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jueves, 13 de junio de 2024

Quiero perderme por falta de caminos, César Vallejo

 


Quiero perderme por falta de caminos. Siento el ansia de perderme definitivamente, no ya en el mundo ni en la moral, sino en la vida y por obra de la vida. Odio las calles y los senderos que no permiten perderse. La ciudad y el campo son así. No es posible en ellos la pérdida, que no la perdición, de un espíritu. En el campo y en la ciudad se está demasiado asistido de rutas, flechas y señales para poder perderse. Uno está allí indefectiblemente situado. Al revés de lo que le ocurrió a Wilde, la mañana que iba a morir en París, a mí me ocurre en la ciudad amanecer siempre rodeado de todo, del peine, de la pastilla de jabón, de todo. Amanezco en el mundo y con el mundo, en mí mismo y conmigo mismo. Llamo e inevitablemente me contestan y se oye mi llamada. Salgo a la calle y hay calle. Me echo a pensar y hay pensamiento. Esto es desesperante.

César Vallejo
Carnets
Editorial: Interzona

Foto: El poeta César Vallejo en Niza – 1929
(Archivo de la Biblioteca Nacional del Perú)

lunes, 25 de septiembre de 2017

Eugenio Montale Huesos de sepia (Ossi di seppia, 1925) Poeta premio Nobel italiano

Eugenio Montale

Eugenio Montale 

Poeta, crítico literario y premio Nobel italiano
Nació el 12 de octubre de 1896 en Génova.
En 1917 se incorpora a filas y conoce allí a Sergio Solmi, y en 1919 a Camilo Sbarbaro. Luchó en la I Guerra Mundial.

En 1925 firma el Manifiesto de los intelectuales antifascistas promovido por Giovanni Amendolay redactado por Benedetto Croce. Tras trabajar en una revista y en una editorial, en el año 1928 fue director de la biblioteca del Gabinete Vieusseux en Florencia, trabajo que abandonó en 1938 a causa de sus convicciones antifascistas.

Durante diez años fue traductor al italiano de autores ingleses y norteamericanos y en 1948, se inició como crítico literario y musical para el Corriere de lla Sera, de Milán. Editó cinco libros de poemas, entre los que destaca Huesos de sepia (1925), Las ocasiones (1939) y El vendaval y otras cosas (1956), todos ellos reeditados en un solo volumen, Poesie, en (1958). En 1966 publica Auto da fe y es nombrado Senador vitalicio por Giuseppe Saragat, presidente de la República Italiana.

En 1971 aparece Satura y en 1973 Diario del 71 y 72. En 1974 recibe el doctorado honoris causa de la Facultad de Letras de la Universidad de Roma. En el 1975 recibe el Premio Nobel.

Eugenio Montale falleció en Milán el 12 de septiembre de 1981. Fue sepultado junto a su mujer en el cementerio de San Felice en Ema, Flore.
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Eugenio Montale 
In Limine 

Goza si el viento que entra en el pomar 
trae de nuevo la oleada de la vida: 
aquí donde se hunde un muerto 
amasijo de recuerdos, 
huerto no hay, sino relicario.

El aleteo que sientes no es un vuelo, 
sino el conmoverse del eterno regazo; 
mira como se transforma este rincón 
de tierra solitario en un crisol.

Ira en esta parte del escarpado muro. 
Si avanzas penetras 
quizá en la pesadilla que te salva: 
se componen aquí las historias, los actos 
borrados por el juego del futuro.

Busca una malla rota en la red 
que nos estrecha, ¡salta fuera, huye! 
Vete, por ti lo he deseado,?ahora mi sed 
será más leve, menos acre la herrumbre...



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"En su primera colección de poemas, Huesos de sepia (1925), casi todos ambientados en los paisajes y escenarios en los que pasó su infancia, expuso ya los temas más característicos de su poética: un sentimiento de cansancio y de soledad, una angustiosa desconfianza en la vida y la conciencia de la inutilidad de cualquier lucha, que, sin embargo, no le empujaban a la autocompasión, a una actitud resignada o al abandono de la esperanza. A través de endecasílabos fragmentados, en un casi sinfónico empleo del verso libre, expresó el "mal de vivir": la irremediable derrota del hombre, que se halla prisionero en el mundo."

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Huesos de sepia
(Ossi di seppia, 1925)
No nos pidas la palabra
No nos pidas la palabra que de par en par exhiba
nuestro ánimo informe y con letra de fuego
lo declare y resplandezca como una amarilla
flor perdida en un terreno polvoriento.

Ah, el hombre que camina sin recelo,
amigo de los otros y de sí mismo y no se cuida
de su sombra que en el punto extremo
del calor se imprime sobre un desconchado muro.

No nos pidas la fórmula que mundos pueda abrirte,
sí alguna sílaba torcida y seca como una rama.
Sólo esto podemos hoy decirte:
lo que no somos, lo que no queremos.


In Limine
Goza si el viento que entra en el pomar
trae de nuevo la oleada de la vida:
aquí donde se hunde un muerto
amasijo de recuerdos,
huerto no hay, sino relicario.

El aleteo que sientes no es un vuelo,
sino el conmoverse del eterno regazo;
mira como se transforma este rincón
de tierra solitario en un crisol.

Ira en esta parte del escarpado muro.
Si avanzas penetras
quizá en la pesadilla que te salva:
se componen aquí las historias, los actos
borrados por el juego del futuro.

Busca una malla rota en la red
que nos estrecha, ¡salta fuera, huye!
Vete, por ti lo he deseado,—ahora mi sed
será más leve, menos acre la herrumbre...


Los limones
Escúchame, los poetas laureados
se mueven solamente entre plantas
de nombres poco usados: bojes ligustros o acantos.
Yo prefiero los caminos que desembocan en los herbazales
zanjas donde en charcos
medio secos agarran los muchachos
alguna extenuada anguila:
los senderos que siguen los ribazos,
descienden entre los penachos de las cañas
y penetran en los huertos, entre los árboles de los limones.

Mejor si la algazara de los pájaros
se apaga engullida por el azul:
más claro se oye el susurro
de las ramas amigas en el aire que casi no se mueve,
y las impresiones de este olor
que no sabe desatarse de la tierra
y llueve en el pecho una dulzura inquieta.
Aquí las diversas pasiones
de la guerra por milagro callan,
aquí también a nosotros pobres nos toca nuestra parte de riqueza
y es el olor de los limones.

