Marina Tsvietáieva nació en Moscú en 1892 y se quitó la vida en 1941 en Elabuga, después de que su marido fuera fusilado y su hijo enviado a trabajar en un campo de minas. Como ha señalado Josep Brodsky, la poesía de Marina Tsvietáieva no concede al lector respiro alguno, ni desde el punto de vista formal, ni desde el temático. El lector es llevado, por una escritura que no admite presuposiciones, ante un objeto artístico basado siempre en la realidad, pero que no deja en pie la más mínima creencia en la aceptabilidad de este mundo. Esta ruptura, tanto por su visión como por su estilo, es «algo único en la poesía rusa hasta hoy»
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miércoles, 11 de octubre de 2017
sábado, 23 de septiembre de 2017
Nina Berberova una autora de fama mundial.
Confieso que he vivido
Por Juan Forn
El descubrimiento de Nina Berberova fue tan tardío que casi es póstumo: a fines de 1989, el francés Hubert Nyssen, director de la coqueta editorial Actes Sud, recibió de manos de una señora mayor una “traducción confidencial” de una nouvelle rusa. Después de devorar esas cien páginas (La acompañante) avisó a la señora mayor que quería publicar enseguida el libro, dando por supuesto que la autora ya habría muerto. Para su sorpresa, la autora no sólo vivía (jubilada de su puesto como docente en la Universidad de Princeton) sino que prefirió trasladarse ella misma a París, en lugar de recibir a Nyssen en su casita del campus de Princeton. Un par de meses después, en el Café de la Mairie, en la Plaza Saint-Sulpice de París, Nyssen conocía a Nina Berberova, se convertía en el editor de toda su obra y la convertía de la noche a la mañana en una autora de fama mundial. Berberova había esperado toda su vida ese momento. Tenía ochenta y ocho años y le quedaban cuatro de vida.
Veinticinco años antes, en un departamentito perdido de New Haven, Berberova había puesto punto final al último de los libros que escribiría (su autobiografía, su mirada al siglo, titulada Los subrayados son míos). En la última página citaba dos versos del poeta ruso Jodasievich, el gran amor de su vida, y cerraba el libro diciendo: “En la época en que fueron escritos esos versos yo creía que llegaría a ser alguien, pero no he llegado a ser nadie: sólo he llegado a ser”. Cien páginas antes, cuando se entera de que su amiga, la extraordinaria Marina Tsvetáieva, se ha ahorcado luego de haber vuelto a Rusia, escribe, a modo de epitafio: “Siempre cedió a la tentación de encarnar personajes inventados: a veces la poeta maldita e incomprendida, otras veces la madre y esposa abnegada, o la amante de un joven efebo, o la que cantaba las glorias de un ejército derrotado, o la eterna discípula, o la amiga apasionada. Sumergida en esos personajes y otros más, escribió poemas inspiradísimos, pero no consiguió nunca adueñarse de sí misma, darse forma, conocerse”.
Se sabe que es más fácil ser certero observando la vida ajena que la propia. Se sabe también que solemos decir las cosas más certeras sobre nosotros mismos cuando creemos estar hablando sobre los otros. Nina Berberova quiso toda su vida adueñarse de sí misma, darse forma, conocerse. Lo demuestra en ese libro supuestamente autobiográfico, donde en realidad habla mucho menos sobre sí que sobre las personas que conoció y la época que le tocó vivir. No es casual la doble consigna que rigió la escritura de ese libro (y no es casual tampoco que fuera el último de sus libros): ser absolutamente sincera pero preservar su vida personal (“Asumo plenamente lo que aquí se dice. Y también lo que se silencia”). Lo que hace tan extraordinaria su autobiografía es que sea la historia de alguien que quería llegar a ser alguien y sólo (¿sólo?) llegó a ser.
Berberova nació en 1901, en una familia de gentilhombres, parte armenia y parte ranciamente rusa (cuando andaba distraído por la casa, su padre solía recitar para sí unos versos de Pushkin que le habían machacado durante todos sus años de estudio en el Liceo de Moscú: “Eres un cobarde, eres un esclavo, eres un armenio”). Cuando Berberova era adolescente, el padre le anunció así el advenimiento de la Revolución de Octubre: “Ya verás, los elefantes pronto vendrán por tus hebillas de marfil y las tortugas por tus peines. Llegarán en busca de lo que les pertenece y les hemos quitado”.
Llegaron, efectivamente, pero no eran tortugas ni elefantes. Y la jovencita que “sólo conocía a los pobres a través de mis lecturas” descubrió que no tenía la menor idea de cómo ganarse el pan con el sudor de su frente, ni abrirse paso a codazos en los comedores comunitarios por su ración y su cuchara de latón, ni coser botas de fieltro, ni despiojarse, ni hacer pan con cáscaras de papa. Al principio pensó: “Esto no me concierne; es problema de los aristócratas, de los banqueros, de los funcionarios. Yo tengo dieciséis años y soy nada”. Pero en pocos días se dio cuenta de que lo que pasaba era exactamente lo que ella (y sus emancipadas compañeras de escuela y recitales de poesía) habían deseado a viva voz: que ya no hubiera zar, que Rusia respondiera por sí misma frente a su destino.
Esa será la primera diferencia entre Berberova y sus compañeros de emigración, en Berlín primero, luego en París, y más tarde en Estados Unidos: ella siguió culpando al zar, y no sólo a los bolcheviques, por lo que ocurría en Rusia. Admiradora ferviente de Blok y Maiacovski, cortejada en vano por Gumiliev (primer marido de Ajmátova y cabecilla de los poetas acmeístas), Berberova no abandonó su patria junto a las oleadas de rusos blancos en 1917: lo hizo, junto a Jodasievich, recién a fines de 1922, cuando a ambos se les hizo evidente que Lunacharski, el cosmopolita comisario de las artes soviéticas, no podría detener las purgas políticas que se avecinaban (“Aún no conocía el sabor a ceniza en su boca. Aún poseía una patria, una ciudad, una profesión, un nombre”, dirá años después de Jodasievich, en uno de sus últimos poemas de juventud).
En París, bajo la tutela de Jodasievich y sus amigos (Viktor Sklovski, Andrei Bieli, Marina Tsvetáieva, Roman Jakobson, Nikolai Berdiaev), Berberova aprendería a leer y a pensar. También se le haría evidente la diferencia entre su generación y la de Jodasievich: a los mayores de treinta les resultaba imposible escribir fuera de Rusia. De hecho, tanto Sklovski como Bieli y Tsvetáieva terminarían volviendo. Jodasievich, en cambio, le propuso a Berberova que se suicidaran juntos. Ella prefirió trabajar por los dos, escribiendo cuanto podía en las tres publicaciones menos reaccionarias de la emigración (Anales contemporáneos y Los días) y firmando con el nombre de Jodasievich para cobrar mejor las colaboraciones.
