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jueves, 11 de julio de 2024

El honesto cartero acusado de ladrón por el Gobierno que fue víctima de uno de los mayores errores judiciales de la historia

 Les quitaron su trabajo, los enjuiciaron y los arruinaron al obligarlos a pagar el dinero de un hurto que no cometieron. La serie 'Mr. Bates contra Correos', ambientada en el Reino Unido, denuncia una injusticia cometida contra 3.500 ciudadanos.

Alan Bates, protagonista de la serie 'Mr Bates contra Correos', emitida por Movistar Plus+. — ITV

Tres meses después del estreno de Mr Bates vs The Post Office, ITV estimaba que la serie había provocado unas pérdidas de un millón de libras, pese a que entre enero y abril de este año había sido vista por casi catorce millones de espectadores. Los responsables de la cadena achacaban el batacazo a que el argumento no era atractivo para el público internacional.

Sin embargo, ¿cómo no podría resultar magnética la lucha de un honesto trabajador contra la gigantesca empresa de correos británica tras ser acusado de robar dinero, despedido y arruinado, con la complicidad del Gobierno y la impericia del sistema judicial? Empeñado en defender su inocencia, Alan Bates no solo investigó por qué no le cuadraban las cuentas de su oficina, sino que también descubrió que había cientos de afectados como él.

Consciente de que era un David que se enfrentaba a Goliat, el heroico trabajador logró reunir a 555 víctimas para plantarle cara de forma colectiva a Post Office, que en vez de reconocer el perjuicio causado a tantas familias decidió enrocarse, llevarlas a los tribunales y negar la mayor: ningún franquiciado había cometido delitos de robo, fraude o falsedad contable, pese a que uno fue encarcelado y otros se declararon culpables solo para evitar ir a prisión.

En realidad, los errores en las cuentas de las oficinas de correos habían sido provocados por Horizon, un sistema de contabilidad informático desarrollado por Fujitsu que fallaba más que una escopeta de feria. Basada en hechos reales, aunque se permite algunas licencias, la serie refleja cómo la subcontrata falseaba los datos contables de sus usuarios para ajustar los errores del software, aunque la marranada provocase que los franquiciados tuviesen que poner dinero de su bolsillo para cubrir el descubierto.

Un déficit que era irreal, producto de un programa informático chapucero, pero que causó un daño muy grave a miles de ciudadanos inocentes, forzados a cerrar sus negocios y abocados a la quiebra para devolver un dinero que nunca habían hurtado, ya que muchos perdieron sus ahorros, algunos sus casas, otros su salud y en cuatro casos la vida: el suicidio como solución drástica para no dejar empeñados a los suyos y evitar las miradas acusadoras de los vecinos, quienes pensaban que el cartero de confianza había sisado pasta y, aún peor, rapiñado parte de la pensión de los jubilados del pueblo.

El actor Toby Jones encarna a Alan Bates en la serie 'Mr. Bates contra Correos'.
El actor Toby Jones encarna a Alan Bates en la serie 'Mr. Bates contra Correos'.  Movistar Plus+

Emitida en España por Movistar Plus+, la miniserie, de cuatro episodios de una hora de duración, está protagonizada por un magnífico Toby Jones, aunque el plantel de secundarios está a su altura: estupendas Monica Dolan y Julie Hesmondhalgh, como también Alex Jennings, Ian Hart, Shaun Dooley, Lesley Nicol o Lia Williams, en la piel de parlamentarios, afectados, auditores, sindicalistas o la propia consejera delegada de Post Office, Paula Vennells, quien prefirió destruir la reputación de las víctimas y hundirlas en la miseria antes que reconocer la culpa y la responsabilidad de su empresa.

Mr. Bates contra Correos, contrariamente a lo que argumentaba el responsable de ITV para justificar el agujero económico de la producción, resulta muy atractiva más allá del Reino Unido por la batalla asimétrica que emprende un ciudadano testarudo contra una gran corporación, pero también por el poder despótico y desalmado que ejerce el Gobierno sobre quien debería proteger, así como por la injusticia manifiesta no solo del Estado, sino de la propia Justicia, que se pone una venda en los ojos y le da la razón a un Goliat vengativo.

Un abuso tan clamoroso que el premier Rishi Sunak llegó a calificarlo como "uno de los mayores errores judiciales de la historia de nuestra nación", aunque el caso también alienta la reflexión respecto a la influencia de las multinacionales sobre las administraciones públicas y permite trasladar esa tropelía a nuestros lares, donde también hemos padecido las decisiones arbitrarias de gobiernos nacionales, autonómicos y locales, subyugados por las grandes empresas y dirigidos por líderes políticos con intereses espurios o, al menos, turbios.

Alan Bates, a quien le cerraron la oficina de correos en 2003, logró que un tribunal le diese la razón dieciséis años después. Junto a él, se beneficiaron los 555 afectados —de un total de 3.500— que integraban la Alianza por la Justicia para los Subjefes de oficinas de correos (JFSA), aunque solo se llevaron las migajas de los casi 58 millones de libras que tuvo que pagar Post Office en concepto de indemnización. Después de tantos años de lucha, el bufete de abogados que se había ofrecido a representarlos gratuitamente se llevaba casi todo el pastel, una minuta millonaria que dejó un regusto amargo en los afectados, quienes pese a haber ganado volvían a ser víctimas por partida doble, en este caso de un gran despacho.

Paradójicamente, los espectadores que en su día ignoraron el caso, destapado gracias a Alan Bates y a la prensa, se muestran ahora espantados ante las perrerías de Post Office y, por extensión, del Gobierno, pues se trata de una empresa pública cuya consejera delegada llegó a ser nombrada por la reina Comendadora de la Orden del Imperio Británico pese —o gracias— a su opaca gestión.

