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miércoles, 12 de junio de 2024

EL CIGARILLO ASESINA A MILLONES IMPUNEMENTE

 Una caladita de cianuro, arsénico e isótopos radiactivos: por qué hay que abolir la industria del tabaco

 Cuando los historiadores se ocupen de nuestra época, no podrán creer que lo que causa la muerte de dos tercios de los fumadores se venda libremente

Un anuncio de Philip Morris en el que la empresa utiliza al icónico hombre de Marlboro en una pancarta en Atlanta (EE UU).
RICHARD BAKER (CORBIS/GETTY IMAGES)

Esta es la historia de un invento que acabó con cien millones de vidas en el siglo XX y, si continuamos como hasta ahora, se cobrará mil millones de vidas en el siglo XXI. Es la historia del “artefacto más letal de la historia de la humanidad”, que sigue matando a ocho millones de personas al año. Es la historia de un asesino mayor que la malaria y la tuberculosis, los accidentes de automóvil y el cambio climático, la guerra y las catástrofes, todo junto.

Me refiero, por supuesto, al cigarrillo. O, mejor dicho: a la industria tabacalera.

Para hacernos una idea del grado de devastación causada, imaginémonos que vemos esta noticia: “Un Jumbo se estrella en la pista, no hay supervivientes”; media hora después, volvemos a ver la misma noticia: “Se estrella otro Boeing 747, tampoco hay supervivientes”; y de nuevo 30 minutos después. Ahora supongamos que la noticia sigue apareciendo durante todo el día y toda la noche, hasta que acaban estrellándose más de 50 aviones en 24 horas. Y entonces imaginemos que sigue así todo el año.

Ese es el número de muertes que causa la industria del tabaco.

Por supuesto, es un negocio increíblemente lucrativo. Por traducirlo a cifras: una máquina de cigarrillos actual fabrica 20.000 cigarrillos por minuto, es decir, 10 millones en un turno de ocho horas. Según los epidemiólogos, hay una muerte por cada millón de cigarrillos, así que estamos hablando de 10 muertes por turno. Las empresas ganan alrededor de un céntimo por cigarrillo, lo que significa que cada muerte provocada por el tabaco tiene un valor de 10.000 dólares para la industria. O sea, cinco millones de dólares por cada Jumbo, cada 30 minutos.

Un momento, se dirán: esto no es ninguna novedad, ¿no? ¿La lucha contra la industria tabacalera no es una cosa de los años noventa? Pero si el tabaquismo está en declive, ¿no?

Qué más quisiéramos. Los ingresos mundiales del sector no dejan de aumentar. El número de fumadores está disminuyendo ligeramente en los países ricos, pero lo compensan con creces el auge del vapeo y la popularidad creciente del tabaco en los países de rentas medias y bajas (en los que la industria actúa casi sin restricciones). Además, a las empresas como Philip Morris les encanta decir que esto del tabaco resulta ya cansino, para poder seguir haciendo lo mismo que siempre.

Como consecuencia, sufrimos una especie de ceguera colectiva. Una cosa demencial —que se estrellen 50 Jumbos cada día—se ha normalizado.

Una historia de mentiras y engaños

En realidad, el cigarrillo es un invento bastante reciente. Desde luego que siempre se ha fumado, pero el cigarrillo inhalable es un fenómeno moderno. Es el resultado de una labor de desarrollo y un presupuesto de decenas de miles de millones para investigación durante décadas. La composición del cigarrillo actual no tiene más que dos terceras partes de tabaco, al que se añaden cientos de sustancias: humectantes, potenciadores de los efectos, supresores de la tos, aromatizantes, de todo. Lo que haga falta con tal de que el producto sea lo más adictivo posible.

Para comercializar este invento, la industria tabacalera puso en marcha una de las mayores campañas de propaganda de la historia de la humanidad. Hacia 1960, casi la mitad de los programas de televisión en Estados Unidos estaban patrocinados por las tabacaleras. A principios de los noventa, un estudio llevado a cabo entre niños pequeños reveló que el nombre y la cara de Joe Camel les resultaban tan reconocibles como el nombre y la cara de Mickey Mouse.

Y no olvidemos todo lo que ha hecho la industria tabacalera para poner en duda que los cigarrillos sean letales. En los primeros años cincuenta ya había un consenso científico en que fumar provoca cáncer, de modo que el sector decidió pasar a la acción. La conspiración comenzó el 14 de diciembre de 1953, con una reunión de los grandes directivos de las principales tabacaleras en el Hotel Plaza de Manhattan, Nueva York. Allí se decidió contratar a una empresa especializada en trabajo de lobby, Hill & Knowlton, para que construyera una gigantesca cortina de humo.

Durante décadas, la industria siguió diciendo que hacía falta “investigar más”, cuando, en realidad, sus propios investigadores ya sabían más. El mantra del sector era “nuestro producto es la duda”, igual que las empresas energéticas de combustibles fósiles pasaron años sembrando dudas sobre la realidad del cambio climático. Se invirtieron millones en “investigaciones sobre el tabaco” que en realidad estudiaban otras cosas (lo que los historiadores llaman “investigación señuelo”).

La campaña tuvo un éxito arrollador. Hasta los años ochenta no empezó la mayoría de la gente a darse cuenta de que fumar no es solo una cosa un poco perjudicial, sino uno de los hábitos más letales que se pueden adquirir. Dos tercios de todos los fumadores mueren por culpa del tabaco. Aun así, todavía en 1994, los siete consejeros delegados de las principales tabacaleras (“los siete enanitos”) declararon bajo juramento que la nicotina no crea adicción .

Mientras tanto, el sector puso en marcha una serie de “innovaciones” que, en teoría, iban a hacer el cigarrillo “más seguro”. Pero los trucos —filtros, ventilación, cigarrillos light— eran un puro fraude. Los documentos internos de Philip Morris muestran que ya en los años cincuenta la empresa consideraba que la “filtración selectiva” era “imposible desde el punto de vista termodinámico”. Un filtro para cigarrillos es como beber cerveza con una pajita muy fina: quizá haya que sorber con más fuerza, pero se acaba ingiriendo lo mismo.

Anuncio de vapeadores en Londres el pasado 6 de marzo.
MIKE KEMP (IN PICTURES/GETTY IMAGES)

La ventilación de los cigarrillos también es una sandez. Según las mediciones de algunas máquinas de humo, los cigarrillos “ventilados” con pequeños agujeros en el filtro pueden parecer menos tóxicos, pero la industria sabe que los fumadores pellizcan esos agujeros para cerrarlos. Es como hacer unos agujeros en una pajita, taparlos con la boca y decir que así se ingiere menos alcohol.

