y aparato de medición permite establecer el estado del sistema aislado, pues, gracias a la continuidad causal, es posible determinar el efecto del instrumento de medición sobre el sistema medido, para luego, sustrayendo tal efecto, calcular el estado del sistema más allá de su interacción con el instrumento de medición. Por el contrario, con la adopción del postulado cuántico, ese cálculo no puede ya llevarse a cabo.
Ahora bien, por un lado, la determinación del estado del sistema aislado es necesaria para la aplicación de los teoremas de conservación, expresión física concreta de la ley de causalidad. Por el otro, la representación espacio-temporal del sistema sólo es posible mediante datos empíricos obtenidos como resultado de una medición. En ese sentido, Bohr sostiene:
por un lado, la definición del estado de un sistema físico, tal como se entiende usualmente, demanda la eliminación de toda perturbación externa. Pero, en ese caso, según el postulado cuántico, toda observación será imposible y, sobre todo, los conceptos de espacio y tiempo pierden su sentido inmediato. Por otro lado, si con el fin de posibilitar la observación permitimos ciertas interacciones con instrumentos de medición adecuados, no pertenecientes al sistema, naturalmente ya no es posible una definición no ambigua del estado del sistema, y no podrá haber causalidad, en el sentido ordinario de la palabra (Bohr, 1934, p. 54).
Así, si se asume el postulado cuántico, se debe abandonar toda pretensión de alcanzar una representación espacio-temporal y a la vez causal de un objeto sometido a dicho postulado. Es decir, si un objeto se encuentra dentro del dominio de validez del postulado, no será posible – como sí lo es en física clásica – sintetizar el conjunto de datos contingentes de una medición, según el concepto de causa, como el efecto de dicho objeto, representando a este último en el espacio y en el tiempo de modo tal que sus estados se modifican causalmente.
En términos trascendentales, la situación que enfrentamos en una medición cuántica es la siguiente. Por un lado, aquello que Bohr denomina condiciones de "observación" de un sistema cuántico no son sino las condiciones bajo las cuales es dada la multiplicidad que debería ser sintetizada según el concepto de un objeto cuántico. Por el otro lado, las condiciones de la "definición" del estado del sistema aislado son las condiciones de aplicación del concepto de un objeto cuántico, es decir, las condiciones bajo las cuales nos podemos representar al objeto como la causa espacio-temporal de los datos experimentales. Pero, como acabamos de ver, si se asume el postulado cuántico, las condiciones de observación de un sistema son incompatibles con las condiciones de la definición de su estado. Por lo tanto, el concepto de un objeto cuántico no puede referirse directamente a la intuición, como el pensamiento de la unidad de la síntesis de una multiplicidad espacio-temporal, pues las condiciones de aplicación del concepto son incompatibles con las condiciones del darse de la multiplicidad empírica a la que dicho concepto debería aplicarse. En otras palabras, según los criterios de la filosofía trascendental, un objeto cuántico no es un objeto de experiencia posible, pues para serlo el objeto debería satisfacer tanto las condiciones sólo bajo las cuales puede ser dado como aquellas sólo bajo las cuales puede ser pensado. Pero, como acabamos de ver, esas condiciones, que corresponden a las que Bohr llama de "observación" y de "definición" respectivamente, se excluyen mutuamente.