Más de veinte años después, este David cartero todavía sigue peleando con su honda, pues considera que el daño todavía no ha sido reparado. Y a Paula Vennells, quien dejó el cargo en 2019, le acaban de quitar el pomposo título. Aunque es historia, no conviene destripar las entrañas de una entretenida serie que ha soliviantado hasta a los espectadores más sosegados y flemáticos... con dos décadas de retraso.



miércoles, 12 de junio de 2024

Hace 61 años: el mundo en 1963

 

La estudiante universitaria negra Dorothy Bell, de 19 años, de Birmingham, Alabama, espera en un mostrador de almuerzo en el centro de Birmingham un servicio que nunca llegó, el 4 de abril de 1963. Más tarde fue arrestada junto con otras 20 personas por intentar sentarce.

El reverendo Ralph Abernathy, izquierda, y el reverendo Martin Luther King Jr., son retirados por un policía mientras encabezaban una fila de manifestantes hacia la sección comercial de Birmingham, Alabama, el 12 de abril de 1963 .Foto AP


Un manifestante de derechos civiles de 17 años, que desafía una ordenanza contra el desfile en Birmingham, Alabama, es atacado por un perro policía el 3 de mayo de 1963. En la tarde del 4 de mayo de 1963, durante una reunión en la Casa Blanca con Miembros de un grupo político, el presidente Kennedy discutieron esta foto, que había aparecido en la portada del New York Times de ese día.


Una joven negra, empapada por la manguera de un bombero mientras la policía disuelve una marcha contra la segregación, en Birmingham, Alabama, el 8 de mayo de 1963. Al fondo hay un carro antidisturbios de la policía. #Foto AP

Un piquetero frente a una farmacia de Gadsden, Alabama, se gira para responder a un interlocutor durante una manifestación, el 10 de junio de 1963. Alrededor de dos docenas de jóvenes negros protestaron en varias tiendas y dos teatros. No hubo arrestos ni violencia. #Foto AP


El Fiscal General Robert Kennedy utiliza un megáfono para dirigirse a los manifestantes negros en el Departamento de Justicia, el 14 de junio de 1963. Los manifestantes marcharon hacia la Casa Blanca, luego al edificio del distrito y terminaron en el Departamento de Justicia. #Foto AP/stf


El gobernador de Alabama, George Wallace (izquierda), se enfrenta al general Henry Graham, en Tuscaloosa, en la Universidad de Alabama, el 12 de junio de 1963. Wallace bloqueó la inscripción de dos estudiantes afroamericanos, Vivian Malone y James Hood. A pesar de una orden del tribunal federal, el gobernador George Wallace se nombró a sí mismo registrador temporal de la Universidad y se paró en la entrada del edificio administrativo para impedir que los estudiantes se registraran. En respuesta, el presidente Kennedy federalizó la Guardia Nacional de Alabama. Cien guardias escoltaron a los estudiantes hasta el campus y su comandante, el general Henry Graham, ordenó a George Wallace que "se hiciera a un lado". Así quedaron registrados los estudiantes. Kennedy se dirigió al público en un discurso del 11 de junio que aclaró su posición sobre los derechos civiles. El proyecto de ley que presentó al Congreso finalmente fue aprobado como Ley de Derechos Civiles de 1964  APAGADO/AFP/Getty Images

Los dolientes desfilan frente al ataúd abierto del asesinado activista de derechos civiles Medgar Evers en Jackson, Mississippi, el 15 de junio de 1963. El 12 de junio, Evers fue asesinado a tiros afuera de su casa por Byron De La Beckwith, miembro de los Ciudadanos Blancos. Concejo. #Foto AP/stf

Allison Turaj, de 25 años, de Washington, Distrito de Columbia, con sangre corriendo por su mejilla, fue cortada sobre su ojo derecho por una piedra arrojada en una manifestación masiva en un parque de diversiones privado y segregado en el suburbio de Woodlawn en Baltimore, el 7 de julio. 1963. #Foto AP

Robert Fahsenfeldt, propietario de un comedor segregado en la comunidad racialmente tensa de la Costa Este de Cambridge, Maryland, rocía con agua a un integracionista blanco, el 8 de julio de 1963. El integracionista, Edward Dickerson, estaba entre tres manifestantes blancos y ocho afroamericanos que se arrodillaron. en la acera frente al restaurante para cantar canciones de libertad. Un huevo crudo, que Fahsenfeldt había roto momentos antes sobre la cabeza de Dickerson, todavía es visible en la parte posterior de la cabeza de Dickerson. Posteriormente los manifestantes fueron arrestados. #Foto AP/William A. Smith


Los bomberos lanzan sus mangueras con toda su fuerza contra los manifestantes por los derechos civiles en Birmingham, Alabama, el 15 de julio de 1963 .

La señora Gloria Richardson, jefa del Comité de Acción No Violenta de Cambridge, empuja a un lado la bayoneta de un guardia nacional mientras se mueve entre una multitud de afroamericanos para convencerlos de que se dispersen, en Cambridge, Maryland, el 21 de julio de 1963 .Foto AP


La policía de Chicago interviene para derribar una cruz en llamas frente a una casa, después de que una familia afroamericana se mudara a un vecindario que antes era exclusivamente blanco, en la sexta noche consecutiva de disturbios, el 3 de agosto de 1963 .