El último engaño de la industria tabaquera es el cigarrillo electrónico (vapeo), del que se dice que es menos nocivo que el cigarrillo normal. Sin embargo, varias investigaciones independientes han demostrado que muchos vapeadores contienen más nicotina tóxica y adictiva que un paquete entero de cigarrillos, y que los jóvenes que vapean tienen el triple de probabilidades de convertirse en fumadores. En la última década, el consumo de tabaco entre los adolescentes se ha disparado en toda Europa. Un importante experto británico en salud ha advertido recientemente que, si el consumo de cigarrillos electrónicos sigue aumentando a este ritmo, casi todos los niños vapearán de aquí a cinco años.

“Una decisión libre”

Y, por último, tenemos el mayor cuento de todos: el de que fumar cigarrillos es una decisión tomada libremente. En realidad, la mayoría de los fumadores empiezan cuando son menores de edad y alrededor del 70% quiere dejarlo. Cada año lo intenta más de la mitad, pero, como el cigarrillo está hecho para ser tan adictivo, el intento suele fracasar. Un estudio canadiense ha llegado a la conclusión de que se necesita una media de nada menos que 30 intentos para romper definitivamente con la adicción.

La industria tabacalera sabe muy bien que el consumo de nicotina reconfigura el cerebro y crea una dependencia farmacológica tan fuerte como la adicción a la heroína o la cocaína. Esa es una diferencia fundamental entre la nicotina y el alcohol, porque entre quienes beben solo son alcohólicos el 3%, mientras que, en el caso de los cigarrillos, el porcentaje está entre el 80% y el 90%. Hay tan poca gente a la que verdaderamente le guste fumar que las tabacaleras se han inventado un apodo: “Los disfrutones”. Los documentos internos del sector también tienen nombres para los jóvenes: son los “aprendices”, los “prefumadores” o los “fumadores de reemplazo”.

Algún día los historiadores estudiarán nuestra época y les parecerá increíble que la industria del tabaco pudiera seguir prosperando durante tanto tiempo. Que un producto que contiene arsénico, cianuro e isótopos radiactivos pudiera venderse legalmente en los supermercados. Que tanta gente siguiera infravalorando el peligro durante tanto tiempo, porque ¿cuánta gente sabe que fumar, además, provoca cientos de miles de abortos espontáneos y dolencias como ceguera, calvicie, cataratas, menopausia precoz y disfunción eréctil?

A los historiadores del futuro les asombrará el número de químicos que hicieron todo lo posible para que fumar fuera lo más adictivo posible. Les sorprenderá la cantidad de agentes comerciales que pusieron todo de su parte para que fumar fuera lo más sexy posible. Todos los abogados que se esforzaron al máximo para encubrir las mentiras de la industria tabacalera. “Llevo décadas estudiando estas empresas”, escribe el eminente historiador Robert N. Proctor, “y todavía, de vez en cuando, tengo que frotarme los ojos de asombro ante alguna nueva revelación nueva que saca a la luz prevaricaciones o artimañas”.

Esta industria está demasiado deseosa de hacernos creer que ya ha terminado la batalla contra las grandes tabacaleras. Que los espacios sin humo, las etiquetas de advertencia, la prohibición de la publicidad y los elevados impuestos han bastado para mitigar el problema. Pero no es verdad, ni mucho menos. Todavía queda mucho camino por recorrer.

La prohibición de los anuncios ha aumentado los márgenes de beneficio de los fabricantes. La industria sabe que educar a los jóvenes suele servir para que fumar sea aún más popular. Y a los impuestos sobre el tabaco los han denominado “la segunda adicción”, no del fumador, sino del Gobierno, que gana tanto dinero con los fumadores que prefiere no complicarles demasiado la vida a las empresas. (El año pasado, Nueva Zelanda revocó la prohibición de fumar para compensar los recortes fiscales).

A pesar de todo, esta industria letal puede acabar y algún día acabará. Para ello deben suceder varias cosas. En primer lugar, tenemos que volver a indignarnos. Sin indignación pública, no existe presión política para que estas empresas respondan por sus actos. En segundo lugar, es necesario que se unan muchas más personas —activistas y grupos de presión, abogados y médicos— a la lucha contra la industria tabacalera. En tercer lugar, debemos tener muy claro nuestro objetivo fundamental: prohibir la fabricación y venta de cigarrillos.

Sí, la gente siempre ha fumado. Cualquiera debe tener la libertad de plantar tabaco en el jardín para su propio consumo. Pero no se debería permitir que nadie envenene a otras personas a escala industrial. El cigarrillo es un producto fraudulento que, como el amianto y el plomo de la pintura y la gasolina, no debería fabricarse ni venderse.


El dinero oculto supera el PIB de EEUU y China juntos

 El dinero oculto en los paraísos fiscales supera el PIB de EEUU y China juntos

 Hace diez años, los activos acumulados en los territorios de baja fiscalidad se cifraban en 32 billones de dólares. Ahora han repuntado hasta los 45 billones de dinero oculto, cantidad que supera al volumen de las dos mayores economías del mundo.



DIEGO HERRANZ

En la terminología multilateral, EEUU es la gran potencia del planeta con un PIB de 28,7 billones de dólares, a precios constantes del mercado, medidos por el FMI, y China, el mercado emergente que más riqueza acumula con 18,5 billones. A años luz, con 4,5 billones cierra el podio Alemania, que se ha encaramado al tercer lugar tras desplazar, en 2023, a Japón, anclado en los 4,1 billones.

En consecuencia, la actividad conjunta de las dos superpotencias se sitúa en los 47,2 billones de dólares. Algo menos, (43,3) si se acude a los cálculos del Banco Mundial, y todavía ligeramente por debajo, en los 41 billones para los expertos del área económica de Naciones Unidas.

Con excepción de la evaluación del FMI, se podría decir que los paraísos fiscales, con sus leyes de baja tributación y, en no pocos casos, con compromisos amparados en el secreto bancario y el anonimato de las transferencias financieras y de los depósitos de ahorros y activos a personas físicas (riquezas individuales) y jurídicas (multinacionales, preferentemente) han realizado un sorpasso sobre las economías de EEUU y China.