Al enterarse de la situación de Jodasievich (definido más tarde por Nabokov como el mejor escritor de la emigración y la mejor persona entre todos los escritores que conoció en su vida), Gorki invitó a la pareja a su cómoda casa en el sur de Italia. En Sorrento, Jodasievich recuperó las ganas de vivir, entre otras razones por los episodios involuntariamente humorísticos que ocurrían en torno de Gorki. Berberova trabajaba de traductora para su anfitrión. Gorki se carteaba con Romain Rolland en aquel tiempo. Un día llegó una carta del francés y Gorki le pidió a Berberova que se la leyera. “Querido amigo y maestro –tradujo ella–, he recibido su carta que exhala el olor de las flores y las plantas aromáticas. Leerla ha sido como pasear por un lujurioso jardín deleitándome en las sombras mágicas y los rayos de luz de sus pensamientos que me transportaron al cielo de la meditación...” Gorki se empezó a mosquear. “¿Pero qué dice este hombre? Yo le pedí algo concreto: la dirección de Panait Istrati.”
Por la noche, el viejo escritor le entregó a Berberova la respuesta para que la tradujera al francés. Decía: “A lo largo de los últimos cien años el mundo camina hacia la luz y sólo quienes avanzan son dignos de recibir el nombre de hombres, entre ellos en lugar destacado nuestro común amigo Panait Istrati, a quien usted, querido amigo y maestro, se refería en una de sus cartas y cuya dirección le ruego encarecidamente me envíe en cuanto pueda contestar esta carta”.
El retorno de Gorki a Rusia y la noticia posterior de su muerte terminaron de hundir a Jodasievich. Berberova comprendió que no podría mantenerse a su lado sin ser arrastrada en la caída, así que, luego de dejarle preparado un borscht para tres días, hizo sus valijas y se instaló en una buhardilla de Billancourt, el barrio proletario en las afueras de París donde estaba la fábrica Renault.
Allí empieza a escribir sus Crónicas de Billancourt, estampas de la vida cotidiana del “París ruso” que se publicaban semanalmente en el diario Ultimas Noticias de la emigración. Contaba historias como la de los veteranos del Ejército Blanco que trabajaban en la Renault (en aquel tiempo, uno de cada cuatro obreros de la fábrica eran ex soldados del zar, que se caracterizaban por tres cosas: su salud de hierro, su insólita sumisión a la policía y su negativa a sumarse a cualquier huelga que organizara el sindicato). O la de la Asociación de Ex Francesas, un grupo de institutrices que volvieron arruinadas a París después de la Revolución (habían invertido todos sus ahorros en rublos zaristas) y pasaban las tardes en torno de un samovar, recordando los viejos tiempos. O la historia de Alexei Remizov, secretario de la revista Problemas de vida, quien en lugar de asistir a las reuniones de redacción prefería quedarse en la habitación contigua, donde acomodaba en círculo los zuecos y galochas de los miembros del comité, se sentaba en el centro y oficiaba una reunión paralela hablando con los zapatos de sus compañeros de revista (sin embargo, cada vez que había un estreno de Stravinski, ahí estaba Remizov en primera fila, poniendo el pecho por su amigo y compatriota).
En su nueva vida, Berberova decidió tomarse un respiro de los clásicos rusos y se sumergió en los libros de sus contemporáneos: Kafka, Proust, Mann, Gide, Huxley, Woolf, Colette... Así descubrió el problema de su literatura y la de sus compañeros de emigración: “No nos faltaban argumentos que contar pero nos asfixiábamos debido a la incapacidad de crear un estilo capaz de expresarlos”.
Curiosamente, esos mismos textos que en su autobiografía Berberova ve como impostados, mórbidos y ajenos (La acompañante, La peste negra, Roquenval) serán los primeros que quiera publicar cuando conozca a Hubert Nyssen en 1989. De hecho, la fascinación inmediata que produjo Berberova en toda Europa a principios de los ‘90 la logró con sus peores libros: tanto las Crónicas de Billancourt como su libro sobre el caso Kravchenko y su autobiografía aparecerían con posterioridad (aunque la autobiografía era el único de los libros de Berberova que estaba traducido y publicado en inglés y en muy pequeña tirada cuando ella viajó a París a su postergada cita con la fama).
Cuando un ruso blanco recién salido del manicomio (“y deseoso de llamar la atención sobre su miserable destino”, según Berberova) asesina a tiros a Paul Doumer, el presidente recién electo de Francia, la situación de los emigrados rusos comienza a hacerse insostenible: no sólo se les niega la ciudadanía sino también la posibilidad de trabajar. “¡Qué hartos están todos de nosotros!”, escribe Berberova en su diario y acepta la propuesta de matrimonio de un compatriota suyo con quien se instala a vivir en el campo, en la localidad de Longchêne. Allí verá pasar el fin de los años ‘30 y toda la guerra, dando cobijo cuando puede a los amigos que vienen huyendo de Berlín, de Praga, de París. “Me pregunto cómo conseguimos sobrevivir durante aquellos años. No deseábamos leer libros nuevos ni releer los viejos. Escribir nos producía una mezcla de miedo y repugnancia. Sólo teníamos un deseo: escondernos y callar.”
En 1940, antes de que los nazis entren en París, Berberova conoce a un escritor de su misma generación, emigrado como ella, que firma sus libros “V. Sirin” para que no lo confundan con su padre, el político ruso asesinado en Berlín Vladimir Dimitrievich Nabokov. La empatía es absoluta y pasan horas hablando de literatura rusa, comiendo blinis y bebiendo vodka en el restaurante L’Ours (con los francos que le han dado a él como anticipo por su novela La dádiva), hasta que Berberova comenta: “Pushkin se hubiera vuelto loco con Dostoievski. Dostoievski se hubiera desconcertado con Chejov. Y los tres nos despreciarían y se hubieran asqueado de nuestra degradación”. Nabokov se pone blanco, se levanta de su silla y, sin decir una sola palabra, abandona el restaurant (luego de pagar la cuenta al camarero).
Quince años después, en Nueva York, Berberova vuelve a verlo. Nabokov ya ha publicado Lolita, es rico y famoso, asiste algo incómodo a una velada rusa en el departamento de Alexandra Tolstoi, la hija menor del autor de Guerra y Paz. Nabokov ha engordado, presenta una avanzada calvicie y simula una miopía para no tener que reconocer a quienes se acercan a darle conversación. En determinado momento Berberova cree que la está mirando. Ella lo saluda con una inclinación de cabeza. El responde desde lejos, pero con un movimiento tan exangüe y difuso “que no tengo la menor certeza de que estuviera dirigido a mí”, dice Berberova en su autobiografía.
Aun así, Berberova escribió un breve libro sobre él, titulado Nabokov y su Lolita y recientemente aparecido en castellano, donde desarrolla una interesante teoría. Berberova (que, a diferencia de Nabokov, debió aprender sola, primero el francés y luego el inglés, para poder sobrevivir en Francia y Estados Unidos) no dejó nunca de escribir en ruso. Sin embargo, en su defensa de Nabokov dice que los grandes libros de nuestra época no son nacionales y no importa en qué lengua están escritos: Nabokov, según ella, no es menos ruso en Ada o Habla, memoria porque los haya escrito en inglés. Nabokov, según ella, es el escritor que justifica literariamente a toda la emigración. Si Nabokov vive, yo también, dice Berberova, parafraseando la frase de Dostoievski sobre Tolstoi.