La estatua de Abraham Lincoln se ilumina durante una manifestación por los derechos civiles, el 28 de agosto de 1963 en Washington, Distrito de Columbia, #Archivo Nacional/Creadores de noticias

Los cantantes folklóricos Joan Baez y Bob Dylan actúan durante una manifestación por los derechos civiles el 28 de agosto de 1963 en Washington DC .

Estudiantes blancos en Birmingham, Alabama, arrastran una efigie afroamericana por la escuela secundaria West End, el 12 de septiembre de 1963. Dos niñas afroamericanas asistieron a la escuela no segregada y la mayoría de los estudiantes blancos se mantenían alejados de clases. La policía detuvo este automóvil en una caravana segregacionista frente a la escuela para advertirles sobre la conducción rápida y tocar las bocinas de los automóviles frente a la escuela. Foto AP


Un trabajador de defensa civil y bomberos caminan entre los escombros de una explosión que sacudió la Iglesia Bautista de la calle 16, matando a cuatro niñas e hiriendo a otras 22, en Birmingham, Alabama, el 15 de septiembre de 1963. La puerta abierta a la derecha es donde se cree que se encuentran las niñas. haber muerto. El horrible ataque reunió el apoyo público a la causa de los derechos civiles. Cuatro hombres, miembros del grupo Ku Klux Klan, fueron los encargados de colocar una caja de dinamita debajo de las escaleras de la iglesia. Finalmente, tres de los cuatro fueron juzgados y condenados. # Foto AP


Tomadas de https://www.theatlantic.com/photo/2013/02/50-years-ago-the-world-in-1963/100460/



“Estados Unidos, Reino Unido y gran parte de Europa son cómplices de este genocidio”

 

Craig Mokhiber durante una entrevista reciente. / Al Jazeera English

Carta íntegra de dimisión de un alto funcionario de la ONU ante la situación en la Franja de Gaza

Craig Mokhiber 2/11/2023

28 de octubre de 2023

 

Volker Turk, Alto Comisionado para los Derechos Humanos

Palais Wilson. Ginebra

 

Estimado Alto Comisionado:

Esta será mi última comunicación con usted como director de la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos en Nueva York.

Le escribo en un momento de gran angustia para el mundo, y también para muchos de nuestros colegas. Una vez más estamos viendo cómo se desarrolla un genocidio ante nuestros ojos, y la Organización para la que trabajamos parece incapaz de detenerlo. Para alguien como yo, que ha investigado los derechos humanos en Palestina desde la década de 1980, que vivió en Gaza como asesor de derechos humanos de la ONU en la década de 1990, y que ha llevado a cabo varias misiones de derechos humanos en el país antes y después, este asunto es profundamente personal.

También trabajé en esta organización durante los genocidios contra los tutsis, los musulmanes bosnios, los yazidíes y los rohingya. En todos los casos, cuando el polvo se asentó sobre los horrores que se habían perpetrado contra poblaciones civiles indefensas, quedó dolorosamente claro que habíamos fracasado en nuestro deber de cumplir los imperativos de prevenir atrocidades masivas, de proteger a los vulnerables y de exigir a los responsables que rindieran cuentas. Y así ha sucedido con las sucesivas oleadas de asesinatos y persecuciones contra los palestinos a lo largo de toda la vida de la ONU.

Alto Comisionado, estamos fracasando de nuevo.

Como abogado de derechos humanos con más de tres décadas de experiencia en este campo, sé bien que el concepto de genocidio ha sido a menudo objeto de abusos políticos. Pero la actual matanza masiva del pueblo palestino, arraigada en un ideología etnonacionalista y colonialista, con décadas de persecución y purga sistemáticas basadas exclusivamente en su condición de árabes, y acompañada de explícitas declaraciones de intenciones por parte de dirigentes del gobierno y el ejército israelíes, no deja lugar a dudas ni a debate. En Gaza, se atacan cruelmente hogares civiles, escuelas, iglesias, mezquitas e instituciones médicas, y se masacra a miles de civiles. En Cisjordania, incluida la Jerusalén ocupada, las viviendas se confiscan y reasignan en función de la raza, y los violentos pogromos de colonos van acompañados por unidades militares israelíes. El apartheid impera en todo el país.

El proyecto colonial y etnonacionalista europeo de los colonos en Palestina ha entrado en su fase final, la destrucción acelerada de los últimos restos de vida nativa

Es un caso de genocidio de manual. El proyecto colonial y etnonacionalista europeo de los colonos en Palestina ha entrado en su fase final, hacia la destrucción acelerada de los últimos restos de vida palestina nativa en Palestina. Es más, los gobiernos de Estados Unidos, el Reino Unido y gran parte de Europa son absolutamente cómplices de este horrible asalto. Estos gobiernos no sólo se niegan a cumplir con sus obligaciones de “garantizar el respeto” a los Convenios de Ginebra, sino que, de hecho, están armando activamente el asalto, proporcionando apoyo económico y de inteligencia, y dando cobertura política y diplomática a las atrocidades de Israel.

Al mismo tiempo, los medios de comunicación corporativos occidentales, cada vez más sometidos y cercanos a los Estados, violan abiertamente el artículo 20 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, deshumanizan continuamente a los palestinos para facilitar el genocidio y difunden propaganda de guerra y apología del odio racial o religioso que constituye incitación a la discriminación, la hostilidad y la violencia. Las empresas de medios de comunicación con sede en Estados Unidos suprimen las voces de los defensores de los derechos humanos mientras amplifican la propaganda proisraelí. Los trolls del lobby israelí y los GONGOS [Organizaciones no gubernamentales patrocinadas por el gobierno] acosan y difaman a los defensores de los derechos humanos, y las universidades y empresas occidentales colaboran con ellos para castigar a quienes se atreven a denunciar las atrocidades. Tras este genocidio, estos actores también deberán rendir cuentas, como ocurrió con la radio Milles Collines en Ruanda.