Los investigadores que se dedican a seguir el rastro de los flujos de capital que acaban en estas jurisdicciones (llamadas técnicamente así porque, con frecuencia, no son Estados ni siquiera se pueden considerar, en ciertos supuestos, países) se encargan de advertir de que poner cifras a estas "prácticas dañinas", como las denomina la OCDE, por su nula o leve fiscalidad, con la que atraen la atención de patrimonios y corporaciones dispuestos a evadir impuestos, resulta siempre una ecuación inexacta, aunque bastante aproximada a la realidad.

Tax Justice Nework cifró entre 21 y 32 billones de dólares el tesoro oculto en 2014 en los distintos paraísos fiscales

Así lo enfatizan en Tax Justice Nework, quizás el think tank más activo en investigación, vigilancia y denuncia de estos centros offshore, que cifró entre 21 y 32 billones de dólares el tesoro oculto en 2014 en los distintos paraísos fiscales, cuyo número y censo también varía según de dónde partan las clasificaciones. El montante era significativo porque dejaba traslucir el cuantioso flujo de patrimonio que se trasladó hacia estos enclaves tras el devastador tsunami crediticio de 2008 que obligó a una costosa reestructuración de los sistemas bancarios.

Ese año, cuando el euro salió de la UVI y sus socios de la crisis de deuda, los súper-ricos y firmas transnacionales estaban evadiendo alrededor de 427.000 millones de dólares anuales, alertaban en Tax Justice.

Saltos evasivos tras la crisis financiera de 2008 y la sanitaria de 2020

Cinco años después de su valoración, otro estudio, con datos del intercambio de información a la OCDE (institución encargada de supervisar y regular la imposición mundial), por parte de los Offshore Financial Centers (OFC), elevaba esta cantidad hasta los 36 billones en 2020; es decir, al inicio de la gran pandemia, tal y como desvelaba David L. Carden, primer embajador de EEUU ante la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático en Foreign Policy.

Desde entonces, en los cuatro ejercicios transcurridos tras el estallido de la crisis sanitaria de la covid-19, la montaña de activos ha aumentado un 25%. Palabra de Gabriel Zucman, autor de La riqueza oculta de las naciones, un ensayo de amplia divulgación internacional sobre los centros offshore, que, en la actualidad, dirige el EU Tax Observatory y ejerce de profesor en Berkeley.

Las pesquisas de este observatorio catapultarían los patrimonios y activos sin gravar fiscalmente en torno a los 45 billones de dólares, cantidad similar al PIB conjunto de las dos superpotencias económicas globales. O, dicho de otra forma: los paraísos fiscales ostentan tanto o más riqueza que la que son capaces de producir anualmente EEUU y China de forma combinada y, por tanto, ostentan, en realidad, la hegemonía económica del planeta por volumen de activos.

Los paraísos fiscales ostentan tanto o más riqueza que la que son capaces de producir anualmente EEUU y China juntos


Carden alertaba en medio de la crisis sanitaria de que los 36 billones de dólares "sin imposición ni costes" en dinero, oro y acciones –más allá de activos tangibles como los inmuebles, las joyas o el arte–, "deberían haber servido para sufragar los desembolsos de las vacunas y los tratamientos y equipos médico-sanitarios generados por la covid-19", y recordaba la procedencia de los OFC más perjudiciales por su baja tributación y sus legislaciones benévolas con las evasiones fiscales: Suiza, Hong Kong, Luxemburgo, Liechtenstein, Irlanda, Singapur, Panamá, Trinidad y Tobago, Seychelles y Vanuatu.

Además de poner en un crudo contexto de realidad el riesgo de estas elusiones fiscales. Las arcas del Tesoro americano recaudan poco más de tres billones de dólares al año, cifra que duplica el PIB español.

El Observatorio Fiscal de la UE también incide en el grave perjuicio que estas prácticas dañinas infunden en las economías, sumidas en políticas expansionistas, intervencionistas y cargadas de subsidios a sus industrias, a sus servicios tecnológicos, a sus fábricas manufactureras –muy en especial, de chips– y a sus centros logísticos de abastecimiento de materias primas energéticas, metálicas y alimentarias con los que buscan atenuar las disrupciones de las cadenas de valor o los cuellos de botella del comercio y apagar los efectos de la alta tensión geopolítica global. En medio de un clima de dinero caro por las subidas de tipos de interés y con espirales inflacionistas que se resisten a remitir.

El ciclo post-covid intensifica los flujos de capital hacia centros 'offshore'

Según los cálculos del observatorio, en 2022, último año completo contabilizado, los beneficios empresariales de un calibre intenso ese ejercicio alcanzaron los 16 billones de dólares. Tanto como la suma de los PIB de Alemania, Japón, India y Reino Unido –tercero, cuarto, quinto y sexto del mundo– y, de esta acumulación anual de riqueza, 2,8 fueron recabados por sus negocios exteriores –los más difíciles legalmente de gravar y judicialmente de perseguir– y, de ellos, un billón acabó en paraísos fiscales.

Es el circuito habitual en el que operan multinacionales como Apple, BMW o Toyota, por poner tres botones de muestra de compañías con elevados pesos globales de EEUU, Alemania y Japón.

Del lado de las fortunas individuales, este foro europeo revela que existen alrededor de 2.500 milmillonarios individuales en el mundo y que sus tesoros offshore ascienden a 13 billones, lo que supone un promedio de 4.700 millones por cada uno de ellos. Pese a la gradual disminución de sus presiones impositivas en sus países de origen. En Francia, las rentas que pagaron ese año sus 75 mayores fortunas supusieron el 2% de sus ingresos, sin repercusión sobre sus patrimonios, y en EEUU, el 0,5%.

Los tesoros 'offshore' de milmillonarios individuales ascienden a 13 billones, según el Observatorio Fiscal de la UE

De media, en el mundo pagaron por gravámenes patrimoniales 44.000 millones, el 0,35% de su riqueza acumulada. En el supuesto, aún ficticio, de que se estipulase un tipo mínimo global –por ejemplo, del 2%, similar al del 15% que rige sobre las empresas– sus contribuciones serían del 1,65% y se generarían recursos estatales por valor de 214.000 millones de dólares.


En esta línea se enmarca la reclamación de cinco ministros de las áreas económicas de Alemania, Brasil, Sudáfrica y España –que rubrican la vicepresidenta, María Jesús Montero y el titular de Economía, Carlos Cuerpo– en favor de un tipo mínimo global a multimillonarios, con el objetivo de que contribuya a impulsar la justicia social y combatir las desigualdades.