Vale aclarar que Nabokov y su Lolita fue escrito por Berberova cuando ya se había ganado su cátedra de literatura rusa en Princeton. Pero antes debió penar más de una década, después de llegar al puerto de Nueva York con sólo setenta y cinco dólares en el bolsillo y sin saber una palabra de inglés. Hay dos momentos de su autobiografía tan formidables como ilustrativos de ese momento y de la actitud ante la vida de Nina Berberova. El primero de ellos ocurre apenas terminada la guerra. Berberova se encuentra en París con una conocida rusa de los viejos tiempos, que le dice: “¡Has sobrevivido!”. Y agrega: “Por algo será”. Berberova entonces se pregunta: “¿Fue en ese instante cuando la idea de escribir este libro cruzó mi mente por primera vez? No lo sé. Pero sí sé lo que pensé en ese instante: Tienes que vivir como si fueras la única persona en el mundo que ha sobrevivido”.
El segundo momento tiene lugar cuando llega en barco a territorio norteamericano, y un médico la revisa antes de dejarla entrar. Es el año 1950 y Berberova ya ha cumplido cuarenta y nueve. El médico le pregunta (en francés) cómo están sus órganos genitales. En su sitio, contesta ella. ¿Y su ciclo menstrual? “Cuando existía me hacía la vida muy agradable: cada vez que lo tenía me sentía renacer. Pero cuando se acabó no ocurrió nada desagradable: menos preocupaciones.” El médico, tan sorprendido como interesado, le pide si puede extenderse en su última observación. “No, doctor; nos llevaría demasiado tiempo.” ¿Y si le pidiera que pronunciara una breve exposición sobre el tema ante una comisión científica?”, pregunta el médico. “Estaría encantada de servir a la ciencia, pero en estos momentos ni mi cabeza ni mi inglés están para exposiciones.” “¿Aunque la exposición la hiciera yo y la presentara a usted para ratificar mis argumentos?”, insiste el médico.
Entonces Berberova escribe: “Dirigí la mirada más allá de sus cabellos cortados a cepillo y le dije que estaba a punto de ver llover por primera vez en América. Era un buen hombre, gracias a Dios no insistió. Selló mi documento y me dejó franquear la puerta. No recuerdo si estaba cerrada o entreabierta. Sólo recuerdo que la franqueé”.
Berberova sobre Stravinski:
“Le oí decir a Stravinski que, cuando compone, tiene la sensación de ser un cerdo en busca de trufas o una ostra fabricando una perla. Confesó que a veces hasta le cae la baba bajo el efecto de los sonidos y los acordes que anota. Para él, cualquier forma de creación revela secreción glandular.”
“Le oí decir a Stravinski que, cuando compone, tiene la sensación de ser un cerdo en busca de trufas o una ostra fabricando una perla. Confesó que a veces hasta le cae la baba bajo el efecto de los sonidos y los acordes que anota. Para él, cualquier forma de creación revela secreción glandular.”
Berberova sobre Pushkin:
“Se mató por una mujer sin saber qué era una mujer. ¡Cómo pudo ignorar a tal extremo algo así!”
“Se mató por una mujer sin saber qué era una mujer. ¡Cómo pudo ignorar a tal extremo algo así!”
Berberova sobre Maiacovski:
“Se oyó un disparo y aquella vida que parecía infinita se extinguió. Maiacovski no estaba acostumbrado a ceder, no sabía ni quería hacerlo. Un poeta de semejante temple no puede emprender la retirada. Pero al saltarse la tapa de los sesos, aniquiló a toda su generación.”
“Se oyó un disparo y aquella vida que parecía infinita se extinguió. Maiacovski no estaba acostumbrado a ceder, no sabía ni quería hacerlo. Un poeta de semejante temple no puede emprender la retirada. Pero al saltarse la tapa de los sesos, aniquiló a toda su generación.”
Berberova sobre Alexander Herzen:
“Paseaba por los Alpes con su amigo Herweg y lo obligaba a jurarle que nunca se convertiría en amante de su esposa, cuando en realidad Herweg ya lo era desde hacía tiempo, e iba a visitarlo para verla a ella.”
“Paseaba por los Alpes con su amigo Herweg y lo obligaba a jurarle que nunca se convertiría en amante de su esposa, cuando en realidad Herweg ya lo era desde hacía tiempo, e iba a visitarlo para verla a ella.”
Recuerdo de Nina Berbérova
Juan Pedro Quiñonero
NB,hacialos13años,antesdelaRevolución.
Imprescindibles para sobrevivir
Seix-Barral lanzó a Nina Berbérova, en España, utilizando como reclamo publicitario una frase de mi primer artículo sobre la novelista rusa, un año antes.
[ .. ]
Tantos años después, Alicia le envía a M* un artículo sobre la Berbérova publicado el 7 diciembre 08, en Buenos Aires, en Página 12, Confieso que he vivido, el mimo día que yo rescato, puro azar, mi necrológica de hace quince años. Como pasa el tiempo.
RECUERDO IMPROVISADO DE UNA GRAN DAMA
[27 septiembre 1993] Nina Berbérova murió la tarde del domingo, en Filadelfia, al mismo tiempo que comenzaba, en París, la distribución de su último libro, Où il n’est pas question d’amour et Autres récits (Actes Sud), a los noventa y dos años, víctima de un “accidente cerebral”, cuando su obra, al fin, había conseguido un reconocimiento universal que llega con medio siglo de retraso, culminando una vida condenada al destierro, el exilio.
Cuando Hubert Nysson publicó L’Accompagnatrice, en Arles, en el Mediodía francés, el mes de septiembre de 1985, en una por entonces modesta y desconocida colección de libros editados muy pulcramente, apenas media docena de lectores nos atrevimos a escribir, inmediatamente, que se trataba de una revelación internacional, el descubrimiento de una escritora excepcional, y de una obra maestra.
Apenas cinco años más tarde, Nina Berbérova podía regresar por vez primera a su San Petesburgo natal, adulada y admirada por la gran prensa francesa, inglesa, alemana, italiana y estadounidense, aureolada de una incipiente celebridad internacional, que le permitió comprarse un apartamento en Filadelfia, y abandonar su residencia de función en la universidad de Princenton.
Cuando, ayer, en Arles, siempre, Hubert Nyssen dio la noticia de la muerte de la escritora, en su todavía flamante apartamento, su último libro (una colección muy bella de relatos escritos en ruso, durante los años treinta, en París y su periferia inmediata) todavía estaba distribuyéndose en las grandes superficies, presentado como la gran novedad editorial de la temporada.
NB,adolescente,en SanPetesburgo.
Nina Berbérova había esperado la fama, la gloria, el reconocimiento, en vano, durante algo más de medio siglo. L’Accompagnatrice se publicó cuando ella tenía ochenta y cuatro años y arrastraba, consigo, una vida de exilio, divorcios, aventuras, y la más perfecta incomprensión; ella, que se inició al mundo y la literatura en los brazos y el lecho del más influyente de los poetas y críticos literarios de la Rusia de su tiempo; para hundirse muy pronto en la más extrema miseria de la emigración rusa, en Berlín y París, entre los años veinte y 1950, el año de su segundo exilio, voluntario, a los EE.UU., con setenta dólares en el bolsillo y una miserable maleta de cartón por todo equipaje.