La exigencia de que nuestra organización actúe con principios y eficacia es mayor que nunca. Pero no hemos estado a la altura

En estas circunstancias, la exigencia de que nuestra organización actúe con principios y eficacia es mayor que nunca. Pero no hemos estado a la altura del desafío. La intransigencia de Estados Unidos ha bloqueado de nuevo la capacidad de protección del Consejo de Seguridad, han atacado al secretario general por manifestar una suave protesta, y nuestros mecanismos de derechos humanos son objeto de ataques calumniosos y continuados por parte de una organizada e impune red online.

Décadas de distracción por las promesas ilusorias y en gran medida falsas de Oslo han desviado a la Organización de su deber fundamental de defender el derecho internacional, los derechos humanos internacionales y la propia Carta. El mantra de la “solución de los dos Estados” se ha convertido en una burla abierta en los pasillos de la ONU, tanto por su absoluta imposibilidad de facto, como por su total incapacidad para tener en cuenta los derechos humanos inalienables del pueblo palestino. El llamado “Cuarteto” se ha convertido en nada más que una hoja de parra para la inacción y la sumisión a un brutal statu quo. La deferencia (guionizada por Estados Unidos) a los “acuerdos entre las propias partes” (en lugar del derecho internacional) fue siempre un transparente truco de magia diseñado para reforzar el poder de Israel sobre los derechos de los palestinos ocupados y desposeídos.

La deferencia (guionizada por Estados Unidos) a los “acuerdos entre las propias partes” (en lugar del derecho internacional) fue siempre un truco de magia para reforzar el poder de Israel

Alto Comisionado, llegué a esta Organización por primera vez en la década de 1980, porque vi en ella una institución basada en principios y normas, que se situaba del lado de los derechos humanos, incluso en aquellos casos en los que los poderosos Estados Unidos, Reino Unido y Europa no estaban de nuestro lado. Mientras mi gobierno, sus instituciones subsidiarias y gran parte de los medios de comunicación estadounidenses seguían apoyando o justificando el apartheid sudafricano, la opresión israelí y los escuadrones de la muerte centroamericanos, la ONU defendía a los pueblos oprimidos de esas tierras. Teníamos el derecho internacional de nuestra parte. Los derechos humanos estaban de nuestra parte. Teníamos los principios de nuestra parte. Nuestra autoridad se basaba en nuestra integridad. Pero ya no.

En las últimas décadas, partes clave de la ONU se han rendido al poder de Estados Unidos y al miedo al lobby israelí, abandonando estos principios y alejándose del propio derecho internacional. Con este abandono, hemos perdido mucho, sobre todo nuestra propia credibilidad mundial. Pero quien ha sufrido las mayores pérdidas, debido a nuestros fracasos, ha sido el pueblo palestino. Es una increíble ironía histórica que la Declaración Universal de los Derechos Humanos se adoptara el mismo año en que se perpetró la Nakba contra el pueblo palestino. Al conmemorar el 75 aniversario de la DUDH, haríamos bien en abandonar el viejo tópico de que la DUDH nació de las atrocidades que la precedieron, y admitir que nació junto a uno de los genocidios más atroces del siglo XX, el de la destrucción de Palestina. En cierto modo, los artífices estaban prometiendo derechos humanos a todo el mundo excepto al pueblo palestino. Y recordemos también que la propia ONU carga con el pecado original de ayudar a facilitar la desposesión del pueblo palestino al ratificar el proyecto colonialista de los ocupantes europeos que se apoderaron de las tierras palestinas y las entregaron a los colonos. Tenemos mucho que expiar.

Pero el camino hacia la expiación está claro. Tenemos mucho que aprender de la postura de principios adoptada en ciudades de todo el mundo en los últimos días, con multitudes levantándose contra el genocidio, aun a riesgo de palizas y detenciones. Los palestinos y sus aliados, defensores de los derechos humanos de todas las tendencias, organizaciones cristianas y musulmanas, y voces judías progresistas que dicen “No en nuestro nombre”, están abriendo camino. Todo lo que tenemos que hacer es seguirlos.

Ayer [27 de octubre], a pocas manzanas de aquí, la estación Grand Central de Nueva York fue tomada por completo por miles de defensores judíos de los derechos humanos que se solidarizaron con el pueblo palestino y exigieron el fin de la tiranía israelí (muchos de ellos se arriesgaron a ser detenidos). Al hacerlo, desmontaron en un instante el argumento propagandístico de la hasbará israelí (y viejo tropo antisemita) de que Israel representa de alguna manera al pueblo judío. No es así. Y, como tal, Israel es el único responsable de sus crímenes. A este respecto, y a pesar de las difamaciones del lobby israelí en sentido contrario, vale la pena repetir que criticar las violaciones de los derechos humanos por parte de Israel no es antisemita, del mismo modo que criticar las violaciones saudíes no es islamófobo, ni criticar las violaciones de Myanmar es antibudista, ni criticar las violaciones indias es antihindú. Cuando intentan silenciarnos con calumnias, debemos alzar nuestra voz, no bajarla. Confío en que estará de acuerdo, Alto Comisionado, en que esto es lo que significa decir la verdad al poder.