En cambio, las multinacionales españolas pagaron en 2021 un 14,4% de su beneficio mundial, el tipo más bajo en cinco años según datos de la Agencia Tributaria a partir de la información fiscal que los grupos empresariales con facturaciones superiores a los 750 millones de euros tienen la obligación de facilitar al fisco. Por debajo del 15% que auspició la Administración Biden en el G20 y que se ha tomado como referencia global desde hace dos años, con la OCDE como entidad supervisora de su puesta en marcha. Y, por supuesto, muy alejada del tipo impositivo del 15% de sociedades y del 30% a energéticas y banca que marca el ordenamiento jurídico español.


Relación entre renta per cápita y territorios de baja tributación


El Banco Mundial, con datos mayoritariamente de 2022 –aunque en algunos casos compulsa los del año precedente–, deja sobradas evidencias en su ranking de ingresos per cápita de la inserción de territorios fiscalmente dañinos. Mónaco, con 240.862 dólares, encabeza la lista, al que siguen Liechtenstein (197.505), Luxemburgo (125.006), Bermudas (118.775) e Irlanda (103.983). Cinco sospechosos habituales entre los que se intercala Noruega, ajena a listas negras sobre paraísos tributarios, con 108.729 dólares.


Singapur, Catar, Macao, las islas del Canal de la Mancha, Feroe, Caimán o San Marino aparecen en su top 20, donde también irrumpen EEUU y Países Bajos.


Mientras que, para Tax Justice, cuyos expertos defienden con firmeza la tesis que vincula rentas personales en territorios sospechosos con la intensidad de la captación de fiscalidad evasiva de millonarios y grandes corporaciones, las Islas Vírgenes Británicas son el gran paraíso tributario para las empresas, a tenor del resultado de su indicador de CTHI que mide el valor que recauda cada jurisdicción en función de su peso sobre la Escala Mundial de ingresos impositivos, con una ratio del 6,45%. Por delante de las Caimán (5,99%); Bermudas (5,67%); Países Bajos (5,54%); Suiza (5,1%); Luxemburgo (4,1%); Hong Kong (4,08); Jersey (3,89%); Singapur (3,87%) y Emiratos Árabes Unidos (EAU), con un 3,76%

En un ambiente, el actual, proclive por los tumbos de la economía global, los mercados de capital y las tensiones geopolíticas a la ocultación de riquezas que los expertos denuncian con una cierta capacidad predictiva porque asocian crisis con propensión a la evasión patrimonial, de un modo similar a la que ejerce el oro como valor refugio en tiempos de fugas de inversiones bursátiles.

Zucman, por ejemplo, enfatiza que el billón de dólares que las multinacionales enviaron en 2022 a centros offshore para custodiar sus beneficios de las agencias tributarias donde declaran tener sus sedes corporativas demuestra que, a pesar del gravamen mínimo global a las empresas, sus transferencias hacia paraísos fiscales siguen siendo "significativas". Al igual que los patrimonios individuales, dado que, en ese mismo ejercicio, el valor de la riqueza financiera –todo tipo de activos intangibles– superaron los 12 billones de dólares; tanto como las economías de Alemania, Japón e India.


sábado, 7 de octubre de 2017

La Doctrina del Shock - Naomi Klein Documental y libro completos



Si el libro ya era una obra imprescindible para entender el siglo XXI, la película La Doctrina del Shockresume brillantemente los mensajes principales del libro, que exploraba cómo los desastres, tanto naturales como los provocados por el hombre, se utilizan para forzar cambios políticos y económicos en gobiernos poco dispuestos a abrazar el capitalismo salvaje. Sistemáticamente, después de un desastre, como el tsunami de la costa asiática en 2004, se aprovecha para privatizar lo público, como sucedió con las playas pobladas por pescadores locales y actualmente ocupada por grandes hoteles. Los cineastas Michael Winterbottom y Mat Whitecross, codirectores de The Road to Guantanamo, se unen a Naomi Klein para traer a la pantalla un documental con imágenes reales extraídas de lo más profundo de los archivos filmográficos de todo el mundo.
A partir de unas siniestras investigaciones clínicas sobre el tratamiento de  electroshocks en víctimas sin nombre y que fueron realizadas a espaldas de la opinión pública, Estados Unidos decidirá aplicar a sociedades enteras los mecanismos de olvido y represión que ocurren en la mente humana. La doctrina del Shock explora las décadas de torturas y dictaduras en América del Sur. De cómo los Estados Unidos - por medio de acciones de la CIA - desarrollaron la interpretación del economista Milton Friedman sobre el capitalismo de mercado tratando de “persuadir” a los países en desarrollo de su valía.
El documental denuncia la estafa de las políticas económicas de la Escuela de Chicago y su conexión con el caos y el derramamiento de sangre por todo el mundo. Debido a que los mercados completamente desregulados tendieron a crear un clima económico desequilibrado en el que un pequeño grupo se hizo extremadamente rico y el resto se hundieron en la pobreza, los Estados Unidos solamente tuvieron éxito en vender esta desregulación del mercado libre a los países en crisis que no tenían más otra opción que hacer lo que exigió la nación más rica en la tierra. Los resultados llevaron a la extensión de la privatización y a la violencia en Rusia, Polonia, Chile, Suráfrica y el Oriente Medio. Y La Doctrina del Shockcuenta cómo sucedió, quiénes lo promovieron, dónde sigue todavía en marcha, y qué se puede hacer para frenarlo. Un repaso clarividente de las actuaciones de Tatcher, Bush, Pinochet, Videla, Yeltsin, Reagan de los útlimos años, y la connivencia con los grandes aglomerados empresariales que representaban intereses económicos privados.