3 LA OBJETIVIDAD DE LOS RESULTADOS EXPERIMENTALES

La determinación trascendental meramente negativa de la objetividad cuántica, según la cual un objeto cuántico no es un objeto de experiencia posible, nos enfrenta inmediatamente al problema de la objetividad de los datos experimentales. En efecto, si los objetos cuánticos no son objetos de experiencia posible, ¿cómo es que los resultados de experimentos cuánticos adquieren validez objetiva y son así distinguidos de meras ilusiones subjetivas? Respecto de tal problema, Bohr afirma:
es esencial recordar que toda información inequívoca acerca de objetos atómicos se deriva de las marcas permanentes dejadas sobre los cuerpos que definen las condiciones experimentales (…). La descripción de los fenómenos atómicos tiene, en cuanto a esto, un carácter perfectamente objetivo, en el sentido de que no se hace referencia explícita a ningún observador individual (Bohr, 1963, p. 3).
La exigencia de objetividad de los datos empíricos que garantizan la referencia física del formalismo matemático de la teoría no vale sólo para la física cuántica, sino que tal objetividad es requerida en el caso de cualquier teoría física. Por lo tanto, la exigencia también está presente en la física clásica. Bohr subraya ese punto al sostener que "el problema de la observación en física cuántica no difiere de ningún modo del enfoque de la física clásica" (Bohr, 1963, p. 3).
En consonancia con las tesis centrales de la filosofía trascendental, Bohr sostiene que dicha objetividad se alcanza sólo si los datos espacio-temporales son subsumidos bajo el concepto de causalidad.
No debe olvidarse que el concepto de causalidad subyace a toda interpretación de cada resultado experimental, y que, incluso en la coordinación de la experiencia, uno no puede nunca habérselas con rupturas bien delimitadas en la cadena causal (Bohr, 1937 [1998], p. 87).
Por lo tanto, según Bohr, la síntesis de los datos espacio-temporales de acuerdo con el principio de causalidad es una condición necesaria para que dichos datos adquieran validez objetiva. Esa condición rige tanto en física cuántica como en física clásica, pues en ambos casos se exige la objetividad de los resultados observacionales. Así, "hablando estrictamente, la idea de observación pertenece al tipo de descripción causal [y] espacio-temporal" (Bohr, 1934, p. 67).
Ahora bien, como hemos visto, en el caso cuántico, no es posible satisfacer simultáneamente las exigencias de coordinación espacio-temporal y conexión causal. El postulado cuántico implica que ambas condiciones necesarias se excluyen mutuamente. Por el contrario, en el caso clásico, los dos requisitos son cumplidos a la vez. Así, Bohr sostiene que
la naturaleza misma de la teoría cuántica nos fuerza a considerar la coordinación espacio-temporal y la demanda de causalidad, cuya unión caracteriza a las teorías clásicas, como rasgos distintivos de la descripción, complementarios pero excluyentes (Bohr, 1934, p. 54-5).
De este modo, la exigencia de objetividad de los datos empíricos sobre los que el formalismo de la teoría cuántica basa su referencia física no puede ser satisfecha por la teoría cuántica misma. Así, no es la teoría cuántica, mediante sus conceptos y sus leyes, la que cumple con la requerida representación espacio-temporal y causal de los datos experimentales. Más bien, de acuerdo con la distinción recién señalada entre el caso cuántico y el caso clásico, dicha representación se verifica sólo cuando los datos son subsumidos bajo leyes y conceptos de la física clásica. Por lo tanto, Bohr afirma que
por más lejos que los fenómenos trasciendan la esfera de la explicación de la física clásica, el reporte de toda evidencia debe ser expresado en términos clásicos (Bohr, 1949, p. 39).
En otras palabras, por un lado, enfrentamos la necesidad de objetivar los datos empíricos obtenidos mediante nuestras observaciones, pues de otro modo ellos no constituirían verdaderos resultados experimentales, sino meros reportes de nuestras percepciones contingentes.3 Esa tarea trascendental de objetivación se verifica con la aplicación de los principios del entendimiento (en particular, el de causalidad) a la multiplicidad espacio-temporal empírica. Pero, a la vez, el postulado cuántico implica la imposibilidad de que la tarea trascendental resulte compatible con el uso de conceptos de objetos cuánticos. Según la filosofía trascendental, la objetivación de los datos experimentales requiere necesariamente la representación de tales datos como efecto de alguna cierta causa espacio-temporal. De tal modo, dicha objetivación solamente puede ser alcanzada mediante el uso de conceptos cuya aplicación sea a la vez compatible tanto con las exigencias de causalidad como con las de espacio-temporalidad. Sin embargo, tal como hemos visto, en el dominio de validez del postulado cuántico las condiciones de aplicación del principio de causalidad excluyen la posibilidad de una representación espacio-temporal. Por lo tanto, la objetivación de los datos experimentales nos presenta una exigencia que los conceptos de objetos cuánticos no pueden cumplir y que sólo es satisfecha por conceptos de objetos clásicos.
Los datos empíricos son finalmente representados como resultados experimentales cuando la serie subjetiva de las percepciones es distinguida de la serie objetiva de la experiencia. En ese sentido, Bohr afirma que "la distinción entre sujeto y objeto es necesaria para una descripción no ambigua" (1958, p. 101). Una descripción inequívoca de un experimento sólo es posible si desaparece toda ambigüedad de los datos, asociada a su dependencia de la subjetividad perceptora, y se alcanzan mediciones objetivas, que no contienen "referencia explícita a ningún observador individual" (1963, p. 3). Pero, como acabamos de ver, la distinción exige el uso de conceptos clásicos. Sólo así "podemos contarles a otros qué hemos hecho y qué hemos aprendido" en un experimento. Por lo tanto, "el reporte del arreglo experimental y de los resultados de las observaciones debe ser expresado en un lenguaje no ambiguo, con la aplicación adecuada de la terminología de la física clásica" (Bohr, 1949, p. 39).
Las observaciones descriptas en términos clásicos serán denominadas por Bohr fenómenos cuánticos. El formalismo matemático de la teoría cuántica basará su referencia física en dichos fenómenos. Más adelante veremos cómo dicha referencia se alcanza efectivamente. Pero, para ello, debemos antes discutir otra consecuencia del postulado cuántico. Ella es el carácter contextual y, más precisamente, complementario de los fenómenos cuánticos.