Nuestro trabajo es insistir en que los derechos humanos del pueblo palestino no son objeto de debate en ningún lugar bajo la bandera azul

Pero también encuentro esperanza en aquellas partes de la ONU que se niegan a poner en peligro los principios de derechos humanos de la Organización, a pesar  de las enormes presiones para hacerlo. Nuestros relatores especiales independientes, comisiones de investigación y los expertos de los órganos creados en virtud de tratados, junto con la mayor parte de nuestro personal, han seguido defendiendo los derechos humanos del pueblo palestino, incluso cuando otras partes de la ONU (incluso al más alto nivel) han agachado vergonzosamente la cabeza ante el poder. Como custodios de las normas y estándares de Derechos Humanos, la OACDH (Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos) tiene el deber particular de defender esos estándares. Nuestro trabajo, creo, es hacer oír nuestra voz, desde el Secretario General hasta el más novato becario de la ONU, y horizontalmente en todo el sistema de la ONU, insistiendo en que los derechos humanos del pueblo palestino no son objeto de debate, de negociación o renuncia en ningún lugar bajo la bandera azul.

¿Cómo debería ser, pues, una posición basada en las normas de la ONU? ¿Para qué trabajaríamos si fuéramos fieles a nuestras admoniciones retóricas sobre los derechos humanos y la igualdad para todos, la responsabilidad de los autores, la reparación de las víctimas, la protección de los vulnerables y el empoderamiento de los titulares de derechos, todo ello bajo el imperio de la ley? Creo que la respuesta es sencilla, si tenemos la lucidez necesaria para ver más allá de las cortinas de humo propagandísticas que distorsionan la visión de la justicia por la que hemos jurado, el valor para abandonar el miedo y la deferencia hacia los Estados poderosos, y la voluntad de enarbolar verdaderamente el estandarte de los derechos humanos y la paz. Sin duda, se trata de un proyecto a largo plazo y de una cuesta empinada. Pero debemos empezar ahora o rendirnos a un horror indescriptible. Yo veo diez puntos esenciales.

1. Acción legítima. En primer lugar, en la ONU debemos abandonar el fracasado (y en gran medida falso) paradigma de Oslo, su ilusoria solución de dos Estados, su impotente y cómplice Cuarteto y el sometimiento del derecho internacional a los dictados de una presunta conveniencia política. Nuestras posiciones deben basarse sin paliativos en los derechos humanos internacionales y en el derecho internacional.

2. Claridad de visión. Debemos dejar de fingir que se trata simplemente de un conflicto por la tierra o la religión entre dos partes enfrentadas y admitir la realidad de la situación en la que un Estado desproporcionadamente poderoso está colonizando, persiguiendo y desposeyendo a una población indígena sobre la base de su etnia.

3. Un Estado único basado en los derechos humanos. Debemos apoyar el establecimiento de un Estado único, democrático y laico en toda la Palestina Histórica, con igualdad de derechos para cristianos, musulmanes y judíos y, por tanto, el desmantelamiento del proyecto profundamente racista y colonialista de poblamiento y el fin del apartheid en todo el territorio.

4. Lucha contra el apartheid. Debemos redirigir todos los esfuerzos y recursos de la ONU a la lucha contra el apartheid, como hicimos con Sudáfrica en los años setenta, ochenta y principios de los noventa.

5. Retorno e indemnización. Debemos reafirmar e insistir en el derecho al retorno y la plena indemnización de todos los palestinos y sus familias que viven actualmente en los territorios ocupados, en Líbano, Jordania, Siria y en la diáspora en todo el mundo.

6. Verdad y justicia. Debemos exigir un proceso de justicia transicional, haciendo pleno uso de las décadas de investigaciones, pesquisas e informes acumulados de la ONU, para documentar la verdad y garantizar la rendición de cuentas de todos los responsables, la reparación de todas las víctimas y la reparación de las injusticias documentadas.

7. Protección. Debemos presionar para que se despliegue una fuerza de protección de la ONU bien dotada de recursos y con un mandato firme para proteger a los civiles desde el río hasta el mar.

8. Desarme. Debemos abogar por la retirada y destrucción de los enormes arsenales de armas nucleares, químicas y biológicas de Israel, para que el conflicto no conduzca a la destrucción total de la región y, posiblemente, más allá de ella.

9. Mediación. Debemos reconocer que Estados Unidos y otras potencias occidentales no son mediadores creíbles, sino más bien partes reales del conflicto y cómplices de Israel en la violación de los derechos de los palestinos, y debemos relacionarnos con ellos como tales.

10. Solidaridad. Debemos abrir nuestras puertas (y las puertas de la SG) de par en par a las legiones de defensores de los derechos humanos palestinos, israelíes, judíos, musulmanes y cristianos que se solidarizan con el pueblo de Palestina y sus derechos humanos, y detener el flujo irrefrenable de grupos de presión israelíes hacia las oficinas de los líderes de la ONU, donde abogan por la continuación de la guerra, la persecución, el apartheid y la impunidad, y difaman a nuestros defensores de los derechos humanos por su defensa de los derechos palestinos basada en principios.

Tardaremos años en conseguirlo, y las potencias occidentales lucharán contra nosotros en cada paso del camino, por lo que debemos mantenernos firmes. A corto plazo, debemos trabajar por un alto el fuego inmediato y el fin del prolongado asedio a Gaza, oponernos a la limpieza étnica de Gaza, Jerusalén y Cisjordania (y otros lugares), documentar el ataque genocida en Gaza, ayudar a llevar ayuda humanitaria masiva y reconstrucción a los palestinos, cuidar de nuestros colegas traumatizados y sus familias, y luchar como fieras por un enfoque basado en principios en las oficinas políticas de la ONU.