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Klein, Naomi. La doctrina del shock. El auge del capitalismo - Katari.org



El libro
La Doctrina del Shock es la historia no oficial del libre mercado. Desde Chile hasta Rusia, desde Sudáfrica hasta Canadá la implantación del libre mercado responde a un programa de ingeniería social y económica que Naomi Klein identifica como «capitalismo del desastre». Tras una investigación de cuatro años, Klein explora el mito según el cual el mercado libre y global triunfó democráticamente, y que el capitalismo sin restricciones va de la mano de la democracia. Por el contrario, Klein sostiene que ese capitalismo utiliza constantemente la violencia, el choque, y pone al descubierto los hilos que mueven las marionetas tras los acontecimientos más críticos de las últimas cuatro décadas. Klein demuestra que el capitalismo emplea constantemente la violencia, el terrorismo contra el individuo y la sociedad. Lejos de ser el camino hacia la libertad, se aprovecha de las crisis para introducir impopulares medidas de choque económico, a menudo acompañadas de otras forma de shock no tan metafóricas: el golpe de porra de policías, las torturas con electroshocks o la picana en las celdas de las cárceles. Klein repasa la historia mundial reciente (de la dictadura de Pinochet a la reconstrucción de Beirut; del Katrina al tsunami; del 11-S al 11-M), para dar la palabra a un único protagonista: las diezmadas poblaciones civiles sometidas a la voracidad despiadada de los nuevos dueños del mundo, el conglomerado industrial, comercial y gubernamental para quien los desastres, las guerras y la inseguridad del ciudadano son el siniestro combustible de la economía del shock. 
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Naomi Klein. Fuente: naomiklein.org
La autora
Naomi Klein es una de las autoras clave para entender los conflictos y crisis actuales. Su primer libro, No Logo: El poder de las marcas (Paidós), se convirtió en un estandarte del movimiento antiglobalización. Nació en Montreal en 1970 y es una periodista galardonada con varios premios y colaboradora habitual en The Nation y en The Guardian. Tras el éxito de No Logo, en 2002 publicó una recopilación de sus ensayos y trabajos periodísticos, Vallas y ventanas: despachos desde las trincheras del debate sobre la globalización (Paidós). Dos años después, en 2004, estrenó The Take, un documental cinematográfico sobre las fábricas ocupadas en Argentina, coproducido con el director Avi Lewis. Este documental estuvo en la selección oficial de la Bienal de Venecia y obtuvo el Premio del Jurado al Mejor Documental en el Festival de Cine de Los Ángeles, del American Film Institute. Durante este mismo año, Klein fue galardonada con el premio James Aronson al Periodismo de Justicia Social por sus reportajes desde Irak, publicados en Harper’s Magazine.

Naomi Klein ha sido titular de la cátedra Miliband en la London School of Economics y es doctora honoris causa en Leyes por la Universidad de King’s College, de Nova Scotia. Alcanzó el puesto undécimo, el más alto logrado por una mujer, en el Sondeo Global de Intelectuales, un listado de los intelectuales más relevantes del mundo que confecciona la revista Prospect junto con la revista Foreign Policy.

http://www.terra.org/categorias/peliculas/la-doctrina-del-shock-de-naomi-klein-para-entender-el-presente
www.katari.org/pdf/shock.pdf

de N Klein - ‎Artículos relacionados
contemporáneo, lo que yo denomino doctrina del shock. Observó que «sólo una crisis —real o percibida— da lugar a un cambio verdadero. Cuando esa crisis .

miércoles, 27 de septiembre de 2017

"Riqueza privada, miseria pública" por Tony Judt.

 Riqueza privada, miseria pública

LITERAL. Verano de 2010
Tony Judt (Londres, 2 de enero de 1948 - Nueva York, 6 de agosto de 2010) fue un historiador, escritor y profesor británico. Especializado en Europa, fue director del Erich Maria Remarque Institute en la Universidad de Nueva York. Fue colaborador habitual de la revista New York Review of Books