Mira, en estos silencios en los cuales las cosas
se abandonan y parecen dispuestas
a traicionar su último secreto,
a veces se espera
descubrir un error de la Naturaleza,
el punto muerto del mundo, el anillo que no aguanta,
el hilo desenredado que finalmente nos coloque
en medio de una verdad.
La mirada escudriña alrededor,
la mente indaga acuerda desune
en el perfume que inunda
cuando más languidece el día.
Son los silencios en los que se ve
en cada sombra humana que se aleja
alguna turbada Divinidad.

Pero falta la ilusión y nos alcanza el tiempo
en las ciudades rumorosas donde el azul se muestra
sólo a pedazos, en lo alto, entre los cimacios.
La lluvia fatiga la tierra, después; se agolpa
el tedio del invierno sobre las casas,
la luz se vuelve avara—amarga el alma.
Cuando un día por un mal cerrado portal
entre los árboles de un patio
aparece el amarillo de los limones;
y el hielo del corazón se derrite,
y en el pecho bullen
sus canciones
las trompetas de oro de la solidaridad.


Casi una fantasía
Amanece de nuevo, lo presiento
por el albor de vieja
plata en las paredes:
las ventanas cerradas se vetean de un tenue resplandor.
Vuelve el advenimiento
del sol pero sin las difusas
voces, los acostumbrados estrépitos.

Por qué? Pienso en un día encantado
y de las justas de horas demasiado iguales
me resarzo. Desbordará la fuerza
que me inflamaba, inconsciente mago,
desde largo tiempo. Ahora me asomaré,
destruiré altas casas, despojos viales.

Tendré ante mí un lugar de limpia nieve
mas tan ligero como el paisaje de un tapiz.
Resbalará un destello lento entre el algodón del cielo.
Selvas y colinas llenas de invisible luz
me harán el elogio de los festivos retornos.

Alegre leeré sobre el blanco
los negros signos de las ramas
como un esencial alfabeto.
Todo el pasado de repente
aparecerá delante.
No turbará sonido alguno
esta alegría solitaria.
Cruzará el aire
posándose sobre una estaca
algún gallito de Marzo.[1]


[1] algún gallito de Marzo: Nombre familiar de varias especies de insectos, libélulas principalmente.

Sarcófagos
Dónde van las rizadas doncellas
que llevan las colmadas ánforas sobre los hombros
y tienen el firme paso tan ligero;
espera en vano a las bellas
a las que sombrea una pérgola de viña
y los racimos penden oscilando.
El sol está en lo alto,
las confusas laderas
no tienen color: en el blando
momento la naturaleza fulminada
da expresión a sus felices
criaturas, madre no madrastra,
en inconstancia de formas.
Mundo que duerme o mundo que se gloria
de su inmutable existencia, ¿quién lo puede decir?,
hombre que pasa, y tú dale
el mejor ramito de tu huerto.
Después sigue: en este valle
no caben oscuridad y luz.
Tu camino te conduce lejos de aquí,
para ti no hay asilo, estás demasiado muerto:
sigue el viaje de tus estrellas.
Y por lo tanto adiós, rizada infancia,
lleva las colmadas ánforas sobre los hombros.

Ahora sea tu paso
más cauto: a un tiro de piedra
de acá se te prepara
una escena más rara.
La puerta corroída de un pequeño templo
está cerrada para siempre.
Una gran luz se difunde
sobre el herboso umbral.
Y aqui donde no sonarán
humanas pisadas ni ficticio dolor,
vigila tendido en el suelo un magro can.
Nunca jamás se moverá
en esta hora que se adivina sofocante.
Sobre el tejado se asoma
una grandiosa nube.

El fuego que chisporrotea
en la chimenea reverdece
y un aire sombrío gravita
sobre un mundo indeciso. Un viejo cansado
duerme junto a un morillo
el sueño del abandonado.
En esta luz abisal
que parece de bronce, ¡no te despiertes,
durmiente! Y tú caminante
avanza despacio; mas primero
añade una rama a la llama
del hogar y una piña
madura a la cesta arrojada
en el rincón: caen a tierra
las provisiones reservadas
para el viaje.

Mas dónde buscar la tumba
del amigo fiel y del amante;
aquella del mendigo y del muchacho;
dónde encontrar un asilo
para esos que reciben el ascua
de la original llamarada;
¡sea marcada la urna
por un signo de paz leve como un juego!
Deja la taciturna masa de piedra
por las desamparadas lastras
que a veces tienen grabado
el símbolo que más conmueve
ya que el llanto y la risa
igualmente brotan, gemelos.
Lo mira el triste artesano que al trabajo se dirige
y ya le golpea en el pulso una voluntad ciega.
Para ellas busca un adorno primordial
que sepa por el recuerdo que anticipa
llevar el alma ruda
por caminos de dulces exilios:
una insignificancia, un girasol que se abre
y alrededor una danza de conejos...


a K
Rememoro tu sonrisa, y es para mí como el agua límpida
hallada al azar en la pedrera de un arenal,
exiguo espejo en el que mira una hiedra sus corimbos;
y encima el abrazo de un tranquilo cielo blanco.

Ese es mi recuerdo; no sabria decir, en la distancia,
si en tu rostro se expresa libre un alma ingenua,
o si verdaderamente eres un fugitivo que el mal del mundo extenúa
llevando su sufrir consigo como un talismán.

Mas esto puedo decirte, que tu imaginada efigie
sumerge mis caprichosas inquietudes en una oleada de calma,
y que tu semblante se insinúa en mi gris memoria
sencillo como la copa de una joven palmera...




Tráeme el girasol para que yo lo transplante
a mi tierra quemada por la sal,
y muestre todo el día a los azules reverberantes
del cielo la ansiedad de su rostro amarillento.

Tienden a la claridad las cosas oscuras,
se consumen los cuerpos en un fluir
de colores: éstos en músicas. Desvanecerse
es pues la ventura de las venturas.

Tráeme la planta que conduce
donde surgen rubias transparencias
y evapora la vida cual esencia;
tráeme el girasol enloquecido de luz.