El fracaso de la ONU en Palestina hasta ahora no es motivo para que nos retiremos. Por el contrario, debería infundirnos valor para abandonar el paradigma fracasado del pasado y adoptar plenamente un enfoque basado en principios. Unámonos con valentía y orgullo, como OACDH, al movimiento anti-apartheid que está creciendo en todo el mundo, añadiendo nuestro logotipo a la bandera de la igualdad y los derechos humanos para el pueblo palestino. El mundo nos observa. Todos tendremos que rendir cuentas de nuestra postura en este momento crucial de la historia. Pongámonos del lado de la justicia.

Le doy las gracias, Alto Comisario Volker, por escuchar este último llamamiento desde mi mesa. Dentro de unos días dejaré la Oficina por última vez, tras más de tres décadas de servicio. Pero, por favor, no dude en ponerse en contacto conmigo si puedo serle de ayuda en el futuro.

Atentamente,

 

Craig Mokhiber

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martes, 11 de junio de 2024

EL SUICIDIO DE OCCIDENTE

 


EL SUICIDIO DE OCCIDENTE

En este momento, mientras empiezo a escribir, los vídeos que llegan desde la Franja de Gaza cuentan lo que quizás será la fase final de la impactante masacre con la que el ejército israelí arrasa desde hace 215 días un rincón de tierra superpoblado. Los tanques entraron en Rafah y algunos de los vídeos muestran la entrada israelí desde una perspectiva subjetiva. Por tanto, son los mismos soldados los que están filmando. El más popular entre estos trofeos de guerra muestra la famosa inscripción AMO GAZA, quizás de plástico, ciertamente tridimensional, roja, con el clásico corazón. Se acerca cada vez más a medida que avanza el tanque. Luego las ruedas de orugas se lo tragan. Es un anticipo de lo que será: ruinas y muerte. Una tierra arrasada, sangre enterrada, el número de víctimas incierto.

Evidentemente las historias que aparecen en las redes sociales ya son innumerables y de muchos tipos. Y si tienes corazón, aunque te sorprenderá tener que recurrir a semejante herramienta para encontrar los destellos de verdad negados por los principales medios de comunicación de las democracias occidentales (hoy dedicados a un tipo de información completamente diferente), encontrarás Muchos otros testimonios de la perspectiva israelí. Por ejemplo, las celebraciones sionistas por la decisión final de lanzar el ataque a Rafah, a pesar de haberse alcanzado el acuerdo. Danzas y gritos de júbilo. Tomamos champán, nos reímos. Se celebra la inminente aniquilación.

Pero también hay otra perspectiva, la del pueblo masacrado. Y aquí corremos el riesgo de no tener palabras para repetir lo que hemos visto hasta la saciedad durante siete meses: un edificio derribado, dos niños atrapados entre los escombros, hombres cavando con sus propias manos tratando en vano de salvarlos porque sus rostros ya están grises por el la ceniza que los cubre. Se llamaban Mahmoud y Hamdam, de 8 y 6 años. Otro video muestra el cuerpecito de un niño que tiene dos o tres años y respira por última vez luego del bombardeo a su casa, los esfuerzos del médico son inútiles, lo vemos en vivo. Otro más es un vídeo de denuncia más detallado, fruto de una mano mínimamente experta: sitúa junto a un padre desconsolado con su hijo en brazos y la noticia del día de la Met Gala, similar porque allí también un hombre recoge a alguien. , pero sí se trata de Tyla, quien, incapaz de mover sus piernas acalambradas por el ajustado vestido color arena, es llevada como una estatua.

Estas son sólo cinco de las historias que llegan desde Rafah. Y sobre ellos los ciudadanos del Viejo Continente, y más en general de la democracia occidental, tenemos dos posibilidades: o apagar, desconectar, girar la cabeza hacia otro lado porque el dolor es demasiado y la ira se convierte en frustración; o podemos admitir que es necesaria una mayor reflexión. No sólo porque somos nosotros, todos nosotros, con muy raras e interesantes excepciones, quienes hemos respaldado, apoyado, financiado con dinero y armas, la masacre ahora perpetrada sin interrupción por Israel. Pero también porque somos nosotros, los demócratas occidentales, los que aceptamos, día tras día, que cualquier crítica a esta aterradora deriva sea silenciada, con extrema dureza y extrema violencia. Estamos aceptando la reacción de los gobernantes criticados por sus decisiones sangrientas, que, al margen de cualquier régimen democrático, están preparando el terreno para una especie de nuevo régimen: criticar la masacre y luchar contra ella no es moral ni siquiera jurídicamente aceptable.

Es otra línea roja que en este dramático colapso de época estamos cruzando sin posibilidad de regresar. Y vale la pena reflexionar sobre su alcance. Al menos para ser conscientes de a qué nos enfrentamos.

En pocas palabras. Estos días, en el faro de las democracias representadas por los Estados Unidos de América, se discute una ley según la cual cualquier crítica a Israel será clasificada como antisemitismo. Es un pasaje culturalmente desconcertante. No sólo está establecida por ley una ecuación completamente falsa y engañosa. Pero abre el camino a fenómenos de magnitud inimaginable. Está claro, de hecho, que la crítica contingente de la política contingente de un país no puede en modo alguno equipararse a las ideas, teorías, sentimientos racistas o, más bien, a ese odio contra los judíos que una literatura sin límites ha explorado. en todos los aspectos históricos y metahistóricos. Es obvio para cualquiera que una cosa es odiar a los judíos, otra criticar al sionismo y otra criticar al gobierno de Israel. Un canto fúnebre que hemos cantado hasta el cansancio estos días pero que tal vez sea necesario repetir una vez más. Recuerdo, entonces, que hay muchos judíos antisionistas, que hay grupos de judíos ortodoxos antisionistas, y que, evidentemente, en el propio Israel (cada vez menos democrático de lo que ya era, desde que se cerraron los canales de televisión) , hay muchos judíos que critican al gobierno actual, un gobierno ocupado en gran medida por extremistas y que sólo sobrevive gracias a la llamada guerra. Y en resumen, es claro, indiscutible que una cosa es el antisemitismo, otra cosa es el antisionismo y otra la crítica a la política de Israel.