Algo está profundamente mal en nuestro modo de vida actual. Durante tres décadas hemos hecho una virtud de la búsqueda material que responde sólo a nuestro interés personal. Y esta búsqueda es todo lo que subsiste de nuestro sentido de aspiración colectiva. Sabemos lo que las cosas cuestan, pero no lo que valen. De modo que, por ejemplo, ya no esperamos mucho de una sentencia judicial o de un acto legislativo: ¿Está bien? ¿Es justo? ¿Es correcto? ¿Ayudará a conseguir una sociedad y un mundo mejores? Tales solían ser las cuestiones políticas de antes -las que, por lo demás, nunca nos invitaron a encontrar respuestas fáciles. Ahora debemos reaprender algo de lo que ellas nos plantean.
El carácter materialista y egoísta de la vida contemporánea no es inherente a la condición humana. Gran parte de lo que hoy parece "natural" data de la década de los ochenta: la obsesión por la creación de riqueza, el culto a la privatización y al sector privado, las crecientes disparidades entre ricos y pobres. Pero, sobre todo, la retórica que acompaña a la admiración incondicional por los mercados sin restricciones, el desdén por el sector público y la ilusión de un crecimiento sin fin.
No podemos seguir viviendo así. La crisis de 2008 fue un recordatorio de que el capitalismo no regulado es su propio y peor enemigo: tarde o temprano volverá a ser presa de sus propios excesos y recurrirá otra vez al Estado para que lo rescate. Pero si no hacemos más que recoger sus pedazos y continuar como antes, nos espera una agitación mayor para los próximos años. No obstante este peligro, parecemos incapaces de concebir otras alternativas. Esto es también algo nuevo. Hasta hace muy poco, la vida pública en las sociedades liberales se llevó a cabo a la sombra de un debate entre los defensores del capitalismo y sus críticos, usualmente identificando a estos con una u otra forma de socialismo. Hacia la década de 1970 este debate había perdido ya mucho de su significado para ambas partes; de cualquier modo, la distinción "izquierda-derecha" sirvió para cuestiones útiles: nos ofreció un perchero del cual colgar algunos observaciones críticas sobre los asuntos contemporáneos.
En la izquierda, el marxismo era atractivo para las generaciones de los jóvenes, aunque sólo fuera porque les ofrecía una manera de tomar distancia frente al status quo. Lo mismo ocurrió con el conservadurismo clásico: un bien fundado disgusto por el cambio súbito se albergó entre los reacios a abandonar las rutinas establecidas desde hacía tiempo. Hoy en día, ni la izquierda ni la derecha han sabido reencontrar su equilibrio.
En estos treinta años, algunos estudiantes se han acercado a mí señalando: "para usted fue fácil: en su generación había ideales e ideas, se creían capaces de cambiar las cosas. Nosotros, hijos de los años ochenta, los noventa y los Aughts [término angloamericano para denominar la primera década del siglo XXI], no tenemos nada." En muchos aspectos mis estudiantes tienen razón. Para nosotros fue fácil, del mismo modo que lo fue -al menos en este sentido- para las generaciones que nos precedieron. La última vez que un gran número de jóvenes expresaron una frustración comparable ante el vacío de sus vidas y los designios desalentadores del mundo fue en la década de 1920; y no es una casualidad que, a este respecto, los historiadores hablen de una "generación perdida".
Pero si los jóvenes de hoy experimentan el mismo extravío, no es por falta de objetivos. Cualquier conversación con ellos nos revelará una lista asombrosa de inquietudes. De hecho, esta nueva generación está gravemente preocupada por el mundo que le ha tocado heredar. Pero junto con estos temores hay un sentimiento general de frustración: "Algo está mal y hay muchas cosas que no nos gustan. ¿Pero en qué podemos creer? ¿Qué podemos hacer?"
Esta es una inversión irónica de las actitudes típicas de una edad temprana. En una era segura de sí misma, la del dogma radical, los jóvenes estaban muy lejos de estas incertidumbres. El tono característico de la década de 1960 fue el de la confianza presuntuosa, que sabía cómo arreglar el mundo. Y fue esta nota de arrogancia gratuita la que explicaría, en parte, la respuesta reaccionaria que le sucedió. Si la izquierda quiere recuperar parte de su suerte, no le vendría mal algo de modestia. A pesar de todo, uno debe ser capaz de definir un problema si desea resolverlo.
Escribí mi libro   Ill Fares the Land   para los jóvenes de ambos lados del Atlántico. Los lectores estadunidenses podrían sentirse contrariados por las frecuentes referencias a la democracia social. Aquí, en los Estados Unidos, tales referencias son poco habituales. En este sentido, cuando los periodistas y comentaristas defienden el gasto público con objetivos sociales, son más propensos a describirse a sí mismos -y ser descritos por sus críticos- como "liberales". Pero esto es confuso. "Liberal" es un calificativo venerable y respetable, y todos deberíamos sentirnos orgullosos de llevarlo.
Un liberal es alguien que se opone a la injerencia en los asuntos de los demás, tolerante con las actitudes disidentes y con las conductas no convencionales. Históricamente, los liberales han favorecido la custodia propia de nuestras vidas, dejando a las personas el máximo espacio para que cada una viva y se desarrolle como quiera. En su forma extrema, tales actitudes se asocian hoy con los autoproclamados "libertarios", pero el término es en gran medida redundante. La mayoría de los liberales genuinos siguen dispuestos a dejar a la gente a solas.
Los socialdemócratas, en cambio, son una especie de híbrido. Comparten con los liberales su compromiso en términos de tolerancia cultural y religiosa. Pero en cuanto a las políticas públicas, creen en la posibilidad y la virtud de la acción colectiva para el bien común. Como la mayoría de los liberales, los socialdemócratas favorecen el impuesto progresivo con el fin de pagar los servicios públicos y otros bienes sociales que los individuos no pueden proveerse por sí mismos. Pero mientras que para muchos liberales este tipo de gravamen público es un mal necesario, la visión socialdemócrata de una buena sociedad implica, desde el principio, un papel más importante para el Estado y el sector público.
