Mostrando entradas con la etiqueta SERES EXCEPCIONALES. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta SERES EXCEPCIONALES. Mostrar todas las entradas

sábado, 21 de octubre de 2017

A 50 años de la muerte de Ernesto Che Guevara: Los sesenta, tan lejos y tan cerca

Aldo Marchesi 

11/10/2017
A pocos días de que el almanaque señale que ya pasaron cincuenta años del asesinato del ícono, Aldo Marchesi, autor de un estudio sobre la “izquierda radical” latinoamericana en los años sesenta de próxima aparición, (1) da su opinión sobre las distintas facetas de su pensamiento y acción. El historiador destaca, entre otras cosas, las dificultades para analizar desde el hoy —opina— a una figura tan anclada en su época que a pesar de ello siempre renace como símbolo de rebeldía. Incluso en un tiempo como el actual, en el que la violencia social se manifiesta de forma tan abierta pero en el que se condena con demasiada facilidad a la “violencia de abajo”. Le entrevistó Daniel Gatti para Brecha.
—¿Hay un legado del guevarismo? ¿Se puede ver al Che como una figura vigente en estos tiempos?
—Es bastante complejo pensar la manera en que las izquierdas se sitúan ante Guevara y su eventual trascendencia, fundamentalmente por los cambios que ha habido en torno a temas como la revolución o la violencia. Son asuntos en los que el cambio histórico ha sido extremadamente radical.
La reflexión sobre la violencia revolucionaria, que es un elemento central de la modernidad —no sólo de la izquierda, sino de todas las tendencias en la mayor parte del siglo XIX y del XX—, ha tenido una serie de transformaciones realmente importantes en las últimas décadas. La subjetividad de un Guevara puede verse en ese sentido como mucho más cercana a la de un Giuseppe Garibaldi que a la de los tiempos actuales.
Las dificultades para conectarse con ese pasado las ilustró muy bien el historiador Alessandro Portelli al contar la historia de un partisano que cada año iba a escuelas y liceos de Italia a recordar la épica de la lucha contra el fascismo. En los noventa el partisano notó que algo estaba cambiando en la manera en que lo percibían los jóvenes. Un día un estudiante le preguntó si él había matado a alguien. El hombre dijo que sí, que estaba combatiendo en una guerra. Y el estudiante le respondió: “Usted es tan asesino como los fascistas”. El tipo quedó mudo, no supo qué decir a alguien que no consideraba que fascistas y antifascistas defendían proyectos diametralmente opuestos sino que los igualaba en que unos y otros habían matado.
Ahí te das cuenta de la diferencia de tiempos históricos y de lo difícil que resulta pensar desde el hoy, después de tantos años de discurso sobre los derechos humanos, el humanismo, la no violencia, ciertos asuntos que eran centrales cinco décadas atrás.
Hay investigadores que vienen trabajando sobre cómo desde los noventa la historia pasó a ser contada no a partir de los proyectos históricos concretos, sino a partir de la idea de que todo se reduce a las figuras de víctima y victimario. Muchos autores pasaron a relatar el siglo XX como el siglo de la “gran matanza”, y, desde una visión “humanista” algo estrecha, englobaron bajo el mismo concepto de “asesinos” a rojos y blancos, a fascistas y comunistas, a los movimientos de liberación del Tercer Mundo y a los colonialistas, hasta a aliados y nazis, como si todos valieran lo mismo y la historia fuera una sucesión de crímenes, de gente matando a otra gente. Guevara ha sido visto desde ese ángulo como un “asesino perfecto”, obturando la visión sobre su proyecto.
—Esa imposibilidad de trasladarse a aquellos años, de la que hablabas antes, ¿no está vinculada a que ahora cuesta mucho encontrar proyectos emancipadores?
—En cierta manera sí, y al hecho de que la propia idea de revolución está en crisis. La palabra revolución se mantiene dentro del lenguaje político, pero muy pocos la invocan o la defienden. Y en los últimos treinta años es muy difícil encontrar en el mundo un proceso que se instale dentro de la lógica de las revoluciones clásicas (la francesa, la rusa, la china, la cubana, la mexicana, para poner ejemplos).
El otro asunto que dificulta la reflexión es la crisis de las izquierdas en la pos Guerra Fría, con el triunfo ideológico del liberalismo conservador y de ciertas ideas neoliberales, que en los noventa se convirtieron en la nueva utopía.
Aun con todos esos elementos que dificultan pensar el legado, creo que hay muchas cosas de Guevara que siguen siendo bien interesantes y tienen contemporaneidad.
—¿Cuáles serían? 
—Uno puede identificar cuatro Guevaras: uno político, uno militar, otro que reflexiona sobre la ética en los procesos revolucionarios, y un cuarto que pone el acento en la emancipación del Tercer Mundo como punto central de su accionar y que habla de la necesidad de globalizar las luchas. Es en estos dos últimos aspectos que me parece que su legado podría ser visto como más vigente.