Sin embargo, así son las cosas. La ley se está discutiendo en el Senado. Lo más probable es que, con ligeras modificaciones, se apruebe. Aunque no lo fuera, en cualquier caso, los hechos que todo el mundo ha oído en los campus y universidades estadounidenses han demostrado en los últimos días que se ha producido una deriva antidemocrática. La lucha en defensa del pueblo palestino ha sido violentamente reprimida. También en este caso los vídeos grabados por los teléfonos del nuevo mundo global ayudaron a hacerse una idea. Profesores de cierta edad tirados al suelo y esposados ​​brutalmente. Niños inmovilizados con pistolas Taser. Cortinas rotas. Y todo ese arsenal de violencia al que nos tiene acostumbrados la policía americana, esta vez utilizada con gente indefensa, sentada o simplemente de pie hablando, contando, explicando. Gente que está luchando –lo recuerdo- contra una masacre. Personas que pacíficamente piden retirar inversiones de un país que hoy está provocando una tragedia de inconmensurables dimensiones.

Pero que dimensiones. Abramos un paréntesis porque creo que es importante explicar con números lo que quizás muchos todavía logran ignorar, suponiendo que no hayan visto al menos una vez los infinitos escombros en los que se encuentra una franja de tierra tan larga como la costa del Lacio que va desde Fregene hasta Santa Marinella donde vivían más de dos millones de seres humanos. Por lo tanto, hasta ayer, 7 de mayo, cuando comencé a escribir este artículo, es decir, en 215 días de masacre (no de guerra, seamos claros), 35.000 seres humanos fueron asesinados con certeza, entre ellos 14.500 niños. Un hecho monstruoso si se piensa que, efectivamente, hay muchísimos cadáveres bajo los escombros. Pero no olvidemos a los heridos, que suman más de 78.000. Herido no significa seguro. Significa –no lo olvidemos– amputados, quemados, discapacitados para siempre y sin ningún acceso a atención médica, dada la destrucción sistemática de hospitales y centros de tratamiento por parte de las tropas israelíes. Por último, el daño que nos preocupa constantemente a los occidentales es incuantificable: el daño psicológico.

No sé si leyendo el número os podéis hacer una idea de la catástrofe que apadrinamos y de la que estamos estableciendo que criticarla y luchar contra ella está fuera de lugar o como mucho es ilegal. Un profesor de física amigo mío, dividido entre Alemania e Italia, especialmente bueno con los números, intentó hacerme entender cosas como ésta: "Les digo que 120.000 muertos y heridos en Roma significarían un muerto o un herido por cada doce familias, dos por cada edificio de Flaminio a Laurentino. Y si se cuentan sólo los niños en edad escolar muertos o heridos, en Roma habría tres por cada clase de los ocho mil niños de primaria y secundaria presentes en la ciudad". En definitiva, una tragedia de proporciones sin precedentes. Ahora bien, es necesario preguntarnos: ¿cómo es posible castigar a quienes luchan contra tal barbarie?

Sí, también se puede decir que son Estados Unidos, los mayores partidarios de Israel, los que vetaron tres veces la petición de alto el fuego en la ONU, los que llenaron y siguen llenando de armas a Israel. Y reprimen las manifestaciones de disidencia a su manera y tienen una tradición muy particular entre las fuerzas policiales. Puedes decir esto. Y en parte tienes razón. De hecho, es un país único, donde por ejemplo en los últimos días, mientras una protesta pacífica era reprimida, la policía nunca intervino para castigar la violencia de los manifestantes pro-israelíes que en algunos casos, desatándose contra los manifestantes, han adoptado rasgos vergonzosos. De hecho, Estados Unidos puede considerarse un caso en sí mismo.

Pero ahora mira lo que pasa con nosotros. Me refiero a Europa. El país protagonista de la deriva antidemocrática hacia el Holocausto que están desatando los israelíes en Gaza es Alemania. Las acciones del país autor del Holocausto de la Shoá son todas muy significativas. Partiendo de la misma violencia de represión que presenciamos en las universidades estadounidenses. Hasta muchas otras medidas absolutamente sin precedentes. Entre ellas, la prohibición de llevar la keffiyeh bajo la Puerta de Brandenburgo me parece paradigmática. Sin embargo, no olvidemos la reunión política internacional de Berlín en la que se invitó a hablar a expertos, periodistas y activistas y que fue denegada durante su desarrollo, casi como si se tratara de un lugar de reunión de terroristas. Un imponente despliegue de fuerzas rodeó los locales que acogieron el Congreso sobre Palestina y luego los vaciaron, después de haber impedido, entre otros, a Yiannis Varoufakis leer su discurso e incluso volver a poner un pie en Alemania. ¿La razón? Las críticas dirigidas contra Israel. Pero las duras medidas alemanas no terminan aquí, equiparando la crítica a la política genocida de Israel con una expresión antisemita. En las escuelas berlinesas de Neukolln se han distribuido folletos (elaborados por la asociación judía Masiyot) que cuentan la historia de Israel, enumerando cinco falsos mitos construidos sobre sus cimientos, incluida la ocupación ilegal de tierras y la Nakba. Se trata de un revisionismo histórico de tan bajo grado, tan insalubre y tan inadecuado en una democracia occidental que nos hace querer preguntarnos realmente hacia dónde vamos.