Siroco
Oh iracundo soplar de siroco
que el reseco terreno verdeamarillo
quemas;
y por el cielo lleno
de lívidas luces
cruza algún copo
de nube, y se pierde.
Perplejas horas, estremecimientos
de una vida que huye
como agua entre los dedos;
inasibles sucesos,
luces—sombras, emociones
de las delicadas cosas de la tierra;
oh áridas alas del aire
ahora soy yo
la agave que arraiga en la grieta
del escollo
y rehúye el mar de los brazos de algas
que abre anchas gargantas y agarra rocas;
y en la agitación
de mi ser, con mis cerrados capullos
que ya no pueden estallar hoy sufro
el tormento de mi inmovilidad.


Maestral [2]

Se ha rehecho la calma
en el aire: la mar picada parlotea entre los escollos.
En la aquietada costa, en las huertas, apenas bambolean
las palmas.

Una caricia deslustra
la línea del mar y la trastorna
un instante, soplo leve que allí se estrella y aun
el camino alcanza.

Fulge en la claridad
la vasta extensión, se encrespa, pronto se allana dichosa
y refleja en su vasto corazón esa mi pobre
vida turbada.

¡Oh tronco mío que muestras,
en esta lenta embriaguez,
un renacido aspecto con los floridos vástagos
sobre tus manos, mira:

bajo el denso azul
del cielo un ave marina vuela;
nunca descansa: porque todas las imágenes llevan escrito:
«más allá»!


[2] Maestral: Viento maestral.

Égloga
Perderse en el gris undoso
de mis olivos era bueno
en el tiempo ido—locuaces
de alborotadores pájaros
y de cantantes arroyos.
Hundía el tacón
en el suelo agrietado,
entre las laminillas de plata
de las delicadas hojas. Inconexos
nacían en la mente los pensamientos
en el aire de excesiva quietud.

 Nada queda ahora del cerúleo jaspeado.
Se lanza el pino doméstico
a romper la grisura;
arde un retazo de cielo
en lo alto, una telaraña
se rasga al pasar: se libera
entorno una hora malograda.
Surge un chirrido de tren,
no lejos, aumenta. Un disparo
se quiebra en el vidrioso éter.
Resuena un vuelo[3] como un aguacero,
ventea y se desvanece quemado
un brazado de tu amarga
corteza, suplicante: lejana
una jauría furibunda estalla.

 Pronto podrá renacer el idilio.
Se ha recompuesto la fase que del cielo
depende, brotan de nuevo
ligeras cintas...;
                        las cañas del judiar
están envueltas por ellas.
No sirven ya las rápidas alas,
ni ayuda el propósito osado;
sólo perduran las solemnes cigarras
en estas saturnales de la canícula.
Va y viene un instante en la tiniebla
una figura de mujer.
Ha desaparecido, no era una Bacante.
En el atardecer cornea la luna.
Volvíamos de nuestros
vagabundeos infructuosos.
No se notaba ya en la faz
del mundo el rastro
del largo frenesí
de la tarde. Turbados
descendíamos entre las zarzas.
En mi tierra en esa hora
comienzan a silbar las liebres.


[3] resuena un vuelo: Un vuelo de aves.


Cerro
Viene un sonido de bocinas
del ribazo escarpado,
desciende hacia el mar
que tremola y se abre para acogerlo.
Se hunde en la ventosa garganta
con las sombras la palabra
que la tierra disuelve sobre los rompientes;
se olvida el mundo y puede renacer.
Con las barcas del alba
despliega la luz sus grandes velas
y la esperanza halla cobijo en el corazón.
Pero ahora está lejos la mañana,
huye el claror y se concentra
sobre eminencias y frondas,
y todo es más recogido y más cercano
como visto a través de un ojo de aguja;
ahora el fin es seguro,
y si calla también el viento
sientes la lima que sierra
perseverante la cadena que nos ata.

Como un musical derrumbe
se despeña el sonido, se aleja.
Con ello se dispersan las acogedoras
voces de las secas
volutas de las grietas;
el gemido de los declives,
allá entre las vides que los lazos
de las raíces estrechan.
El cerro no tiene más caminos,
las manos se aferran al ramaje
de los pinos enanos; después tiembla
y mengua el resplandor del día;
y desciende un orden que libera
desde los confines
las cosas que ahora ya
sólo piden durar, persistir
contentas de la fatiga infinita;
un chorro de pedrisco que desde el cielo
se abisma en las orillas...

En la tarde apenas desplegada, se oye
un alarido de cuernos, una destrucción.


Crisálida
El árbol verdinegro
se estría de amarillo tierno y se encostra.
Vibra en el aire una piedad por las ávidas
raíces, por la hinchada corteza.
Vuestros son estos tallos
cortos que se renuevan
en el hálito de abril, húmedos y alegres.
Para mí que os contemplo desde esta sombra,
otro brote reverdece, y sois vos.

Cada instante os aporta nuevas hojas
y su estremecimiento acrecienta cualquier otra
alegría fugaz; viene en impetuosas ondas
la vida a este extremo recodo de huerto.
Ahora cae vuestra mirada sobre las glebas;
una resaca de pasado alcanza
a vuestro corazón y casi lo sumerge.
Lejos resuena un grito: de golpe el tiempo
acelera, desaparece con remolinos rápidos
entre los guijarros, se apaga todo recuerdo; y yo
desde mi oscuro rincón me uno
a ese solar advenimiento.

No pensáis lo que entonces, como hoy,
os atraía el silencioso compañero
que un mediodía lejano os llevaba.
Sois mi presa, que me of recéis
una breve hora de temblor humano.
No querría perder siquiera un instante:
es esta mi parte, cualquier otra es vana.
Mi riqueza es esta agitación
que os traspasa y hacia arriba
os vuelve el rostro; este lento
giro de los ojos que ahora ya saben ver.

Así la certeza de un momento
es un ondear de toldos y de árboles
entre las casas; pero la sombra no abandona
y os reclama, opaca. Apareced
entonces, como yo, en el limbo escuálido
de las defectuosas existencias, y también vuestro
renacimiento será un secreto estéril,
un prodigio fallido como todos
los que florecen en torno.