Nina Berbérova nació en San Petesburgo el 8 de agosto de 1901, en el seno de una familia relativamente acomodada. Como Nabokov, aprendió francés muy pronto, gracias a una gobernanta que le inculcó una pronunciación que ella consideraba exquisita. Su padre fue un alto funcionario, armenio, personaje de cierta influencia en el último ministerio de finanzas anterior al putschbolchevique. Su madre era rusa, ortodoxa, conservadora y patriarcal. Ella se educó muy libremente, y su adolescencia se confunde con el fin del Antiguo Régimen y una persecución apasionada de la nueva literatura rusa que ilumina las esperanzas de una juventud dorada, condenada al suicidio, el destierro, el exilio, el pelotón de ejecución y los campos de concentración, en Siberia.
Con su marido, Jodasievich, en la casa de Gorki en Sorrento, 1925.
Adolescente, Berbérova corría por los salones literarios de San Petesburgo y Moscú, para escuchar admirada a Block, Ajmatova, Kuzmin. Derrocado por la fuerza el gobierno legítimo de la época, Berbérova supo muy pronto que su patria se hundía en un pozo negro y desconocido. En 1922, ella y Vladislav Jodasevich deciden escapar, juntos (con “pasaporte rojo”), iniciando un interminable periplo que solo acabaría con la muerte. Nabokov, tan parco en elogios, estimaba que Jodasevich fue “el crítico y poeta más grande de la literatura rusa del siglo XX”. En sus memorias, Berbérova cuenta con mucha ternura y cierta distancia su historia de amor, su viaje por Europa, su estancia en Sorrento (junto a Gorki), su definitiva instalación en París, tras una accidentada estancia en Berlín (donde fue asesinado a tiros, por aquellos años, el padre del autor de Lolita).
En París, la pareja Berbérova – Jodasevich escribe, publica y oficia en las revistas del exilio ruso, víctimas del ostracismo y la agresividad de la intelligentsia francesa de la época. Alexander Block había muerto hacía años. Nabokov era el escritor más prometedor de su tiempo, autor de varias obras maestras, ya, perfectamente desconocidas e ignoradas más allá de los círculos de la emigración rusa. Jodasevich publicaba obras maestras para siempre enterradas en el olvido. Berbérova escribía textos que permanecieron desconocidos durante treinta, cuarenta, cincuenta, sesenta años.
En Longchêne , la campaña francesa donde vivió los años de la ocupación nazi.
Jodasevich murió finalmente solo, pocos años después de una difícil separación. Berbérova contrajo matrimonio para volver a divorciarse y huir a la Costa este americana, pobre y desconocida, como una rata, tras haber realizado demasiados oficios, cuando fueron muriendo, faltas de lectores y recursos, todas las publicaciones del exilio ruso, en París y su periferia.
En Princenton, Berbérova trabajó veintitantos años como lectora de ruso. Hasta que Hubert Nyssen la redescubre y compra a bajo precio los derechos de toda su obra, desconocida, proscrita, enterrada en el olvido, que comienza a rescatarse apenas ocho años más tarde.
Desde entonces, a paso de carga, se han publicado veinte libros de relatos, novelas, biografías y memorias, entre los que es posible citar dos o tres obras maestras, dos o tres libros capitales.
En Princeton, 1964.
Sus memorias, C’est moi qui souligne, son un documento excepcional para el estudio y rastreo de las pistas perdidas de la gran prosa rusa de nuestro siglo. Su biografía de la baronesa Boudberg (mitad Lou-Andreas Salome, mitad Mata hari) es un libro de “espionaje” que ilumina páginas muy oscuras de la vida, milagros y miserias de grandes personajes de la literatura y la política universal (comenzando por Gorki y Well, evidentemente). Sus ensayos sobre Chaikovski, Block, Kratvchenko, Mozart, aportan visiones muy personales, siempre fascinantes, de procesos mal conocidos, con frecuencia.
Sus grandes relatos, comenzando por L’Accompagnatrice, llevada al cine, no sé si con buena fortuna, a ciencia cierta, nos hablan de una tradición de la prosa rusa que, con ella y Nabokov, instala su lengua en el infierno del exilio contemporáneo. Los relatos más recientemente traducidos recuerdan, siempre, las páginas más melancólicas y terribles del Nabokov de Una belleza rusa, escritas entre Berlín y París, durante los años veinte y treinta del siglo XX. Tardamos mucho más de medio siglo en descubrir esas joyas perdidas en la tumba de la historia. Quizá estemos lejos de conocer el país de nostalgia y maravillas, perdidas, que ellas iluminan con su luz purísima.
| En Princeton,1982,poco antes de ser descubierta por su futuro editor |
http://unatemporadaenelinfierno.net/2008/12/15/recuerdo-de-nina-berberova/
miércoles, 20 de septiembre de 2017
Fernando Pessoa Poesías y biografía

Fernando Pessoa.pdf

Fernando Pessoa
(Lisboa, 1888 - id., 1935) Poeta portugués. Fernando Pessoa pasó su infancia y juventud en la República de Sudáfrica; cursó estudios de derecho en la Universidad de El Cabo y regresó a Lisboa en 1905. Inició su obra literaria en inglés, aunque a partir de 1908 creció su interés por la lengua portuguesa.

Fernando Pessoa
Su obra es una de las más originales de la literatura portuguesa y fue, junto con Mário de Sá Carneiro, uno de los introductores en su país de los movimientos de vanguardia. A partir de 1914 proyectó su obra sobre tres heterónimos: Ricardo Reis, Álvaro de Campos y Alberto Caeiro, para quienes inventó personalidades divergentes y estilos literarios distintos. Frente a la espontaneidad expresiva y sensual de Alberto Caeiro, Ricardo Reis trabaja minuciosamente la sintaxis y el léxico, inspirándose en los arcadistas del siglo XVIII, mientras que Álvaro de Campos evoluciona desde una estética próxima a la de Walt Whitman hasta unas preocupaciones metafísicas en la tarea de explicar la vida desde una perspectiva racional.
Sobre estos desdoblamientos del poeta en varias personalidades reflejó Pessoa sus distintos yos conflictivos, a la vez que elaboraba su propia obra poética, a veces experimental, una de las más importantes del siglo XX y que en su mayor parte permaneció inédita hasta su muerte. Su poesía, que supone un intento por superar la dualidad entre razón y vida, fue recogida en los volúmenes Obras completas: I. Poesías, 1942, de Fernando Pessoa; II. Poesías, 1944, de Álvaro de Campos; III. Poemas, 1946, de Alberto Caeiro; IV. Odas, 1946, de Ricardo Reis; V. Mensagem, 1945; VI. Poemas dramáticos; VII. y VIII. Poesías inéditas, 1955-1956.
Su obra ensayística ha sido recogida en Páginas íntimas de autointerpretación(1966), Páginas de estética y de teoría y crítica literarias (1967) y Textos filosóficos (1968). En 1982 apareció el Libro del desasosiego, compendio de apuntes, aforismos, divagaciones y fragmentos del diario que Fernando Pessoa dejó al morir.
El enigma Pessoa al completo
Una exposición en el Círculo de Bellas Artes de Madrid y la integral de su poesía en la editorial Abada muestran el universo nostálgico del escritor lisboeta
Madrid

Fernando Pessoa (Lisboa 1888-1935) sigue proyectando su genio triste desde esa zona del fin del mundo en la que creó su obra, en lugares concretos de Lisboa por los que pasearon él y sus heterónimos. Ahora proyecta esa luz oscura, pesimista, pero también diversa, o divertida, desde la sala Minerva del Círculo de Bellas Artes de Madrid, donde unos seres rabiosamente pessoanos (Juan Barja, Alberto Ruiz de Samaniego, José Mouriño, cineasta este último, sin relación con el entrenador de fútbol, Daniel Sánchez Usanos…) han encontrado la manera de resaltar su paso insólito, silencioso y abrumador por este mundo.