4 LA CONTEXTUALIDAD DE LOS FENÓMENOS CUÁNTICOS Y SU CARÁCTER COMPLEMENTARIO

La contextualidad de los fenómenos cuánticos consiste en que dichas descripciones clásicas poseen una validez objetiva que no trasciende la situación experimental concreta en la que ellas se verifican. Al respecto, Bohr sostiene que
como una manera de expresión más apropiada recomiendo el uso de la palabra fenómeno exclusivamente para hacer referencia a las observaciones obtenidas en circunstancias especificadas, incluyendo un informe de todo el arreglo experimental (Bohr, 1949, p. 64).
En efecto, si bien cada fenómeno cuántico resulta una descripción espacio-temporal y causal, la multiplicidad de dichos fenómenos no puede ser unificada en una única imagen espacio-temporal y causal. Por el contrario, representaciones incompatibles (como, por ejemplo, imágenes de ondas e imágenes de partículas) parecen ser necesarias para una interpretación adecuada de los datos experimentales. En ese sentido, Bohr declara que
ilustraciones muy sorprendentes son proporcionadas por los conocidos dilemas concernientes a las propiedades tanto de la radiación electromagnética como de las partículas materiales, evidenciadas por las circunstancias de que en ambos casos imágenes opuestas, como ondas y partículas, parecen igualmente indispensables para el reporte completo de la evidencia experimental (Bohr, 1956, p. 87).
La experiencia nos enfrenta así con una multiplicidad de fenómenos que parece no poder ser unificada en una única imagen espacio-temporal y causal. Para dar cuenta de tal hecho empírico, podría sugerirse que la imposibilidad de alcanzar una única imagen espacio-temporal y causal se deba simplemente al hecho de que las imágenes que proponemos para tal función unificadora no son las adecuadas. Si bien, por ejemplo, ni la imagen de una onda ni la de una partícula resultan aptas para cumplir dicha tarea, quizá haya otras, por el momento desconocidas, que sí lo sean. De hecho, esa posición fue sostenida por Schrödinger y defendida en famosas discusiones con Bohr en Copenhagen (cf. Pringe, 2007, p. 79 ss.). Desde tal perspectiva, sería necesario buscar nuevos conceptos que nos permitieran obtener una única imagen espacio-temporal y causal de los fenómenos cuánticos. Sin embargo, Bohr rechaza esta solución, argumentado que la sola aceptación del postulado cuántico implica la necesidad de considerar más de un tipo de imagen para la interpretación de los datos experimentales.
De hecho, la individualidad de los típicos efectos cuánticos encuentra su expresión apropiada en la circunstancia de que todo intento de subdividir los fenómenos demandará un cambio en el arreglo experimental, introduciendo nuevas posibilidades de interacción entre objetos y aparatos de medición, que en principio no pueden ser controladas. Consecuentemente la evidencia obtenida bajo diferentes condiciones experimentales no puede ser abarcada en una única imagen (Bohr, 1949, p. 40, énfasis mía).
Dado el postulado cuántico, tal como hemos visto, será necesario describir los fenómenos cuánticos en términos clásicos. Mediante esa descripción se dará cuenta de los resultados de la medición de una cierta magnitud física, obtenidos gracias a la utilización de un determinado arreglo experimental. Ahora bien, si deseáramos "subdividir" el fenómeno cuántico, es decir, si intentáramos determinar aquello que la discontinuidad postulada nos impide establecer, deberíamos modificar nuestro arreglo experimental. Pero, en tal caso, introduciríamos nuevas interacciones discontinuas posibles y, con ello, nuevos aspectos de individualidad de otro fenómeno cuántico. Por lo tanto, la descripción clásica asociada al primer arreglo experimental no podrá ser utilizada en el caso del segundo arreglo, y los datos obtenidos bajo esas diferentes condiciones experimentales no podrán ser comprendidos en una única imagen. Así, Bohr sostiene en una carta a Schrödinger, con fecha de 2/dic/1926,