Comprensiblemente, no es nada fácil promover la socialdemocracia en los Estados Unidos. Ahora bien, bajo el argumento de que el Estado va a estar entre nosotros en un futuro previsible, bien haríamos refl exionando sobre qué tipo de Estado es el que queremos. Uno de mis propósitos es sugerir que el gobierno puede jugar un papel de mayor relevancia en nuestras vidas sin poner en peligro nuestras libertades. En cualquier caso, gran parte de lo mejor que hubo en la legislación estadunidense y la política social a lo largo del siglo XX -la que nos urgieron a desmantelar en el nombre de la eficiencia y "menos gobierno"- corresponde, en la práctica, a lo que los europeos han llamado socialdemocracia. Nuestro problema ahora no es qué hacer, sino cuál puede ser la mejor forma para hablar de ello.
El dilema europeo es diferente. Muchos de aquellos países han practicado desde hace tiempo algo parecido a la socialdemocracia, pero se han olvidado cómo predicarla. Los socialdemócratas de hoy están a la defensiva y embargados por una serie de excusas. Por lo mismo, a los críticos que afirman que el modelo europeo es demasiado caro o económicamente ineficiente, se les ha dejado pasar sin réplica. Y, sin embargo, como nunca antes el Estado de bienestar es popular entre sus benefi ciarios. Así, en ninguna parte de Europa existe una circunscripción o distrito electoral a favor de la abolición de los servicios públicos de salud, el cierre de la educación gratuita y subvencionada o la reducción de la oferta pública de transporte y otros servicios esenciales.
Deseo desafiar a la sabiduría convencional en ambos lados del Atlántico. Indudablemente, el objeto de mis inquietudes se ha estado debilitado considerablemente. Sin embargo, en los primeros años de este siglo, el "consenso de Washington" permeaba todo el campo. De modo que en cualquier lugar que estuve entonces, había algún economista o "experto" exponiendo las virtudes de la desregulación, el Estado mínimo y los impuestos bajos. A su parecer, cualquier cosa que el sector público pudiera realizar, los particulares lo harían mejor.
La doctrina de Washington fue recibida en todas partes por sus porristas ideológicos: desde los que se benefician del "milagro irlandés" (el boom inmobiliario del "tigre celta") hasta los doctrinarios ultra-capitalistas de la antigua Europa comunista. Incluso los "viejos europeos" fueron arrastrados por la avalancha. Todos daban testimonio de lo que la crítica francesa describió como el nuevo "pensamiento único", desde el proyecto de la Unión Europea de libre mercado (la llamada "Agenda de Lisboa") a los planes entusiastas de privatización de los gobiernos francés y alemán.
Hoy ha habido un despertar parcial. Para evitar el desplome nacional y el colapso financiero de la banca mayorista, los gobiernos y los bancos centrales han efectuado cambios notables en su política, redistribuyendo generosamente el dinero público en la búsqueda de estabilidad económica y tomando a las empresas en quiebra bajo su control sin pensarlo dos veces. Un número sorprendente de economistas del libre mercado, devotos de Milton Friedman y sus colegas de Chicago, se han alineado en penitencia y hoy prestan juramento de lealtad a la memoria de John Maynard Keynes.
Todo esto es muy gratificante. Pero difícilmente constituye una revolución intelectual. Todo lo contrario: como la respuesta de la administración de Obama sugiere, el recurso a la economía keynesiana no es más que una retirada táctica. Lo mismo puede decirse del Nuevo Laborismo, tan comprometido con el sector privado en general y con los mercados financieros de Londres en particular. Un efecto de la crisis ha sido, sin duda, amortiguar el ardor de los europeos continentales por el "modelo angloamericano", aunque los principales benefi ciarios han sido los partidos de centro-derecha, tan interesados alguna vez en emular a Washington.
En resumen, la necesidad práctica de estados fuertes junto con la intervención gubernamental son indiscutibles. Pero nadie está "repensando" el Estado. Sigue existiendo una marcada resistencia a defender el sector público por razones de interés colectivo o principio. Llama la atención que en las elecciones europeas posteriores al colapso financiero, a los partidos socialdemócratas les haya ido generalmente mal. No obstante la caída del mercado, se mostraron visiblemente incapaces de levantarse según ameritaba la ocasión.
Si ha de tomarse en serio una vez más, la izquierda deberá reformularse. Hay mucho por qué estar indignados: el aumento de las desigualdades de riqueza y oportunidades; las injusticias de clase y de casta; la explotación económica en el país y en el extranjero; la corrupción, el dinero y la impunidad que ocluyen las arterias de la democracia. Pero ya no será suficiente identificar las deficiencias del "sistema" y retirarse luego -como Pilatos- indiferente a las consecuencias. La retórica grandilocuente e irresponsable de las últimas décadas tampoco le servirán ya a la izquierda.
Hemos ingresado en una época de inseguridad no sólo económica, sino también física y política. El hecho de que todo esto, en gran medida, haya sido imprevisible, nos sirve de poco consuelo: sólo unos cuantos advirtieron en 1914 el colapso total de su mundo y las catástrofes económicas y políticas que le siguieron. La inseguridad engendra temores. Y este pánico -miedo al cambio, a la decadencia, a los extraños y, en general, a un mundo desconocido- está corroyendo la confianza y la interdependencia sobre las que descansan las sociedades civiles.
Todo cambio es perturbador. Hemos visto cómo la sombra del terrorismo es suficiente para hundir a las democracias estables en el caos. Por su parte, el cambio climático tendrá consecuencias aún más dramáticas. Hombres y mujeres serán empujados nuevamente a las iniciativas del Estado y mirarán a sus líderes y representantes políticos en busca de protección: una vez más, las sociedades abiertas serán urgidas a cerrarse sobre sí mismas, sacrificando libertad a cambio de "seguridad". La elección no estará entre el Estado y el mercado, sino entre dos tipos de Estado. En consecuencia, nos corresponde replantear el papel del gobierno. Si no lo hacemos, otros lo harán por nosotros.