Y la ola que se descubre más allá de las barras[4]
cuánto nos habla a veces de salvación;
cuán ágil puede surgir
la ilusión, y desprender sus humos.
Van en espiral sobre el mar, ahora se funden
sobre el horizonte a manera de goletas.
Inicia una de ellas un vuelo sin rumbo,
el agua de plomo como alción prófugo
roza. El sol se sumerge en las nubes,
la hora de fiebre, tiembla, se cierra.
Un glorioso anhelo sin estrépitos
nos golpea en la garganta: en el mediodía sofocante
aparece la barca de salvamento, está cerca:
vedla aquí agitarse entre las varadas[5],
larga uno de sus botes que vuelve
al dócil rompiente —y allá nos espera.

¡Ah crisálida, cuán amarga es esta
tortura sin nombre que nos gobierna
y nos lleva lejos —y después no quedan
siquiera nuestras huellas sobre el polvo;
y seguiremos adelante sin mover
una sola piedra de la gran muralla;
y quizá todo es invariable, todo está escrito,
y no veremos surgir por tanto
la libertad, el milagro,
el hecho que no era necesario!

En la onda y en el azul no hay estela.
Ha variado el aspecto de la orilla
antes recogida como un dulce regazo.
El silencio nos encierra con su orla
y los labios no se abren para decir
el pacto que yo quisiera
establecer con el destino: expiar
vuestra alegría con mi condena.

Es el deseo que nace aún en mi pecho,
luego acabará todo movimiento. Pienso entonces
en las tácitas ofertas que sostienen
las casas de los vivientes; en el corazón que abdica
para que ría un inconsciente niño;
en el limpio filo que corta, en la pira
muriente que se aviva
con una seca rama, y hierve temblorosa.


[4] más allá de las barras: Se refiere a las barras de arena que se forman en las aguas.

[5] entre las varadas: Las varadas (embarcaciones)


Riberas
Riberas,
bastan algunos tallos de espadaña
péndulos de un ribazo
sobre el delirio del mar;
o dos camelias pálidas
en los jardines desiertos,
y un rojizo eucalipto que se bañe
entre susurros y locos vuelos
en la luz;
y he aquí que en un instante
invisibles hilos a mí me apresan,
mariposa en tela de araña
temblores de olivo, miradas de girasoles.

Dulce cautividad, hoy, riberas
de quien se entrega casi
a revivir un antiguo juego
nunca olvidado.
Rememoro el acre filtro que ofrecisteis
al confuso adolescente, oh playas:
en las claras mañanas se fundían
dorsos de colinas y cielo; en la arena
de las orillas un amplio batir, uniforme
estremecerse de vidas
una fiebre del mundo; y cada cosa
en sí misma parecía consumarse.

Oh alboroto de aquel tiempo
como el hueso de sepia en las olas
desvanecerse poco a poco;
volverse
un árbol rugoso o una piedra
limada por la mar; fundirse
en los colores de los ocasos; desaparecer carne
para surgir naciente ebria de sol,
por el sol devorada...
                                    Eran éstos,
riberas, los votos del muchacho antiguo
que junto a una roída balaustrada
lentamente moría sonriendo.

Cuánto, mares, estas frías luces
hablan a quien afligido os huía.
Láminas de agua mostrando entre aberturas
frágiles ramajes; rocas oscuras
entre espuma; flechas de vencejos
vagabundos . . .
                        ¡Ah, podía
creeros un día oh tierras,
bellezas funerarias, áureas cornisas
en la agonía de cada ser.
                                        Hoy vuelvo
a vosotras más fuerte, o así lo creo, aunque el corazón
parece desatarse en recuerdos alegres—y atroces.

Triste alma cansada
y tú voluntad nueva que me llamas,
es tiempo quizá de uniros
en un tranquilo puerto de sabiduría.
Y aun llegará un día el convite
de voces de oro, de lisonjas audaces,
alma mía no más dividida. Piensa:
trocar en himno la elegía; rehacerse,
no desfallecer más.
                                Poder
igual que estas ramas
ayer secas y desnudas y hoy llenas
de estremecimientos y linfa,
sentir
mañana también nosotros entre los perfumes y los vientos
un refluir de sueños, un loco urgir
de voces hacia un fin; y en el sol
que os inviste, riberas,
reflorecer!

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Obra

  • Ossi di seppia (Huesos de sepia, 1925)
  • Le occasioni (Las ocasiones, 1939)
  • Finisterre (1943)
  • Quaderno di traduzioni (1948)
  • La bufera e altro (El vendaval y otras cosas, 1956)
  • Farfalla di Dinard (Mariposa de Dinard, 1956)
  • Xenia (1966)
  • Auto da fè (1966)
  • Fuori di casa (Fuera de casa, 1969)
  • Satura (1971)
  • Diario del '71 y del '72 (1973)
  • Sulla poesia (Sobre la poesía, 1976)
  • Quaderno di quattro anni (Cuaderno de cuatro años, 1977)
  • Altri versi (1980)
  • Diario póstumo (1996).

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Montale. Poesía completa

Eugenio Montale

Ed. Bilingöe de Fabio Morabito. Círculo de Lectores /Galaxia Gutenberg. 1113 páginas
CLARA JANÉS | 11/01/2007 |  


Eugenio Montale. Foto: Archivo
“Un poeta no debe renunciar a la vida. Es la vida la que se encarga de escaparle”, escribió Montale y, por ello, observó la vida en sus mínimas manifestaciones. Y es precisamente esto lo que conlleva el adentrarse en toda su producción poética, reunida ahora por primera vez en nuestra lengua. Nos hallamos ante la creación de un lírico capaz de confesar también que la escritura nace de una crisis individual y, a la vez, de un compromiso con el momento histórico. El cruce de hombre e historia se produce en la intersección de las coordenadas espacio-tiempo. Montale nació en Génova en 1896 y murió en Milán en 1981. Sus versos, pues, recorren casi un siglo y aglutinan un paisaje italiano, mediterráneo, donde se impone el mar azotado por el viento y el paisaje de sus inmediaciones, con sus pinos, sus pitas y su vegetación rocosa.

En la primera década del siglo XX, en Italia, dominaban todavía los poetas de transición llamados crepusculares: Carducci, Páscoli y d’Annunzio; pero ya en 1909 la ruptura futurista abrió las puertas a un nuevo dinamismo que, entre 1930 y 1940, dando un giro, hizo prender la llama del hermetismo, que intensificaba el valor de la palabra pura y, a la vez, su carácter sugerente y desvelador de los distintos niveles de percepción. Montale, junto a Ungaretti y Quasimodo, perteneció a este grupo, si bien, por su espíritu, no se hallaba lejos de aquellos crepusculares.