al respecto es interesante ver cómo el concepto de onda o de partícula se presenta como el más apropiado, según el punto en la descripción en el que la suposición de las discontinuidades aparece explícitamente. En mi opinión, esto se entiende fácilmente, pues la definición de todo concepto o más bien de toda palabra presupone la continuidad de los fenómenos y, por lo tanto, se vuelve ambigua tan pronto como esta presuposición no puede sostenerse (BCW, v. 6, p. 14).
Si en nuestra descripción utilizamos un determinado concepto (por ejemplo, el concepto de partícula), podremos hacerlo hasta que un cambio en el arreglo experimental introduzca una discontinuidad. En ese caso, las condiciones bajo las cuales podemos aplicar dicho concepto dejarán de verificarse, pues la distinción entre la serie contingente de los datos empíricos y la serie necesaria de los estados del objeto no podrá ya establecerse. En tal situación, deberemos considerar para la descripción del experimento un concepto distinto (por ejemplo, el concepto de onda), de modo a alcanzar una descripción en la que la discontinuidad desaparezca y las condiciones de aplicación de los conceptos sean restablecidas.
Así, el postulado cuántico implica, por un lado, que debemos describir los fenómenos cuánticos en términos clásicos y, por el otro, que requeriremos para ello más de un tipo de descripción. A estas descripciones contextuales, asociadas a distintos arreglos experimentales, que se excluyen entre sí, pero que a la vez son todas necesarias para una interpretación exhaustiva de los datos experimentales, Bohr las califica como descripciones complementarias.
La evidencia obtenida bajo diferentes condiciones experimentales no puede ser abarcada en una única imagen, sino que debe ser considerada como complementaria, en el sentido de que sólo la totalidad de los fenómenos agota la información posible acerca de los objetos (Bohr, 1949, p. 40).
En síntesis, la adopción del postulado cuántico conlleva, según Bohr, la representación de fenómenos cuánticos, cuya validez objetiva estará garantizada por el hecho de que dichos fenómenos serán descriptos en términos clásicos. De esa manera, la interpretación de Bohr de la teoría cuántica respeta los requisitos trascendentales exigidos para la objetivación de aquellos datos empíricos que proveerán al formalismo matemático de referencia física. Tales datos serán representados de modo tal que las exigencias de espacio-temporalidad y causalidad sean ambas satisfechas. Sin embargo, con esa noción bohriana de fenómeno cuántico, la respuesta a la cuestión de la validez objetiva de los resultados experimentales inaugura un nuevo problema. En efecto, los fenómenos cuánticos son contextuales, dado que su validez objetiva se encuentra restringida a un determinado tipo de arreglo experimental y son complementarios, en tanto se excluyen entre sí pero, a la vez, todos ellos son necesarios para dar cuenta de la evidencia experimental. Nos encontramos entonces frente a una multiplicidad de fenómenos, cuyo carácter objetivo se encuentra establecido, pero que no por ello adquieren unidad sistemática. El problema de una unidad tal será el que consideraremos a continuación.