El modo en que vivimos hoy
Incluso en una recesión, vemos a nuestro alrededor un nivel de riqueza individual sin parangón desde los primeros años del siglo XX. El notable consumo de bienes superfluos -casas, joyas, automóviles, ropa, juguetes tecnológicos- se ha ampliado en gran medida en comparación con la generación pasada. En EE.UU. y el Reino Unido, más un puñado de otros países, las transacciones financieras han desplazado a la producción de bienes o servicios como fuente de las fortunas privadas, distorsionando así el valor que otorgamos a los diferentes tipos de actividad económica. Siempre han existido ricos y pobres entre nosotros. Sin embargo, y en relación con todos los demás, la mayor riqueza de unos cuantos es más patente hoy que en cualquier otro momento del que se tenga memoria. El privilegio privado es fácil de entender y describir. En cambio, es mucho más difícil explicar las profundidades de la miseria pública en la que hemos caído.

Riqueza privada, miseria pública
Ninguna sociedad puede prosperar y ser feliz
cuando la mayor parte de sus miembros son
pobres y miserables.
ADAM SMITH
La pobreza es una abstracción, incluso para los pobres. Pero los síntomas de empobrecimiento general se ciernen sobre nosotros. Carreteras rotas, ciudades en quiebra, puentes que se derrumban, escuelas en ruinas, desempleados, mal pagados y los no asegurados: todo sugiere el desastre colectivo. Las deficiencias son tan endémicas que ya no sabemos cómo hablar sobre lo que está mal, y mucho menos sobre cómo repararlo. Y sin embargo, algo está severamente mal. A pesar del presupuesto de decenas de miles de millones de dólares por parte de EE.UU. en su inútil campaña militar en Afganistán, el nerviosismo nos corroe ante las posibles repercusiones de cualquier aumento en el gasto público a favor de los servicios sociales o de infraestructura.
Para entender el abismo en el que hemos caído, debemos asimilar primero la magnitud de los cambios que hoy nos rebasan. A partir del siglo XIX y hasta la década de 1970, las sociedades avanzadas de Occidente presentaban cada vez menos desigualdades. Gracias a los impuestos progresivos, los subsidios gubernamentales para los pobres, la prestación de servicios sociales y las garantías contra la indigencia, las democracias modernas se sustraían a los extremos de riqueza y pobreza.
Sin duda, las diferencias existentes se mantuvieron. Los países escandinavos esencialmente igualitarios y las sociedades mucho más diversas del sur de Europa, conservaron sus características. Por su parte, los países de habla inglesa de ambas orillas del Atlántico junto con el Imperio Británico, siguieron mostrando sus diferencias de clase durante mucho tiempo. Pero a su manera, cada uno se vio afectado por la creciente intolerancia de la desigualdad desmedida, impulsando la prestación pública para compensar la insuficiencia privada.
Durante los pasados treinta años hemos ensanchado esta distancia. Seguramente, el concepto de "nosotros" varía según el país. Los extremos de mayor privilegio privado e indiferencia pública han vuelto a aparecer en los EE.UU. y el Reino Unido, epicentros del entusiasmo por el capitalismo de mercado desregulado. A pesar de que países tan distantes como Nueva Zelanda y Dinamarca, Francia y Brasil, han expresado su interés periódico por la desregulación, ésta no se ha correspondido con la de Gran Bretaña o Estados Unidos en su inquebrantable compromiso por la desintegración, en las últimas décadas, de la legislación social y la fiscalización económica.
En 2005, el 21.2 por ciento del ingreso nacional de los EE.UU fue devengado por apenas el 1.0 por ciento de los asalariados. En contraste, en 1968 el CEO de General Motors se echó al bolsillo, en salarios y prestaciones, unas sesenta y seis veces más que la cantidad pagada a un trabajador típico de GM. Hoy en día, el CEO de Wal- Mart gana novecientas veces más que el salario de su empleado promedio. Por su parte, la riqueza de la familia del fundador de Wal-Mart se estimó en 2005 en aproximadamente la misma cantidad (90 billones de dólares) que la percibida por el 40 por ciento de la población de los EE.UU.: 120 millones de personas.
Desde la década de 1920, el Reino Unido también presenta ahora una mayor desigualdad de ingresos, riqueza, salud, educación y oportunidades de vida que en cualquier otro momento. Hay niños más pobres en el Reino Unido que en otros de los países de la Unión Europea. Asimismo, desde 1973 la desigualdad en el salario neto se incrementó más en el Reino Unido que en cualquier parte, excepto en EE.UU. Los nuevos empleos creados en Gran Bretaña entre los años 1977-2007 se ubicaron en un nivel muy alto o, la mayor parte, en el extremo inferior de la escala salarial.
Las consecuencias son claras. Se ha producido un colapso en la movilidad intergeneracional: en contraste con sus padres y abuelos y tanto en el Reino Unido como en EE.UU., los niños de hoy tienen muy pocas posibilidades de mejorar las condiciones en las que nacieron. Los pobres permanecen pobres.1 La desventaja económica para la inmensa mayoría se traduce en mala salud, pérdida de oportunidades educativas y, cada vez más, los síntomas de la depresión familiar consecuentes determinan el alcoholismo, la obesidad, la obsesión por el juego o la delincuencia menor. Los desempleados o subempleados pierden las capacidades que habían adquirido y se vuelven crónicamente prescindibles para la economía. La ansiedad y el estrés, por no hablar de la enfermedad y muerte prematura, los persiguen.
La desigualdad en los ingresos exacerba los problemas. Así, la incidencia de enfermedades mentales se relaciona estrechamente con el desplome de los ingresos en los EE.UU. y el Reino Unido, mientras que los dos índices son suficientemente independientes en el resto de los países de Europa continental. Incluso los niveles de confianza, del crédito que experimentamos hacia nuestros conciudadanos, se corresponde negativamente con las diferencias de ingresos: entre 1983 y 2001, la desconfianza aumentó notablemente en los EE.UU., el Reino Unido e Irlanda, tres países en los que el dogma del self-interest no regulado era puntualmente aplicado a la política pública. En ningún otro país se registró un aumento comparable en la desconfianza mutua.
Incluso dentro de cada país, la desigualdad juega un papel crucial en la evolución de la vida de las personas. En los Estados Unidos, por ejemplo, las posibilidades de tener una vida larga y saludable está estrechamente marcada por los ingresos: los residentes de los distritos ricos pueden esperar vivir más y mejor. Las mujeres jóvenes en los estados más pobres de EE.UU. tienen mayores probabilidades de quedar embarazadas en la adolescencia -y sus bebés tendrán menos posibilidades de sobrevivir- que sus pares en estados más ricos. De la misma manera, el niño de un barrio desfavorecido tiene una mayor probabilidad de abandonar la escuela secundaria que si sus padres perciben un ingreso fijo de gama media y viven en una parte próspera del país. En cuanto a los hijos de los pobres que permanecen en la escuela, no les irá tan bien: obtendrán malas calificaciones, menos satisfacciones y empleos con salarios bajos.
La desigualdad, entonces, no es sólo poco atractiva en sí misma: se corresponde claramente con las problemáticas de patología social, las que no podemos aspirar a solucionar a menos que atendamos sus causas profundas. Hay una razón por la cual la mortalidad infantil, así como la esperanza de vida, la delincuencia, la sobrepoblación carcelaria, las enfermedades mentales, el desempleo, la obesidad, la desnutrición, el embarazo adolescente, el consumo de drogas ilegales, la inseguridad económica, el endeudamiento personal, la ansiedad, etc., etc., son mucho más marcados en EE.UU. y el Reino Unido que en la Europa continental.
El peor de los problemas sobrevendrá cuando se amplíe aún más la diferencia entre una minoría próspera y la inmensa mayoría de miserables. Esta afirmación parece ser cierta tanto para los países ricos como para los pobres. El asunto no es cómo un país llega a ser rico, sino cómo es que fomenta la inequidad. Así, Suecia y Finlandia, dos de los países más ricos del mundo en ingresos per cápita o PIB y que constantemente van a la cabeza del mundo en los índices de bienestar, muestran una franja de separación estrecha entre sus ciudadanos ricos y pobres. Por el contrario y a pesar de su enorme riqueza, Estados Unidos siempre está por abajo en dichas medidas. Gastamos grandes cantidades de dinero en servicios médicos, pero la esperanza de vida en EE.UU. es inferior a la que ofrece Bosnia, y apenas por arriba de la de Albania.
La desigualdad es un corrosivo que pudre a las sociedades desde el interior. El impacto de las diferencias materiales tarda un poco en aparecer, pero debido a la competencia por el estatus que propicia el consumo de mercancías, la gente experimenta un creciente sentimiento de superioridad o inferioridad con base en sus posesiones; asimismo, el prejuicio hacia aquellos en los peldaños inferiores de la escala social se endurece y las crestas de la delincuencia y las patologías producto de la desventaja social se vuelven más marcadas. El legado de la generación de riqueza no regulada es una amarga verdad.
En una fecha tan recientemente como es la década de 1970, la idea de que el propósito de la vida era hacernos ricos y que los gobiernos existían para facilitarlo hubiera sido ridículo, y no sólo para los críticos tradicionales del capitalismo sino también para muchos de sus más firmes defensores. Una relativa indiferencia hacia la riqueza por sí misma se había extendido en las décadas de la posguerra. En una encuesta entre escolares ingleses levantada en 1949, se observó que en cuanto más inteligente era un muchacho se hacía más probable que eligiera una carrera interesante con un salario razonable por encima de una en la que sólo le pagarían bien.3 Hoy los escolares y estudiantes universitarios apenas si pueden imaginar algo más que la búsqueda de un trabajo lucrativo.
¿Por dónde deberíamos empezar para reparar el daño a una generación obsesionada con la búsqueda de riqueza material e indiferente a tantas otras cosas? Tal vez podríamos comenzar recordándonos a nosotros mismos y a nuestros hijos que no siempre fue así. Pensar bajo una "mística" económica, según lo hemos hecho desde hace ya treinta años, no es intrínseco al ser humano. Hubo un tiempo en que nuestras vidas se ordenaron de otra manera.