Pessoa nació en Lisboa y vivió allí con la intensidad con que Marcel Proust vivió en una habitación sin vistas en París y en Cabourg o como José Lezama vivió inmóvil en La Habana. Sus sitios fueron el famoso café A Brasileira, que es universal por Pessoa, y el restaurante Martinho da Arcada, que es también inolvidable por eso, porque allí, escribía el hombre de los heterónimos. Se sentaba solo, pero con él estaban Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Bernardo Soares, Álvaro de Campos, sus heterónimos. Ese solitario “del fin del mundo” era, dice el comisario de la exposición, Alberto Ruiz de Samaniego, “un hombre absolutamente introspectivo, aislado de todo contacto social”, alejamiento que le sirvió “para penetrar continuamente en las entrañas del ser”. Y tuvo tal capacidad que se quintuplicó, y en todos los individuos que creó encontró una voz distinta a la suya, siendo la misma.
Esa soledad, esa oscuridad de la que partían sus metáforas, está transcrita casi exactamente en la atmósfera creada para esta exposición. Está reproducida la geometría de las mesas de su café de siempre, y alrededor están, como partituras digitales, todos los pasos que Pessoa dio en su vida. Ese Atlas Pessoa que acompaña a la idea de la exposición presenta el trayecto humano del poeta misterioso más conocido de Portugal, junto a Camoens.
Pessoa nació en Lisboa y vivió allí con la intensidad con que Marcel Proust vivió en una habitación sin vistas en París y en Cabourg o como José Lezama vivió inmóvil en La Habana. Sus sitios fueron el famoso café A Brasileira, que es universal por Pessoa, y el restaurante Martinho da Arcada, que es también inolvidable por eso, porque allí, escribía el hombre de los heterónimos. Se sentaba solo, pero con él estaban Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Bernardo Soares, Álvaro de Campos, sus heterónimos. Ese solitario “del fin del mundo” era, dice el comisario de la exposición, Alberto Ruiz de Samaniego, “un hombre absolutamente introspectivo, aislado de todo contacto social”, alejamiento que le sirvió “para penetrar continuamente en las entrañas del ser”. Y tuvo tal capacidad que se quintuplicó, y en todos los individuos que creó encontró una voz distinta a la suya, siendo la misma.
Esa soledad, esa oscuridad de la que partían sus metáforas, está transcrita casi exactamente en la atmósfera creada para esta exposición. Está reproducida la geometría de las mesas de su café de siempre, y alrededor están, como partituras digitales, todos los pasos que Pessoa dio en su vida. Ese Atlas Pessoa que acompaña a la idea de la exposición presenta el trayecto humano del poeta misterioso más conocido de Portugal, junto a Camoens.
“YACE EUROPA, APOYADA EN AMBOS CODOS”

Fernando Pessoa es inagotable, como el fondo del mar. Lo sabe bien Juan Barja, editor, ahora director del Círculo de Bellas Artes, filósofo y poeta, que desde hace años lucha con la voluntad de los melancólicos (su perfil de wasapp es Sobremuriendo) dentro del espíritu del poeta de las cinco identidades. Fruto de esa pasión sobremuriente es una colección insólita y bilingüe de la poesía de Pessoa, que publica su editorial, Abada, empeñada en empresas de riesgo, como la obra completa de Walter Benjamín, otro europeo de la melancolía. Esta colección tiene ocho tomos, acaba ahora, y está realizada por él y por Juana Inarejos. Contiene textos de otros pessoístas como Miguel Casado, el propio Barja, José Manuel Cuesta Abad, el catedrático Alberto Ruiz de Samaniego, Javier Arnaldo y Patxi Lanceros.
El primer poema del último volumen de esa colección corresponde al libro Blasón, y reza de Europa, a la que el poeta mira con la melancolía de un dibujante que recorre su mapa. “Yace Europa, apoyada en ambos codos:/ desde Oriente a Occidente, contemplando,/ entoldada en románticos cabellos”. La descripción llega, naturalmente, a Portugal: “Con su mirar esfíngico y fatal/ ve a Occidente, futuro del pasado./ Y ese rostro que mira es Portugal”.
Ese rostro es Pessoa, mirando. Su traductor, Barja, cree que este hombre vive mirando el drama en la gente, y no sólo el drama de la gente. “Hay gente que opina que Pessoa es un esquizoide, que aquí hacía un personaje y allí otro, que los heterónimos tienen vida propia. Y creo, sin embargo, que la de Pessoa es una estrategia asombrosamente rigurosa. Vive en un país pequeño, casi extraeuorpeo, fuera de los acontecimientos de la modernidad. En ese ámbito se inventa una generación equivalente a las generaciones que hubo en Alemania o Francia en esa época de los años veinte o treinta”. Esos heterónimos, todos con su personalidad, son la generación que inventa. Cuando él muere, esa generación también desaparece. Pero qué vivo sigue el pensamiento desasosegado de Pessoa en la Europa que yace mirada desde Portugal.
El primer poema del último volumen de esa colección corresponde al libro Blasón, y reza de Europa, a la que el poeta mira con la melancolía de un dibujante que recorre su mapa. “Yace Europa, apoyada en ambos codos:/ desde Oriente a Occidente, contemplando,/ entoldada en románticos cabellos”. La descripción llega, naturalmente, a Portugal: “Con su mirar esfíngico y fatal/ ve a Occidente, futuro del pasado./ Y ese rostro que mira es Portugal”.
Ese rostro es Pessoa, mirando. Su traductor, Barja, cree que este hombre vive mirando el drama en la gente, y no sólo el drama de la gente. “Hay gente que opina que Pessoa es un esquizoide, que aquí hacía un personaje y allí otro, que los heterónimos tienen vida propia. Y creo, sin embargo, que la de Pessoa es una estrategia asombrosamente rigurosa. Vive en un país pequeño, casi extraeuorpeo, fuera de los acontecimientos de la modernidad. En ese ámbito se inventa una generación equivalente a las generaciones que hubo en Alemania o Francia en esa época de los años veinte o treinta”. Esos heterónimos, todos con su personalidad, son la generación que inventa. Cuando él muere, esa generación también desaparece. Pero qué vivo sigue el pensamiento desasosegado de Pessoa en la Europa que yace mirada desde Portugal.
Ese hombre solitario acompañado por sus sombras (Caeiro, Reis, Soares, De Campos) es, añade Samaniego, catedrático de Estética en la Universidad de Vigo, “todo un mundo, el Pessoa de las saudades, de la característica melancolía del fim do mundo, del Portugal desde el que escribe”. Pero es un poliedro: “Ese Pessoa se refracta en otras posibilidades. Con él van el agnóstico, el pagano defensor del paganismo precristiano, el sensual…”. Esos mundos caben en uno y se representan, como una realidad virtual, oscurecida como la cueva de la que nace la inteligencia de las sombras y de la poesía, en esa sala del Círculo de Bellas Artes que se llama Minerva y que arropa al solitario mayor de Portugal. La mujer que guarda la muestra, Eva Torrejón, profesora, ahora en paro, de Filología Hispánica, gaditana, ha leído versos de este hombre que pasea triste por los ordenadores y por la película que componen este Atlas Pessoa. “Ahora lo leeré más”.