5 LA UNIDAD SISTEMÁTICA DE LOS FENÓMENOS CUÁNTICOS Y LA OBJETIVIDAD CUÁNTICA

La clave para la solución del problema de la unidad sistemática de los fenómenos cuánticos se encuentra contenida en la cita que acabamos de considerar. En ella, Bohr distingue los objetos cuánticos de los fenómenos cuánticos, que no son sino descripciones clásicas cuya totalidad agota la información posible acerca de los primeros. La unidad sistemática de los fenómenos cuánticos será alcanzada cuando ellos sean subsumidos bajo el concepto de un objeto cuántico. Consideremos entonces el modo en el que esta subsunción se verifica. El concepto de un cierto objeto o sistema cuántico contiene la representación de su estado y, con ella, la información acerca de las probabilidades de los distintos resultados de las mediciones posibles que pueden efectuarse sobre el sistema. De este modo, los múltiples fenómenos cuánticos se unifican a través de una ley probabilística. Dado un cierto fenómeno cuántico, la representación del estado del objeto cuántico establece la probabilidad de todos y cada uno de los fenómenos del objeto. Así, la multiplicidad de los fenómenos resulta sintetizada mediante el concepto del objeto y subsumida bajo él. Esta síntesis permite entonces llevar a cabo predicciones tales que, dado un cierto fenómeno, las probabilidades de los diversos resultados de posibles mediciones son calculadas a partir de la llamada "función de onda" del sistema.
El concepto de un objeto cuántico lleva a cabo así una tarea trascendental análoga a la del concepto de organismo, tal como este último concepto es entendido por Kant.4 Ambos conceptos cumplen una función regulativa en la experiencia, que la filosofía trascendental distingue claramente de una tarea constitutiva. Esto significa que ni el concepto de organismo ni el de objeto cuántico determina datos empíricos como fenómenos objetivos, sino que más bien cada uno de ellos sintetiza fenómenos, cuya validez objetiva ya se encuentra garantizada, en una unidad de orden superior. Según la filosofía trascendental de Kant, la objetividad de los organismos, en tanto objetos naturales determinados, resulta fundada en la legalidad empírica de los diversos mecanismos físicos que explican la generación y el funcionamiento de sus partes. Por el contrario, la unidad sistemática de dichas partes sólo se alcanza mediante la representación del organismo como fin. En el caso de los objetos cuánticos, las partes cuya unidad debe ser establecida ya no son, como en un organismo, sus partes componentes, sino más bien sus partes complementarias, es decir, los fenómenos cuánticos mismos. Dichos fenómenos adquieren validez objetiva gracias a la aplicación de conceptos clásicos para su descripción, pero su unidad sistemática sólo es alcanzada cuando ellos son subsumidos bajo el concepto de un objeto cuántico.