En 1925 publicó su primer libro, Huesos de sepia, y el mismo año firmaba el manifiesto antifascista escrito por Benedetto Croce. Dos años después pasaba a vivir a Florencia donde frecuentó la tertulia literaria y políticamente avanzada del Café Rosse y formó parte del grupo “Solaria”, una revista abierta a Europa y opuesta a la tradición. Expulsado de su puesto de trabajo por sus ideas, se dedicó a traducir a Shakespeare, Cervantes y Bécquer, entre otros, trasladándose luego a Milán donde colaboró en el “Corriere della sera”. En 1939 publicó su segundo libro, Las ocasiones, al que siguieron La tormenta y algo más (1940- 1954), Satura (1962), el libro de ensayo Fuera de casa (1969), Diario del 71 y del 72 y Cuaderno de cuatro años (1973-1977). En 1975 se le concedió el Premio Nobel.

La poesía de Montale se caracteriza por la apertura, pero no se trata de una apertura del estilo, sino del pensamiento. No hay sistema filosófico que lo encorsete, atrapa cada instante con la precisión de la fugacidad, y por ello sólo se siente capaz de expresar “lo que no somos, lo que no queremos”. Su fundamental conciencia de la inseguridad le impide tener un objetivo preestablecido, que se traduce en el poema al iniciarse éste con una orientación que, de pronto, se pierde. Bellamente expresa este sentimiento en los versos: “Mi vida, no te pido rasgos fijos”.

Esta vida observada por el poeta, anclada en el espacio, abarca también objetos y animales que aparecen ya en sus primeros poemas y ocupan cada vez un lugar más importante: “No el grillo, sino el gato del hogar/ ahora te guía”. Montale escribió en su día que “Un fruto debe contener sus motivos sin revelarlos”. Del mismo modo, el poema “debe expresar el objeto y callar la ocasión que lo impulsó”, lo que en la práctica comporta un ocultamiento, así, a los ojos del lector, adquiere cierto carácter de adivinanza. “Lo importante es que el traspaso de lo verdadero a lo simbólico o viceversa ocurre en mí inconscientemente. Mi punto de partida es siempre la verdad, no sé inventar nada. El dato realista está siempre presente, es siempre verdadero”.

Montale es un poeta reflexivo que no cede a modas. Si a veces resulta hermético nunca es debido a un enmascaramiento: dice lo que tiene que decir escuetamente. “Hicimos todo lo posible/ para empeorar el mundo”, leemos en Cuaderno de cuatro años. Y en los ensayos de En nuestro tiempo, estas palabras: “El tema de la poesía […] es el tema de la condición humana considerada en sí, no éste o aquél acontecimiento histórico. Ello no significa alienarse de cuanto ocurre en el mundo: significa sólo conciencia, y voluntad, de no confundir lo esencial con lo transitorio”. 

http://www.elcultural.com/revista/letras/Montale-Poesia-completa/19505

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miércoles, 20 de septiembre de 2017

Antonio Machado Poesías y biografía



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Machado, Antonio - Poesias Completas - somoslxspiratas



Antonio Machado

(Sevilla, 1875 - Collioure, 1939) Poeta español. Aunque influido por el modernismo y el simbolismo, su obra es expresión lírica del ideario de la Generación del 98. Hijo del folclorista Antonio Machado y Álvarez y hermano menor del también poeta Manuel Machado, pasó su infancia en Sevilla y en 1883 se instaló con su familia en Madrid.

Antonio Machado
Se formó en la Institución Libre de Enseñanza y en otros institutos madrileños. En 1899, durante un primer viaje a París, trabajó en la editorial Garnier, y posteriormente regresó a la capital francesa, donde entabló amistad con Rubén Darío. De vuelta a España frecuentó los ambientes literarios, donde conoció a Juan Ramón JiménezRamón del Valle-Inclán y Miguel de Unamuno.
En 1907 obtuvo la cátedra de francés en el instituto de Soria, cuidad en la que dos años después contrajo matrimonio con Leonor Izquierdo. En 1910 le fue concedida una pensión para estudiar filología en París durante un año, estancia que aprovechó para asistir a los cursos de filosofía de Henri Bergson y Joseph Bédier en el College de France. Tras la muerte de su esposa en 1912, pasó al instituto de Baeza.
Doctorado en filosofía y letras (1918), desempeñó luego su cátedra en Segovia, y en 1928 fue elegido miembro de la Real Academia Española. Al comenzar la Guerra Civil Española (1936-1939) se encontraba en Madrid, desde donde se trasladó con su madre y otros familiares al pueblo valenciano de Rocafort y luego a Barcelona. En enero de 1939 emprendió camino al exilio, pero la muerte lo sorprendió en el pueblecito francés de Colliure.
La obra de Antonio Machado
Los textos iniciales de Machado, comentarios de sucesos y crónicas costumbristas escritos en colaboración con su hermano y firmados con el seudónimo Tablante de Ricamonte, aparecieron en La Caricatura en 1893. Sus primeros poemas se publicaron en ElectraHelios y otras revistas modernistas, movimiento con el que Machado se sentía identificado cuando comenzó su labor literaria.

Antonio Machado
No obstante, aunque las composiciones incluidas en Soledades (1903) revelaron la influencia del modernismo, el autor se distanció de la imaginería decorativa de la escuela rubeniana para profundizar en la expresión de emociones auténticas, a menudo plasmadas a través de un sobrio simbolismo. En su siguiente libro, Soledades, galerías y otros poemas (1907), reedición y ampliación del anterior, se hizo más evidente el tono melancólico e intimista, el uso del humor como elemento distanciador y, sobre todo, la intención de captar la fluidez del tiempo.
Al igual que Unamuno, Antonio Machado consideró que su misión era "eternizar lo momentáneo", capturar la "onda fugitiva" y transformar el poema en "palabra en el tiempo". En los años posteriores se acentuó su meditación sobre lo pasajero y lo eterno en Campos de Castilla (1912), pero no por medio de la autocontemplación, sino dirigiendo la mirada hacia el exterior, y observó con ojos despiertos el paisaje castellano y los hombres que lo habitaban. Una emoción austera y grave recorre los poemas de este libro, que evoca la trágica España negra tan criticada por la Generación del 98 desde una perspectiva regeneracionista, al tiempo que se describe con hondo patriotismo la decadencia y ruina de las viejas ciudades castellanas.