La voz de Pablo Guerrero
Al fondo de la sala, en el cuarto más oscuro, suena la voz de Pablo Guerrero narrando la Lisboa filmada por Mouriño. Éste, que tiene 37 años y ahora trabaja en darle vida de cine a la última María Zambrano, dice: “Lo descubrí leyéndolo a él y a su tropa de autores brillantes. Vi Lisboa con ellos. El de Pessoa fue un mundo interior intenso y complejo. Llevar a la pantalla ese espíritu es tan difícil como trasladar el universo de Proust o como llevar al cine el mundo de Lezama, al que tanto se parece siendo tan distinto”.
La exposición es virtual, prácticamente; Juan Barja, editor de Pessoa, director del Círculo, dice que no quisieron apabullar con papeles y con datos. En esas pantallas chicas y en la pantalla de la sala de cine está el Atlas de Pessoa, y está él caminando con todas sus sombras. Es Pessoa en estado puro, como si él mismo estuviera en lo más hondo de su cueva oscura esperando el fin del mundo.
domingo, 10 de septiembre de 2017
VIVIAN MAIER (Documental y fotos ) La fotógrafa amateur más talentosa y misteriosa del siglo XX.
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| Autorretrato en Nueva York 1953. Maier con su Rolleiflex al cuello, la cámara con la que sacó algunas de sus mejores fotos en los años 50 y 60. ©Vivian Maier/Maloof Collection, Courtesy Howard Greenberg Gallery, New York. |
Finding Vivian Maier
Hace algunos días fuimos a ver la película de John Maloof y Charlie Siskel, titulada “Finding Vivian Maier“, que la editorial Feltrinelli ha publicado en su tan interesante colección de documentales “Real Cinema” con el título italiano “Alla ricerca de Vivían Maier”.
Para nosotros fue un descubrimiento total, no conocíamos para nada a esta estupenda fotógrafa, ni tampoco su historia y eso que estamos hablando de un nivel como el de Cartier Bresson.
La película nos cuenta el modo en el que John Maloof descubrió a Vivían Maier, indagando en su vida y su personalidad entrevistando para ello a diferentes personas que la conocieron. El documental es muy interesante por este aspecto, aunque no es extraordinario. Utiliza un esquema bastante clásico: las entrevistas a una decena de personas divididas en pequeñas partes mezcladas entre ellas y reagrupadas por temas intercalándolas con la muestra de obras de la protagonista.
John Maloof tuvo una suerte extraordinaria, compró en una subasta algunos muebles en venta judicial por 380 dólares y dentro de ellos se encontró con un verdadero tesoro fotográfico (más de 40.000 negativos). Después empezó a investigar sobre la autora y así fue como descubrió otro material (otros negativos, películas e informaciones sobre ella en general). Decidió crear un blog para difundir todo lo que había encontrado dándose cuenta, de este modo, del potencial comercial que tenía entre manos. Hizo exposiciones, libros y, recientemente, este documental que vimos en el Cine Beltrade de Milán.
Descubrimos sobre todo a una fotógrafa genial. Obviamente, está también todo el misterio que rodea a una mujer que trabajó como niñera y que consagró todo su tiempo libre a sacar fotos en cantidades industriales, sin tener constancia de que las hubiera revelado, lo que será otra fuente para producir libros, conferencias y otras películas. Pero si dejamos a un lado el aspecto comercial y lo vemos desde un punto de vista puramente artístico, lo más importante, como ya dije, son las fotos.
Podéis encontrarlas en gran parte en el blog que creó John Maloof: http://www.vivianmaier.com. He hecho una selección que podéis ver aquí al final del artículo.
Vivian Maier es una fotógrafa de la calle, es decir, que por la calle a la caza de fotos, es más, está siempre a la caza, lleva siempre con ella su cámara. Un cámara buena y lo más portátil posible. Con la evolución de la tecnología, pasará de una Rolleiflex a una cámara compacta como la Leica, la misma que usaba Cartier Bresson. También él la llevaba siempre consigo para poder sacar la foto cuando la veía.
De hecho Vivían Maier capta momentos de vida, que expresan sentimientos, ironía, ternura, admiración etc… Sus fotos no son puramente realistas, como la técnica fotográfica podría hacerlo pensar. Son en blanco y negro, que no corresponde a la realidad, y cuando usa el color, el color mismo tiene un papel en la expresión que quiere transmitir a través de la elección del momento, del encuadre, de la luz, del contraste, y de todos los reglajes o los ángulos que tiene a disposición para las tomas. Lo fantástico es que lo hace al momento, con un sujeto en movimiento y una tecnología que no permite todo lo que se podría hacer hoy en día. A menudo roba la foto o si pide permiso no deja al sujeto tomarse una pausa lo que volvería más estática la foto.
No puedo creer que nunca haya revelado sus fotos. Posiblemente como en aquella época costaba tanto hacerlo, ese limitara a mirar los negativos, elegir sólo algunos y los revelara. Puede ser que no se hayan encontrado estas fotos impresas o que ella misma las haya destruido. Lo verdaderamente raro, es que no tenía el material para hacerlo ella misma, porque es revelando en papel cuando se puede completar y terminar el trabajo empezado con las tomas. La elección del papel, los tiempos de exposición y todas las técnicas para modificar el resultado forman parte del arte de la fotografía.
En cualquier caso, mirad las fotos. Cero que podemos quedarnos satisfechos con lo que nos legó hasta ahora Vivían. De hecho, no sabemos lo que va a salir cuando John Maloof publique las otras fotos que no están reveladas. Continuará.
Vivian Maier en Argentina: la niñera que sólo quería sacar fotos
Raquel Garzón
Murió en 2009 y dejó una obra impactante de 160 mil negativos hallados por azar. Una selección llega al país.
Trescientos ochenta dólares cuenta John Maloof que pagó en un remate por la caja que contenía el lote de miles de negativos que cambiaría su vida, convirtiéndolo de agente inmobiliario e historiador vocacional en curador de un tesoro artístico insospechado, al descubrir en 2007 la obra de la fotógrafa de calle amateur más talentosa y misteriosa del siglo XX.
Detrás de ese hallazgo descomunal, se agazapa la figura de una mujer extravagante y reservada, llamada Vivian Maier, nacida en Nueva York en 1926, de madre francesa (Maria Jaussaud) y padre abandónico (Charles Maier, austrohúgaro), que dejó a la familia cuando ella tenía cuatro años. Niñera de oficio (su mamá y su abuela también se habían dedicado al servicio doméstico), Vivian tuvo una existencia errante que llevó consigo de casa en casa en casa mientras era, a la vez, una apasionada y secreta artista del lente: tomó 160 mil fotografías que jamás mostró públicamente. Murió sin descendencia en 2009, a los 83 años, en el más absoluto anonimato. Poco antes, dada la precariedad de su situación, los Gensburg, tres hermanos a los que había criado, trabajando con la familia por 17 años, costearon un departamento para que viviera en él.