6 LA EXHIBICIÓN INTUITIVA DEL CONCEPTO DE UN OBJETO CUÁNTICO

Un nuevo aspecto de la interpretación de Bohr se presenta todavía porque, mediante esa subsunción, el objeto cuántico no es exhibido directamente en la intuición. Para subrayar este punto, Bohr señala el carácter simbólico del formalismo de la teoría. La imposibilidad de exhibir el concepto de un objeto cuántico directamente en la intuición ya ha sido discutida en la sección 2 de este trabajo, donde se mostró que, según los criterios de la filosofía trascendental, un objeto cuántico no es un objeto de experiencia posible. Veremos ahora que, ante la imposibilidad de una exhibición directa, el concepto de un objeto cuántico será exhibido en la intuición indirectamente.
La exhibición indirecta en la intuición es para Bohr una exhibición simbólica. De tal modo, Bohr contrapone los conceptos clásicos a los símbolos cuánticos con un doble propósito. Por un lado, Bohr subraya así la imposibilidad de exhibir los conceptos de los objetos cuánticos directamente en la intuición. Por el otro lado, afirma que dichos conceptos serán exhibidos indirectamente, mediante el uso de conceptos clásicos. Más precisamente, las descripciones complementarias serán representadas como símbolos del objeto cuántico (cf. Pringe, 2008). Así, un objeto cuántico se comportará en ciertas circunstancias como si fuera, por ejemplo, una partícula y, en ciertas otras, como si fuera una onda. En este sentido, Bohr afirma que "simbolizamos [a los objetos] mediante las abstracciones de partículas aisladas y de radiación" (Bohr, 1934, p. 69).
La piedra de toque de dicho simbolismo serán las relaciones de incertidumbre establecidas por Heisenberg. Al respecto, Bohr sostiene que
la indeterminación fundamental que enfrentamos aquí puede (…) ser considerada como una expresión directa de la absoluta limitación de la aplicabilidad, en la descripción de fenómenos atómicos, de concepciones que pueden ser visualizadas; una limitación que aparece en el aparente dilema que se presenta en la cuestión de la naturaleza de la luz y de la materia (Bohr, 1934, p. 114).
Las relaciones de incertidumbre establecen cuantitativamente los límites del uso justificado de las descripciones en términos de onda y de partícula. Es decir, dichas relaciones nos brindan el criterio necesario para la aplicación de conceptos clásicos en la interpretación de los datos experimentales y, así, de la representación de fenómenos complementarios como símbolos del objeto cuántico.
El rol propio de las relaciones de incertidumbre consiste en asegurar cuantitativamente la compatibilidad lógica de las leyes aparentemente contradictorias que aparecen cuando usamos dos arreglos experimentales diferentes (Bohr, 1937, p. 293).
Las relaciones de incertidumbre guían el uso de descripciones clásicas complementarias para la simbolización de objetos cuánticos (cf. Bense, 1938, p. 60). Así, Heisenberg afirma que
para la visualización [de procesos atómicos] (…) nos debemos conformar con dos analogías incompletas – la imagen ondulatoria y la imagen corpuscular. La aplicación simultánea de ambas imágenes es, por lo tanto, el criterio natural para determinar cuán lejos puede llevarse la analogía y constituye un punto de partida obvio para la crítica de los conceptos que se han incorporado en las teorías atómicas, dado que, desde ya, una deducción acrítica de las consecuencias de ambas [analogías] llevará a contradicciones. De este modo, uno obtiene las limitaciones del concepto de partícula considerando el concepto de onda. Como Bohr ha mostrado, esta es la base de una derivación muy simple de las relaciones de incertidumbre entre posición y momento de una partícula. De la misma manera uno puede derivar las limitaciones del concepto de onda mediante una comparación con el concepto de partícula (Heisenberg, 1949, p. 11).5
Quizá sea Pauli quien, con una pregunta, mejor resuma la problemática del uso de fenómenos complementarios, descriptos en términos clásicos, para la exhibición de objetos cuánticos en la intuición. En efecto, "¿si [el átomo] no fuera un símbolo, cómo podría ser 'tanto onda como partícula'"? (Pauli apud Laurikainen, 1988, p. 193).