Pienso que varios elementos de los diagnósticos sobre la realidad latinoamericana que planteaba Guevara siguen siendo pertinentes: la idea de que existen grandes trabas para lograr cambios de fondo por medios legales, el marcado carácter reaccionario de ciertas clases dominantes en América Latina, las dificultades para construir un liberalismo democrático que dé espacio a los sectores populares. Estos temas, que el Che planteaba a principios de los sesenta, reaparecieron ahora con otro lenguaje, sobre todo con el fin del ciclo progresista.
A Guevara se lo percibe como el “radical” por excelencia, pero en los inicios de la revolución cubana él buscaba acuerdos y espacios de negociación y convivencia con distintos países de América Latina: viene a Uruguay y pronuncia su famoso discurso en la Universidad, se reúne en Argentina con el presidente Arturo Frondizi, en Brasil le dan una medalla de honor. Los límites se los fijaron las derechas conservadoras, sobre todo la brasileña y la argentina, con su reacción, que culminó con la expulsión de Cuba de la OEA (Organización de Estados Americanos) en el 64.
Recién a mediados de los sesenta él llega a la conclusión de que los espacios de negociación política en América Latina son cada vez más estrechos y que el camino que queda para cambiar las cosas es la guerra revolucionaria. Ahí es que expande su idea del foco guerrillero, sobre la función ejemplarizante de la acción encarnada en esos superhombres que serían los guerrilleros que lograrían interpelar al conjunto de la sociedad, y que se expresa en algunos de sus trabajos, que en muchos casos son manuales de guerra.
Tal vez esa sea la dimensión menos vigente de Guevara. Incluso por los desarrollos tecnológicos actuales, imaginar que pueda existir hoy una guerrilla rural o “ejércitos populares” capaces de mantener niveles de enfrentamiento viables con ejércitos regulares se hace casi imposible. Y si te ponés a pensar en qué derivaron aquellos movimientos armados, en qué terminaron las experiencias de violencia organizada y profesionalizada de parte de grupos de izquierda, verás que generaron un fortalecimiento de las estructuras represivas estatales y acabaron en masacres.
—Volviendo a lo que decías sobre la vigencia de los diagnósticos de Guevara, la realidad latinoamericana de hoy no es tan distante de aquella de hace 50 años. Incluso se podría decir que los niveles de violencia social en muchos países han aumentado y que los gobiernos progresistas han encontrado límites muy claros para revertir esas realidades.
—Ahí hay una paradoja. Por un lado, tenemos la crítica a la violencia revolucionaria como fenómeno autoritario per se, pero, por otro lado, vivimos en sociedades cada vez más violentas, que acumulan cada vez más armas, con niveles de enfrentamiento cada vez mayores. Evidentemente no tengo una propuesta para resolver esa paradoja, por más que me inclino por descartar la violencia.
El problema del camino hacia el cambio social en América Latina siempre está en la agenda. Ese debate fue central en los sesenta. En realidad venía de antes, de los cincuenta, cuando quedaron en evidencia los techos del reformismo y del populismo, pero fue en los sesenta que hizo eclosión. La opción por la violencia fue sólo una de las opciones de un repertorio que tuvo muchas otras. Esa discusión sobre la “metodología” para el cambio ha perdido un poco de actualidad, pero no ha desaparecido. No quiere decir que hoy se dé en los mismos términos que hace cuarenta o cincuenta años, pero vuelve a estar allí.
Hoy no hay quien reivindique la acción guerrillera en América Latina, pero uno de los problemas de los sesenta es que se terminó reduciendo el tema de la violencia política a una forma muy concreta: el de la guerrilla. En realidad, en la tradición de la izquierda el repertorio de la protesta es amplísimo, y muchas están asociadas a formas de violencia que ahora se condenan con mucha ligereza.
—¿Cómo deberían reaccionar los campesinos o ambientalistas hondureños que son asesinados por decenas aún hoy? En Brasil hay ahora un debate en el movimiento sindical sobre el recurso a formas de acción directa como reacción a una reforma laboral propia de fines del siglo XIX… 
—Sí, y se habla de “sesentismo” para criticar esas posturas, de “violentismo”. Por eso remarcaba que el tema de la violencia es un tema abierto, como abierta está la discusión sobre qué es violencia.
—Decías que había otros aspectos del legado de Guevara que te parecían relativamente vigentes…
—Uno es su idea de la guerra global, que trasciende de manera muy nítida lo estrictamente militar. Su famoso mensaje a la Tricontinental es una pieza en la que plantea toda una visión sobre cómo tiene que ser el conflicto político contemporáneo. La nación tiene en ese mensaje un lugar secundario, y el énfasis lo pone en la internacionalización del conflicto. La “contradicción principal”, para hablar en términos de los sesenta, que él plantea allí es la de imperialismo versus Tercer Mundo, y el llamado bloque socialista aparece no con un papel de vanguardia sino lateral: sirve si es funcional a las luchas de los “pueblos del Tercer Mundo”, y si no lo es, deja de servir.