Autógrafo de Antonio Machado
En su siguiente volumen de poemas, Nuevas canciones (1924), el autor intensificó tanto su enfoque reflexivo como la línea sentenciosa de los "Proverbios y cantares" incluidos en el libro anterior. Esta tendencia filosófica se había manifestado ya entre 1912 y 1925, etapa en la que Machado redactó una serie de apuntes que verían la luz póstumamente con el título de Los complementarios (1971).
En este cuaderno, miscelánea de lecturas, esbozos y reflexiones cotidianas, aparecieron por primera vez sus heterónimos, el filósofo y poeta Abel Martín y su discípulo, el pensador escéptico Juan de Mairena. Ambos son personajes imaginarios que permitieron expresar al creador sus ideas sobre cultura, arte, sociedad, política, literatura y filosofía, especialmente en el libro Juan de Mairena. Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo (1936).
Paralelamente, en las ediciones de Poesías completas de 1928 y 1933 se decanta una lírica de tema amoroso y erótico inspirada por la que fue, tras la muerte de su esposa, su gran pasión en la vida real, Pilar de Valderrama, llamada Guiomar en dichos versos. Ya durante la contienda civil, Machado escribió algunos poemas y varios textos en prosa, parte de los cuales fueron recogidos en La guerra (1937). Se trata de escritos testimoniales, plenamente incardinados en las circunstancias históricas del momento.

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La filosofía poética de Antonio Machado



Antonio Machado fue un poeta filósofo y un pensador que trató de configurar una poética. Tanto su filosofía como su poética tienen que ver con su concepción del tiempo y su noción del ser. Desde los años cuarenta, algunos autores han reflexionado sobre las condiciones y características del pensamiento de Machado: Sánchez Barbudo, Cerezo Galán, Frutos, Julián Marías, Bernard Sesé, José Echeverría y Octavio Paz, por citar a algunos de los más importantes. José María García Castro ha escrito un libro valioso, metódico, en el que asedia el meollo del pensamiento metafísico del poeta sevillano y, a su vez, se interna en su poética. Como todo lector de Machado sabe, expresó su reflexión filosófica, sobre todo, a través de sus dos notables heterónimos: Juan de Mairena y Abel Martín. No solo era una manera, a través del apócrifo, de aparecer como filósofo, dada la humildad del poeta, sino que forma parte de su concepción plural del sujeto. Sin duda fue un acierto que le permitió encontrar una voz afortunada. Machado se abre a la poesía cuando el simbolismo francés y el modernismo hispano regían las letras de las dos lenguas que informan a Machado. Verlaine más que Mallarmé, y en lengua española, Rubén Darío y Juan Ramón Jiménez. Pero Machado tuvo siempre otros poetas de los que estuvo, o quiso estar, más cerca: Bécquer, Lope, Manrique. Siempre se sintió a disgusto con la poesía barroca, especialmente con el conceptismo, y por las mismas razones de fondo, con el parnasianismo y el simbolismo que le influyeron en su juventud.
Machado fue un apasionado lector de filosofía, como le confiesa a Ortega y Gasset, y especialmente a partir de la muerte de su mujer (1913) sus lecturas son sobre todo de obras de pensamiento: Platón, Leibniz, Kant, Bergson, y sus coetáneos Unamuno y Ortega, figuran entre los autores más releídos. De Bergson, como nos recuerda García Castro, toma (quiero decir que piensa como suyas) las nociones de espacio, tiempo psicológico, duración, movimiento e inmutabilidad y la controvertida y fundamental en ambos pensadores idea de intuición. Machado, socrático, piensa que la razón es común a todos y que existe una objetividad. El diálogo, la afirmación del otro, se constituye pues en el elemento radical que hace posible el pensar. Ahora bien, el pensar metafísico se apoya en abstracciones, en categorías cuantitativas que han de prescindir necesariamente, según Machado, de lo cualitativo. El pensador prescinde de la realidad para pensarla, y lo que nos ofrece es el reverso de la vida. Los conceptos prescinden del tiempo, cualidad que otorga a la realidad su fluidez: una continuidad vital. Lo que es está asistido por el tiempo. Por eso, para el poeta pensar es ir de calleja en calleja hasta llegar a un callejón sin salida. La desrealización de la realidad, que permite la abstracción, nos lleva a la pérdida de la intuición de la temporalidad, sin la cual, según Machado, no hay peces vivos. Machado no creía que el pensar y el cantar (poesía) pudieran coincidir. El ser es lo heterogéneo, y el pensar lógico es homogenizador. No obstante, Machado está lejos de negar la necesidad de la abstracción: “Son vacíos los conceptos sin intuiciones, y ciegas las intuiciones sin los conceptos”, afirma tomando, sin citar, la frase de Kant. Pero, como afirma García Castro en su ensayo, “la lógica poética procura evitar todo enredo especulativo o cualquier dimensión desnaturalizadota de la realidad para dirigirse, no al cogito, sino al hombre completo que vive, que sueña, que es capaz de darse y comunicarse cordialmente con lo otro”.
Si la lógica filosófica no puede darnos una intuición de la realidad como presencia constante, Machado en cambio la encuentra en el pensar poético que trata de configurar y que se apoya en la percepción de lo heterogéneo, en la otredad que constituye lo uno. ¿Y qué es lo uno? Aquí la metafísica de Machado es realmente atractiva: el ser no coincide consigo mismo, siempre que se percibe a sí mismo encuentra un elemento otro que lo constituye. Lo que nos mueve hacia lo otro es un eros cordial, un movimiento regido por el amor. Machado afirma que el cristianismo nos mostró un acercamiento más completo a la realidad del otro, el amor. Si el pensamiento griego afirma al otro a través de la razón, el de Cristo lo hace de una manera más total, porque engloba a la persona, y tiene por fuerza la fraternidad. García Castro no duda de que el fundamento de la otredad machadiana es Dios. Y también afirma que Machado está “inscrito en la tradición cristiana occidental”. Sin duda este es un punto controvertido. La teología de Machado no supone un Dios creador del cosmos, sino de la nada. Y esto tiene poco que ver con “tradición cristiana occidental” y menos con el catolicismo. Es verdad que Machado pensó a Dios en términos paterno-filiales, pero, de nuevo, esa realidad numénica es un “objeto erótico trascendente”, del que se deriva la fraternidad humana. García Castro, dado que Machado habla numerosas veces del Cristo y del Dios cristiano, y de la idea de cordialidad que Cristo predicó, trata de darnos un Machado más cristiano de lo que fue. También hay que recordar que fue anticlerical, algo que no menciona en ningún momento García Castro. Yo no creo, como Sánchez Barbudo, que Machado fuera ateo, pero creo que, si bien los fundamentos de su teología (de su metafísica, diría él) tienen que ver con la idea del amor predicada por Cristo, son algo ajenos al cristianismo.
El último apartado de este libro se refiere a la poética de Machado. García Castro hace un resumen algo simplista y unificador del simbolismo, y se atiene a lo que dice Machado sobre el barroco y el conceptismo. Nos recuerda que, siguiendo a Bergson, Machado quiere superar el idealismo kantiano y los positivismos del XIX, y percibe que son estas ideas las que informan la lírica tanto simbolista como el fetichismo de la imagen de las vanguardias (creacionismo, surrealismo). Para Machado, los movimientos modernos están roídos por un conceptismo e imaginería fuera del tiempo, sin intuición de la fluidez intuitiva, que señala siempre una visión irreductible. La intuición, en el sentido bergsoniano, no basta para Machado, porque puede suponer, como en algunos simbolistas, una mera exaltación de la sensación (que al afirmar aísla: mónada). Machado sabía que se necesita el concepto, el afán comunicativo. La poesía es pues comunicación de una noticia temporal (tiempo psicológico): el cuento que canta. García Castro vincula el juicio estético kantiano (sin finalidad alguna) con la tendencia estética del arte por el arte, que aplica incluso a Huidobro (lo que me parece un error), y recorre con Machado la mayor parte de la actividad poética de finales del XIX y del primer tercio del XX, de la que el poeta sevillano disiente, como disiente de Quevedo, Góngora y de toda poesía barroca o conceptual. No me parece desacertado, pero sí incompleto, el análisis de su poética. Aunque no entiendo cómo no señala algunos aspectos sin los cuales solo seguimos de manera más o menos ilustrada a Machado. García Castro parece comulgar no ya con la poética de Machado, que en algunos aspectos es de una lucidez admirable, sino con sus valoraciones estéticas. Uno de los aspectos que creo que hay que tener en cuenta es que Antonio Machado fue autor de varios poemas conceptuales, como “Al gran cero”, que contradice su poética no en cuanto a lo que dice sino por su estética. Y quizás lo más importante: tal como Machado aplicó lo que pensaba, y lo dice en numerosas ocasiones, apenas hay en todo el barroco un poeta valioso. Y fue extremadamente crítico con los simbolistas franceses, a los que poco valor les reconoce, y apenas tuvo interés (con la salvedad de Moreno Villa) por los nuevos poetas de su tiempo, que fueron Reverdy, Huidobro, Neruda, Jorge Guillén, Pedro Salinas, Gerardo Diego, Rafael Alberti, García Lorca, Luis Cernuda, y Neruda, para citar a poetas admirados por varias generaciones. Y no digamos en cuanto a las artes plásticas. Al filósofo se le puede pedir el esfuerzo de la claridad, pero no al poeta, y Machado desdeñó de todos esos grandes poetas por una poética que no encontraba su objeto salvo en cinco o seis líricos excelentes y sencillos. Hay pintores oscuros como hay poetas oscuros, porque hay oscuridad. No todo es romance. Machado fue un pensador de talento, y García Castro muestra con competencia algunos de sus logros, pero no sus contradicciones. Tampoco es una visión crítica. De serlo, García Castro tendría que habernos explicado lo que la filosofía posterior a Bergson y la ciencia cognitiva conciben como intuición y conceptuación. ~