Diariero. Nueva York, 1954. Maier, cuentan quienes la conocieron, leía y guardaba periódicos compulsivamente. ©Vivian Maier/Maloof Collection, Courtesy Howard Greenberg Gallery, New York
Tras el descubrimiento de Maloof y exhibidas por primera vez en el Centro Cultural de Chicago en 2011, las fotos de Vivian Maier fueron amadas a primera vista por el público, que convirtió su muestra en la más visitada en la historia de la institución. El éxito se repitió en distintas capitales y continentes. La calidad y modernidad de las imágenes, centradas en la vida cotidiana (que registró también en grabaciones de audio y en 150 películas de 8 y 16 mm), llevó a los expertos a comparar su trabajo con el de maestros como Robert Frank, William Klein, Diane Arbus o Garry Winogrand. Y las preguntas se multiplicaron: ¿Quién era ella? ¿Dónde había aprendido a sacar fotos? ¿Por qué no las mostró jamás?
Esa ola imparable de talento y enigmas llega ahora a Buenos Aires: una selección de sus fotografías se exhibirá a partir del 16 de marzo en la Fototeca Latinoamericana. Vivian Maier, The Street Photographer reúne 55 de las mejores tomas en blanco y negro que registró en los años 50 y 60, mientras trabajaba como institutriz en Chicago y Nueva York. Organizadas en tres núcleos temáticos –niños, autorretratos y parejas en la ciudad– testimonian su arte y estilo: el cuidado por el equilibrio y la composición; un ojo sensible para dar con los gestos que definen en un trazo la ternura, el declive, el humor de una situación, la tragedia o la locura de un personaje; y, sobre todo, su destreza en la corta distancia. Ante sus retratos sentimos, casi con pudor y preguntándonos hasta dónde puede uno acercarse a un extraño, que al mirar tocamos lo que nos muestra.
¿Quién era esa chica?
Todo empezó en 2007, cuando John Maloof buscaba documentación para un ensayo sobre la historia de su barrio, en Chicago, y compró en una subasta una caja con 30 mil negativos. El nombre que acompañaba el lote, Vivian Maier, no le dijo nada. Como el material no era lo que necesitaba lo guardó en un armario.

Autorretrato en Nueva York 1953. Maier con su Rolleiflex al cuello, la cámara con la que sacó algunas de sus mejores fotos en los años 50 y 60. ©Vivian Maier/Maloof Collection, Courtesy Howard Greenberg Gallery, New York.
Dos años después, tal vez para decidir si la tiraba, volvió a la caja y le salieron al paso fotos sorprendentes: chicos jugando, riendo o desafiando a la cámara; borrachos en noches de ronda, congelados en lo peor de la resaca, paisajes de trajín y cemento y rostros –de viejos, de mendigos, de locos, de vecinos de diversas clases sociales– tallados en el blanco y negro de las imágenes con una humanidad conmovedora.
Escaneó unas doscientas y las posteó en su blog. Los ¡Wows! no se hicieron esperar. ¿Quién tomó estas fotos?, preguntaban todos. Maloof reintentó en Internet y esta vez halló un obituario publicado en el Chicago Tribune poco tiempo antes: “Vivian Maier, orgullosa nativa de Francia y residente en Chicago durante los últimos 50 años, murió pacíficamente el lunes. . . Un espíritu libre y afín que mágicamente tocó las vidas de todos los que la conocieron”.
Tratando de hallar otra punta a esa madeja de misterios, encontró entre los papeles de la caja un sobre, una dirección y llegó a un número telefónico: “Tengo negativos de Vivian Maier”, le dijo a la voz que contestó. “Ella era mi niñera. Fue como una madre para nosotros”, le respondieron. Sorprendido, fue procesando el resto de la información: Maier no tenía familia y estaban por tirar sus cosas, guardadas en un depósito (había perdido otras por falta de pago; así había llegado Maloof a los primeros negativos). “¿Hay fotos?”, preguntó. “Hay de todo”, respondieron. “Acopiaba todo lo que pueda imaginar. Venga y se queda con lo que le interese”.
Abarrotado hasta el techo, el guardamuebles alojaba desde hacía años la vida de Vivian Maier en fragmentos: ropa, recortes de diarios, recuerdos de viaje, cheques con devoluciones impositivas jamás cobradas, boletos de subte, postales, cassettes en los que grababa ocurrencias, conversaciones, entrevistas improvisadas en las cuales preguntaba en la cola del supermercado, por ejemplo, por el escándalo de Watergate (“¿pero qué piensas?; una mujer tiene que tener una opinión, digo yo”) y toneladas de bagatelas (dientes, pins, bijouterie) que sólo significan para quien puede recuperar la experiencia tras la memorabilia. En medio, un baúl envuelto en cinta engomada y en él, cientos de miles de rollos de película sin revelar. La leyenda de Vivian Maier comenzaba.
Un modo de mirar
“No es necesario exagerar el valor de la obra para otorgarle la cualidad de un milagro”, escribió el novelista y crítico Geoff Dyer en Vivian Maier, Street Photographer, el primer libro que recuperó en 2011 una selección de sus tomas urbanas y autorretratos (el 30% de su obra está compuesta por ellos, como si a medida que experimentaba con el medio Vivian hubiera necesitado mirarse en él, hacerse visible). “Maier es una suma importante al canon de la fotografía de calle; algunas de sus imágenes son excepcionales”, señala.
Pero ¿estudió fotografía? Nadie lo sabe. Culta a fuerza de aprendizajes autodidactas y de una voraz lectura de diarios, es improbable que una muestra como La familia del hombre, exhibida por primera vez en 1955 en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, le haya pasado desapercibida: 273 fotógrafos de 68 países, profesionales y aficionados. ¿Por qué no ella?

Zapatos en vidriera. Una imagen de enero del 56, en un lugar no identificado. ©Vivian Maier/Maloof Collection, Courtesy Howard Greenberg Gallery, New York
Sus fotos dialogan con las de otros contemporáneos: fotografía niños en las calles como Helen Levitt y algunas de sus tomas de gemelos remiten a Diane Arbus. Pero en cualquier caso los retratos de Maier tienen vuelo propio; son casi ensayos sobre la intimidad, fotos en el límite de la discreción (“soy una especie de espía”, definió alguna vez), que a veces toman por asalto al fotografiado (tienen el susto pintado en el rostro) y otras tientan una conexión profunda, no un contacto casual sino un vínculo.
Algunos relacionan esta cercanía extrema, así como la jerarquía que da a los retratados el ángulo de la toma, con una de sus cámaras favoritas: una Rolleiflex (comprada en 1952), con la que sacó algunas de sus mejores fotos, que le permitía hacer foco desde el estómago, sin quebrar el contacto visual, casi clandestinamente. A partir de 1965, Leica mediante, experimentó también con el color.
El medio incide pero no define qué mirar. Allí está para probarlo una de sus películas caseras de 1971, disponible online en el sitio Nowness. Filmada en 8 mm, muestra simplemente gente en las calles de Chicago. Documenta pero, a la vez, desmenuza y pone a decir a esa deriva. A veces el plano es general. Otras, sólo vemos un malón de piernas que avanza. Elige anticiparse, seguir a los paseantes mirándolos de espaldas o detenerse en la suela gastada de un jubilado que lee el diario en un banco de plaza (profunda es su empatía por la fragilidad: trabajadores, niños, ancianos, mendigos).