7 OBJETIVIDAD CLÁSICA Y OBJETIVIDAD CUÁNTICA

Finalmente, consideraremos la interpretación de Bohr concentrándonos en la determinación del concepto de objetividad cuántica, con el fin de establecer su peculiaridad frente a la objetividad clásica. Para ello, será necesario primero introducir la distinción entre la validez objetiva y la realidad objetiva de un concepto.6
Entenderemos por validez objetiva de un concepto el carácter necesario de la síntesis representada por el concepto, en contraposición con aquellas conexiones que sólo pueden ser referidas al estado del sujeto. En este sentido, la síntesis pensada mediante un concepto objetivamente válido se distinguirá de una mera asociación contingente de representaciones. A su vez, esta síntesis podrá ser tal que, gracias a la misma, una multiplicidad sensible alcance referencia objetiva o tal que conocimientos ya objetivos adquieran unidad sistemática. Llamaremos al primer tipo de validez objetiva, validez constitutiva y, al segundo tipo, validez regulativa.
Por el contrario, la realidad objetiva de un concepto consiste en su referencia a un contenido empírico. Un concepto que posee realidad objetiva se diferencia, por lo tanto, de un concepto vacío o meramente formal. Un concepto puede recibir realidad objetiva o bien directamente, mediante un esquema, o bien indirectamente, mediante un símbolo.
La objetividad cuántica debe ser distinguida de la objetividad clásica tanto en los que respecta a la cuestión de la validez objetiva como de la realidad objetiva del concepto de objeto. En primer lugar, la validez objetiva del concepto de un objeto clásico consiste en su función sintética de un múltiple empírico, gracias a la cual la representación intuitiva de un objeto es constituida. Por el contrario, la validez objetiva del concepto de un objeto cuántico se basa más bien en su tarea regulativa de proveer unidad sistemática a los fenómenos complementarios (cuya objetividad es garantizada por el uso de conceptos clásicos para la interpretación de los resultados experimentales).
En segundo lugar, el concepto de un objeto clásico adquiere realidad objetiva cuando una multiplicidad empírica dada es subsumida bajo el concepto gracias a la mediación de un esquema. Así, el concepto es exhibido directamente en la intuición. Por el contrario, tal como hemos visto, como consecuencia del postulado cuántico, las condiciones bajo las cuales es dada la multiplicidad empírica que debería ser sintetizada por el concepto del objeto cuántico son incompatibles con aquellas bajo las cuales el concepto puede ser aplicado. Por lo tanto, una exhibición directa de tal concepto en la intuición no es posible. El concepto de un objeto cuántico adquiere realidad objetiva más bien mediante una exhibición indirecta en la intuición, llevada a cabo a través de analogías simbólicas.
Vemos así cómo la interpretación de Bohr de la teoría cuántica se articula mediante la distinción trascendental entre el modo en el que los datos empíricos son representados como resultados experimentales objetivos y el modo en el que la multiplicidad de tales resultados es más tarde unificada. En el primer caso, se verifica una tarea constitutiva llevada a cabo por conceptos clásicos. En dicha tarea, esos conceptos son exhibidos esquemáticamente en la intuición. En el segundo caso, el concepto de un objeto cuántico cumple una función regulativa, garantizando una unidad sistemática entre los fenómenos complementarios, que han sido constituidos por conceptos clásicos. Esos fenómenos, a su vez, le brindan al concepto del objeto cuántico realidad objetiva, porque son representados como símbolos de dicho objeto y, así, lo exhiben indirectamente en la intuición.

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Zöller, G. Theoretische Gegenstandbeziehung bei Kant, de Gruyter, Berlin, 1984.         [ Links ]


1 Los principios constitutivos de la experiencia contienen las condiciones de la objetividad de la experiencia, en tanto que los principios regulativos de la experiencia contienen las condiciones de su unidad sistemática. Así sostiene Cassirer: "La fundamentación de la filosofía crítica no sólo incluye una determinación modificada de la relación del saber con el objeto, sino que a la vez contiene una nueva determinación conceptual del saber mismo. Los dos momentos esenciales del saber pueden ser resumidos en la exigencia de la objetividad del saber y en la exigencia de su unidad universal" (Cassirer, 2003 [1923], p. 236). Todas las citas de este artículo han sido traducidas por nosotros.
2 Probablemente haya sido el filósofo danés Harald Høffding, maestro y amigo íntimo de Bohr, quien le transmitió a su discípulo la tesis de la necesidad transcendental de la continuidad de la causalidad. En su Historia de la filosofía moderna, Høffding afirma "la ley de continuidad (que comprende a la vez la ley de continuidad de la extensión y de los grados, y la ley de relación de causalidad de todos los fenómenos) es valedera para todos los fenómenos, pues formula las condiciones por las que podríamos tener una experiencia real (diferente de la fantasía)" (1907, v. 2, p. 62). Respecto del rol específico de la continuidad en la filosofía de Høffding, cf. 1911, p. 170 ss., 1924, p. 196 ss. Acerca de la influencia de Høffding sobre Bohr, cf. Faye, 1991; Favrhold, 1992; Pringe, 2007, p. 124-39.
3 En términos kantianos, esos reportes serían simples juicios de percepción y no alcanzarían el carácter de juicios de experiencia.
4 Para un análisis detallado de esta cuestión, véase Pringe, 2007, p. 164 ss. Para una discusión de los vínculos entre filosofía de la física y filosofía de la biología en Niels Bohr, Pringe, 2007, p. 189 ss.
5 Un extenso análisis del dualismo onda-partícula en el marco de experimentos recientes en óptica cuántica puede hallarse en Falkenburg (2007).
6 Debemos aclarar que esta distinción entre validez objetiva y realidad objetiva no se corresponde exactamente con el modo en el que Kant hace uso de esas nociones (cf. Zöller, 1984).


https://www.scielo.br/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1678-31662012000100008