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Dylan Thomas Poesía y biografía


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DYLAN THOMAS POEMAS COMPLETOS
 Traducción, prólogo y notas de ELIZABETH AZCONA CRANWELL

Dylan Thomas

(Swansea, Reino Unido, 1914 - Nueva York, 1953) Poeta galés en lengua inglesa, sin duda uno de los poetas británicos de la primera mitad del siglo XX con mayor renombre y resonancia internacional, gracias a la profunda originalidad de su poesía y al humor de sus cuentos y piezas teatrales. Durante un tiempo trabajó como periodista para el South Wales Evening Post y, durante la Segunda Guerra Mundial, como guionista para la BBC. Se dio a conocer como poeta con Dieciocho poemas (1934), al que siguieron los volúmenes Veinticinco poemas (1936) y Mapa de amor (1939), con los que se consolidó como máximo representante del movimiento poético Nuevo Apocalipsis, que practicaba un tipo de poesía de evocación, de tono metafísico y con cierto fondo romántico, en el que Thomas adoptaba el papel de poeta-profeta. Alcanzó su plenitud poética con el volumen Defunciones y nacimientos (1946). Autor de un volumen autobiográfico en el que defiende sus concepciones estéticas, Retrato del artista cachorro (1904), escribió además diversos guiones radiofónicos y cinematográficos.