Sus fotos están vivas, alimentadas, como las lámparas de aceite, por un combustible muy antiguo: la sinceridad fuera de pose. Muchas resumen el barrio y al personaje en un gesto en apariencia trivial: una vecina discutiendo con un policía; un canillita durmiendo entre glamorosas portadas de revistas. El uso de reflejos y claroscuros (sombras, espejos, agua, vidrios y superficies bruñidas) es otro recurso expresivo muy suyo que invita a una forma onírica de nostalgia. Y siempre, la capacidad de “robar” y contar una historia a golpe de vista, con muy pocos elementos (un hombre vestido de ciudad noqueado, tan largo como es, sobre la arena de una playa; el plano detalle de una pareja de espaldas anudando sus manos; un padre quitando ¿un chicle? de la suela de su hijo), la ubica entre los grandes fotógrafos de calle del siglo XX.
Secretos y mentiras
Cada vez más obsesionado por la calidad de las fotos de Maier (“el objetivo es poner a Vivian en los libros de Historia”; “estoy descubriendo a una artista”), John Maloof se abocó a buscar las claves del secretismo que rodeó su obra. ¿Por qué nunca mostró las fotografías que tomaba?
La historia de la pesquisa se narra en Finding Vivian Maier, el documental multipremiado y nominado al Oscar 2015 que codirigió con Charlie Siskel (disponible en Internet, también será proyectado en FoLa, durante la muestra porteña). Una investigación que lo llevó a St. Julien, el pueblito de los Alpes franceses del que Maria, la madre de Vivian, era oriunda, y donde ella y su hija (que ya jamás se quitaría el tono cantarín de los franceses que hablan inglés) vivieron en los años 30 y 40, tras la separación de sus padres.
Recientemente una investigación de Ann Marks (ejecutiva jubilada que se apasionó por la figura de Maier a partir del filme de Maloof) reveló que antes de partir a Francia se instalaron por dos años cerca de Jeanne Bertrand, una amiga de Maria, oriunda también de la región de Champsaur, que ejercía como escultora y fotógrafa en Nueva York (en 1902, incluso, el Boston Globe la había señalado como una de las mejores fotógrafas de Connecticut). A través de ella podría haber llegado la fotografía a la vida de Vivian, quien regresó definitivamente a Nueva York en 1951 (sus primeras fotos, tomadas con una Kodak Brownie, son del 49). Imágenes de 1954 muestran incluso a Bertrand analizando negativos de Maier.
Agil como un thriller, el documental de Maloof es un retrato hablado en 83 minutos que ahonda en la compleja personalidad de Maier, que los años subrayaron con algunos rasgos linderos en la enfermedad mental. Ex empleadores, vecinos y niños (ya adultos) que la conocieron trazan, sin ahorrar sorpresa por el hallazgo de tamaña obra ni zonas oscuras del personaje, el perfil de esa mujer solitaria, casi ermitaña, de vestir anacrónico (sombreros, zapatones militares, abrigos enormes), que vivió con la cámara colgada al cuello, registrando todo y procesando lo que pasaba ante sus ojos a través del objetivo, gracias a la condición de outsider y de cierta invisibilidad que daba su ocupación. Voces que cuentan, por ejemplo, que era tan libre y temperamental como para decirles a sus jefes en 1959: “Me voy a viajar por el mundo y vuelvo en ocho meses”. Itinerario y fotos de ese viaje incluyen Bangkok, India, Tailandia, Egipto, Yemen, toda Sudamérica… Y formarán parte, seguramente, de futuros libros y exposiciones.

Autorretrato con niña. Nueva York, 1953. Maier con su Rolleiflex al cuello, la cámara con la que sacó algunas de sus mejores fotos en los años 50 y 60. ©Vivian Maier/Maloof Collection, Courtesy Howard Greenberg Gallery, New York
Las peculiaridades de Maier se reflejan en otros documentos y testimonios. “Dígame Smith”, contestaba cuando algún desconocido preguntaba por sus señas. Muchos recibos de casas de revelado están hechos a nombre de “V. Smith”. Ann Marks, en su interesantísima investigación Vivian Maier Developed, ahondó en el núcleo familiar desavenido de la fotógrafa para explicar el cono de sombra con que rodeó su vida privada. Descubrió que Maier tuvo un hermano mayor, Charles, muerto en 1977, quien tras la separación de sus padres quedó a cargo de los abuelos paternos. E información que no luciría bien en ningún currículum: “¿Cuántas familias de clase media alta quieren contratar a una niñera con un padre alcohólico y violento, una madre inestable y un hermano adicto a las drogas que tiene un historial de internaciones en instituciones psiquiátricas?”, se pregunta.
Esos datos tienen ecos posibles en la personalidad de Vivian. Los Matthews, una familia de Highland Park con la que comenzó a trabajar en 1962, recuerdan: “Guardaba diarios, pilas de ellos; le gustaba lo extraño, lo grotesco, lo que revelaba la locura de la gente”; “tenía un lado oscuro”; “estaba enojada con el mundo”. Y hay quienes, como Inger Raymond, a la que cuidó entre los 5 y los 11 años, refieren maltratos y golpes. “La recuerdo fotografiando el contenido de un cubo de basura. No pensé que fuera extraña. Alguna vez también se rieron de Picasso, ¿no?”, rebobina en el filme Phil Donahue, famoso presentador de TV que la empleó por un año, a fines de los 70 en Chicago, para que cuidara a sus cuatro hijos.

Chicago. Tomado el 16 de mayo 1957, este retrato es uno de los miles que registró en la ciudad donde vivió por 50 años. ©Vivian Maier/Maloof Collection, Courtesy Howard Greenberg Gallery, New York
Aunque Maier jamás exhibió las fotografías que había sacado, ciertos documentos prueban que sabía de su valía. Una carta al Sr. Simon, dueño de un estudio que había convertido en postales las tomas de Vivian de St. Julien, el pueblo de su madre, muestra que alguna vez había fantaseado con “hacer negocios” con ellas. ¿Por qué entonces se llevó el secreto de su talento a la tumba? Quizá no esté tan lejos de la verdad el fotógrafo Joel Meyerowitz cuando afirma: “El carácter de algunos no les permite mostrar su trabajo, luchar por él. Ella no se defendió como artista. Pero no es alguien secundario en la historia de la fotografía. Sólo miren las fotos”.
Tal vez la cámara era un puente hacia un mundo que le resultaba de alguna manera hostil, un modo de procesar su legítima rareza. “¿Cómo puedes vivir para siempre?”, se le escucha preguntar a los niños que cuidaba entonces, en una de sus películas caseras de 1962, mientras todos recogen frutillas silvestres en un bosque de Chicago. Sus fotos son una respuesta posible. Recordando esos paseos felices, tras la muerte de Vivian Maier, esos chicos esparcieron allí sus cenizas.
FICHA
Vivian Maier (1926-2009), The Street Photographer
Del 16/3 al 11/6 Sala 1, FoLa, Godoy Cruz 2620/2626.
Entrada gral.: $80 (lunes 50%).
https://www.clarin.com/revista-enie/arte/vivian-maier-argentina-ninera-solo-queria-sacar-fotos_0_HyfFgii9g.html
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