Preguntémonos entonces. Porque no es que el resto de Europa, fuera de Irlanda y España, esté siguiendo una línea muy diferente. Dejando de lado la cobertura mediática de una catástrofe atroz, siempre minimizada, devaluada, nunca condenada como se haría si los agentes fueran aquellos a quienes consideramos dictadores a combatir, estados canallas y demás, dejando así de lado a una prensa que en su mayor parte su misión ha dejado de hacerlo, y veamos los hechos más significativos. Más allá de los Alpes, vimos cómo al cirujano inglés Ghassan Abu-Sittah se le negó la entrada a Francia, mientras Alemania activaba un procedimiento de prohibición europeo contra él durante un año. ¿Culpa? Habiendo ejercitado en Gaza durante más de cuarenta días: por lo tanto, estar en condiciones de contar el horror, es decir, una voz peligrosa que hay que silenciar. Es un caso ejemplar. El testigo lo negó. El emblema de todos los testimonios no buscados, de los periodistas internacionales no admitidos, de los periodistas palestinos asesinados, de los médicos asesinados, arrestados, torturados y, si logran sobrevivir, expulsados ​​de Europa (no es casualidad que las instituciones de justicia internacional sean en Europa). Por lo demás, las historias de siempre. En los Países Bajos vimos a la policía intervenir contra estudiantes y utilizar una topadora para arrasar un campamento de protesta. Y aquí hemos visto las continuas golpizas durante las manifestaciones contra el genocidio: una violencia represiva a veces tan incongruente que ha provocado la intervención de los más altos funcionarios institucionales. Pero en todas partes, en general, hemos visto los colores oscuros que descienden cada vez más de nuestro Viejo Continente.

Es un punto de inflexión.

Se están traspasando fronteras que nuestras democracias trazaron con gran precisión.

Matar indiscriminadamente a civiles, especialmente a niños, fue la primera línea que rompió esta masacre que -repito de nuevo- todos apoyamos.

Bombardear ambulancias y hospitales fue la segunda línea que nadie habría considerado posible superar.

La información aniquiladora fue la tercera (según fuentes de la ONU, más de 122 periodistas fueron asesinados en estos siete meses de guerra; desde el interior de Gaza, la cobertura mediática es imposible y sólo se acepta para los periodistas que siguen al ejército israelí; Al Jazeera está bajo ataque y ahora está oscurecida). dentro de Israel).

Pero la línea que estamos cruzando ahora y que podría resultar verdaderamente catastrófica pertenece a otra dimensión: la línea de las condiciones mínimas de la democracia, es decir, el respeto a la disidencia, la protección de la crítica, que es la verdadera grandeza secular sagrada de nuestro mundo.

En estos meses horribles, mientras cada mañana hojeaba las imágenes de una tragedia infinita, encontré en dos números la única luz que atravesaba el polvo gris y las nubes de polvo palestino destripado por los tanques. Mientras veía cuerpos destrozados, niños quemados por bombas de fósforo, hombres caminando por lugares desiertos asesinados por francotiradores como bolos, cuerpos transformados en finas láminas por las huellas de los tanques, manos como banderas saliendo de los escombros, mientras veía la celebración y el las burlas de los soldados israelíes, el dolor y el hambre de los palestinos, y luego las filas de camiones llenos de ayuda detenidos en las fronteras y las fiestas musicales de los jóvenes israelíes que bloquean los camiones, a veces los volcan y los saquean, y mientras yo Vi el hambre, las mujeres exhaustas, los niños que lamían la tierra, mientras yo veía todo esto, entonces siempre buscaba esos dos rayos de luz para encontrar una orilla, un futuro, sin frustraciones y por cierto el más mínimo optimismo. La primera luz se abrió a través de los niños y niñas, los alumnos de las escuelas, universidades, institutos, en definitiva, el futuro. Estos niños capaces de indignarse e incapaces de aceptar tanto horror, como parece que los adultos están dispuestos a hacerlo, bueno, puede que sea retórico, pero cada vez que los escuchaba cantar me emocionaba. Me dejaron pensando, entre otras cosas, en otro tipo de luz, esa otra espada que corta la oscuridad, una novedad cultural. De hecho, una cosa me parecía clara: nunca más sería posible equiparar a un ser humano que lucha por la salvación de otros seres humanos y, por tanto, lucha contra Israel y contra cualquier otro país que aplica políticas similares, con un antisemita. Nunca más se utilizará la fácil acusación de antisemitismo para condenar la disidencia hacia Israel. Me pareció realmente pacífico. Me lo repetí casi sonriendo: está tan claro que estos estudiantes no tienen el menor espíritu antisemita que no tiene sentido justificarlos diciendo que hay muchos judíos entre ellos. Imaginemos. Finalmente me pareció un logro claro. Los jóvenes que saben sentir vergüenza y sentir horror también han abierto por fin un camino cultural que nos liberará de esa culpa que todos sentimos y que ha permitido a Israel cometer todo tipo de maldades en su historia.

Bueno, tenía razón. Esa es la verdadera luz.

Esto lo demuestra el hecho de que fue muy aterrador. Y nuestras democracias han decidido apagarlo. A costa de destruirse a sí mismos.

Si ahora miro el vídeo subjetivo del tanque tragándose la inscripción AMO GAZA, surge una nueva impresión. Ese símbolo tan occidental, esos personajes, ese corazón. La oruga que lo aplana. ¿No podría ser éste el suicidio final de Occidente?