Dylan Thomas
Dylan Thomas completó su educación básica en una Grammar School de su Gales natal, escuela donde su padre ejercía la docencia, y conoció ya durante su infancia la poderosa atracción de la poesía. Poeta eminentemente precoz, a los doce años asombraba a parientes y amigos con sus composiciones, de fuerte originalidad. Cuando acabó sus estudios de enseñanza media viajó a Londres, y un año más tarde aparecía su primer libro, Dieciocho poemas (1934), publicado después de ganar un premio organizado por la revista Sunday Referee. Tenía diecinueve años cuando se publicó, e incluía trece poemas escritos entre 1933 y 1934 y otros cinco compuestos de mayo a octubre de 1934. Se negó a realizar estudios universitarios y prefirió una formación autodidacta
Al este premiado y poco difundido libro le siguieron Veinticinco poemas (1936) y Mapa de amor (1939). En 1936 contrajo matrimonio con una humilde muchacha irlandesa, Caitlin Macnamara, con quien tendría dos hijos y una hija, y se estableció en Laugahrne, en una casa situada frente al mar. Su nombre apareció cada vez con mayor frecuencia en las antologías poéticas contemporáneas, y fue creciendo en la admiración de críticos y poetas. Sin embargo, como suele ocurrir (y algo también por el carácter tumultuoso del escritor, genuino e intolerable bohemio y bebedor empedernido), su situación económica resultó siempre difícil; así lo revelan las cartas de Thomas que conocemos, en las cuales aparecen continuamente ansiosas peticiones de préstamos y auxilios de todo género.
Por esa época escribió los textos lírico-narrativos del Retrato de un artista cachorro(1940), una colección de diez cuentos, en gran parte autobiográficos, que describen el mundo provinciano en que se desarrollan y rememoran en imágenes transparentes, aunque fragmentarias, las primeras experiencias infantiles del poeta, desde los días de los juegos y de la fabulosa despreocupación hasta el momento en que, todavía adolescente, entró como reportero en el periódico de la ciudad. También es de esos años su poemario más bello y conocido, Defunciones y nacimientos (1946), que incluye las composiciones más representativas de su madurez. Los temas dominantes de este volumen son la añoranza de la edad feliz, de los afectos sencillos y familiares, evocada con acentos elegíacos, y la conciencia dolorosa de los años de guerra.

Dylan Thomas y Caitlin Macnamara
Su personal voz y el poderoso arrastre de su sonoridad hicieron famosas sus lecturas públicas y sus grabaciones para la BBC, por lo que realizó cuatro giras por Estados Unidos para leer su poesía en colegios y universidades. Durante el cuarto de sus viajes, en 1953, sufrió un coma etílico después de una intensa y prolongada depresión y murió en un hospital de Nueva York a los 39 años. Aunque la turbulenta etapa final de su vida quizás haya contribuido a valorarlo de manera especial, no cabe duda sobre su importancia como poeta ni sobre sus elevadas dotes retóricas.
Sus Collected Poems (Poemas completos) vieron la luz en 1952 y comprenden toda su producción poética hasta dicho año, más siete poemas inéditos. Thomas escribió también el guión cinematográfico de The Doctor and the Devils (1953), la comedia radiofónica Under Milk Wood (Bajo el bosque lácteo, 1954, galardonada con el premio Italia este mismo año), la novela incompleta Adventures in the Skin-Trade (1955, póstuma), y dos volúmenes de ensayos, conversaciones radiofónicas y narraciones tituladas respectivamente Quite Early One Morning (1954) y A Prospect of the Sea (1955, póstumo).
Dylan Thomas pertenece a una generación de poetas que ya apuntaron sus inquietudes poco antes de la Segunda Guerra Mundial, pero que después de ella cobró madurez. Con Henry Treece, Anne Ridler, David Gascoyne y otros, Thomas participó (aunque con mucha independencia) en el movimiento poético llamado "Nuevo Apocalipsis", grupo que reaccionó contra la generación anterior, la que se hizo famosa alrededor de 1930 y que se conoce como la generación de Oxford: a ella pertenecieron W. H. AudenDay-Lewis, MacNeice y Spender. Frente a esta generación, que prefería el realismo, el tema social y la sátira política, y que derivaba, aunque con reservas, de la actitud desolada y crítica de Tierra baldía de Eliot, la de Dylan Thomas revaloriza el poder creador de la imaginación y la gran función alumbradora que el mundo cotidiano y el mítico, entremezclados, tienen para la poesía.
Thomas depura su lírica de todo lo que, según su teoría poética, sea bastardo: prosaísmos, evocación no transfigurada de la realidad, lenguaje coloquial y todo lo que sea sórdido y desquiciado y no conserve un hálito elemental de lirismo puro, romantizante. Si a veces el desgarro y la vulgaridad del mundo moderno aparecen en sus versos es de una manera indirecta, simbólica, antieliotiana, como para justificar que no es un esteta y que vive los problemas de su tiempo. En la poesía de Dylan Thomas la fusión de su ardor vital y de su verbo creador y casi fabuloso levantan un mundo alucinante: es el camino iluminado de William BlakeArthur Rimbaud y otros visionarios. La claridad meridiana, sin embargo, no es su norma; con razón se le ha calificado de oscuro y se le ha adscrito a la línea poética que va desde Vaughan a Hopkins y W. B. Yeats.

Como para muchos artistas, el surrealismo supuso para él una liberación sensorial y expresiva, si bien la tremenda fuerza imaginativa y el sentido de la musicalidad y el ritmo ya le eran propios. El mundo de Dylan Thomas está próximo a un cierto surrealismo, pero más apasionado y humano, menos onírico y sin la carga de elementos impuros que aporta el subconsciente. En su mundo la vida y la muerte son los extremos de un mismo arco, el contrapunto eficaz que mueve su energía creadora. Para el poeta la sola existencia es ya algo extraordinario, una sorpresa renovada cada minuto, y canta sus goces y sus pesares como algo inseparable, como un don glorioso que hay que agradecer al Creador que nos lo brinda. El misterio ontológico, la pasión por el hombre, los sueños prenatales, la niñez paradisíaca, son temas que Thomas evoca con magia de bardo. El sentido alusivo o críptico de algunas de sus metáforas, imágenes o estrofas lo emparenta con la Biblia y con Joyce.
Su verbo es tan prístino, tan virginal, que parece llegar directamente de las fuentes no enturbiadas del lenguaje. Cada verso es una aventura, la lógica poética permite que todo sea una continua sorpresa. El lector intuye que el poema se ha concebido sin un esquema previo; el impulso creador lo ha puesto en marcha como un fuego que avanza con todas sus alas. Por eso no hay en sus poemas zonas intermedias o grises, de descanso, o poco inspiradas. El meollo de su mundo son las imágenes que se suceden, se contradicen, se interfieren y se destruyen. Poeta de inspiración auténtica y creador de imágenes vigorosas y llenas de color, en su intento destinado a alcanzar, a través del caos, una expresión espontánea y total de los elementos humanos conscientes e inconscientes, supo trasladar sus principales obsesiones a sus versos y consiguió dotarlos de resonancias mágicas y de gran aliento.
https://www.biografiasyvidas.com/biografia/t/thomas.htm