Guevara pensó la política en un escenario global. La internacionalización que se ha ido acentuando desde los años sesenta le ha dado razón, y en ese sentido ha sido incluso anticipatorio; también acertó en imaginar al Tercer Mundo, a los países emergentes, como centro de los conflictos políticos del futuro, aunque las derivas de esos conflictos han ido en direcciones opuestas a las deseadas por él mismo, como las que se dan en el mundo árabe con la emergencia del Estado Islámico y otros grupos similares.
Y después está el tema de la dimensión de la ética en la política, un punto que él ubicaba en un lugar central. Esto se refleja, en particular, en la carta que le manda a Carlos Quijano, conocida bajo el título de “El socialismo y el hombre en Cuba”, (2) y en los tiempos en que asume responsabilidades de gobierno, cuando polemiza con los soviéticos sobre los instrumentos de planificación de la economía o acerca de los estímulos para generar una nueva sociedad. Allí está la idea de que la revolución no debe apuntar sólo a cambiar las condiciones materiales de la gente, sino a construir un “hombre nuevo”, una forma diferente de vivir socialmente muy marcada por la idea de comunidad o por valores colectivos.
Es una idea que está en diálogo con muchas expresiones en los sesenta: la de la militancia como ética individual. En Guevara se da con fuerza especial en la manera que él toma la militancia: como un soldado. Ahí también aparece muy fuerte la idea de sacrificio. Hay textos muy duros en los que él asume que va a morir más temprano que tarde. “Cuando la muerte me encuentre”, es una frase que él repite. Es una forma de ver la acción colectiva, la militancia. Muchas veces se han establecido vínculos entre esa idea sacrificial y el peso del cristianismo en este continente, y la identificación de Guevara con Cristo ha sido muy común.
—La contracara de esta visión es lo que pasa después, cuando estos movimientos son derrotados.
—Y se produce una reversión total, al punto de que muchos protagonistas de aquellos años, integrantes de grupos guerrilleros, se bandearon hacia el otro lado al tomar conciencia de que se habían perdido en el camino de unos ideales colectivos y que no habían tenido existencia individual. Sin caer en esos extremos, en el individualismo, se generalizaron visiones muy críticas que pusieron énfasis en esa contradicción entre lo individual y lo colectivo, en cómo el sacrificio que llega hasta la entrega de la vida termina obturando la posibilidad de ser individuos, con ideas distintas, con relaciones humanas complejas. Esa literatura se profundizó luego y se extendió a temas no directamente políticos, como los vínculos entre los militantes y sus familias. En la última década se han multiplicado ejemplos en ese sentido —documentales, películas de ficción, ensayos, novelas— que hablan de la relación crítica que tienen con sus padres los “hijos de los sesenta y los setenta”. Algunos llegan a decirles a sus padres: “la militancia los llevó a abandonarnos, y vean cómo estamos”. Y a menudo los padres se quedan sin palabras. Aunque no estén explicitadas, se trata de críticas ideológicas a una manera de concebir la militancia de la que Guevara fue un abanderado.
—Sacando toda la explotación comercial, pasando por encima de la “recuperación” capitalista de un ícono revolucionario, de ese “volveré y seré remera”, el Che ha sido presentado por propios y extraños como el rebelde por antonomasia. Cincuenta años después, ¿qué o quiénes encarnarían esa figura del rebelde con causa?
—Hay una dimensión rebelde de Guevara, claramente, pero si uno va más a fondo, más que como a un rebelde se lo debería ver como a un revolucionario que justifica racionalmente todo aquello por lo que lucha y los métodos que elige. Es un soldado revolucionario, no un rebelde romántico en un sentido más instintivo. Se han escrito toneladas de libros sobre la significación de Guevara como ícono, pero a mi juicio falta seguir explorando por ese lado. Más allá de lo que se habla sobre el vaciamiento de su prédica, que barras de fútbol lo evoquen, que en los asentamientos lo luzcan con orgullo, que Maradona se lo tatúe, quiere decir algo. En la lectura popular de Guevara hay una crítica al orden establecido, al imperialismo, al capitalismo, un rescate de la entrega, del poner el cuerpo, de desafío a los enclaves del sistema, aunque no se lo diga así.
En esta zona del mundo no hubo remplazo del Che. La política ha ido por otros rumbos. En otras zonas sí lo hubo, para mal, como en el mundo árabe, donde se lo ha sustituido con otro modelo muy distinto de héroe, el del fundamentalista. En Europa apareció el “indignado”, pero es un actor colectivo y de una significación muy distinta.
Allí se ve también cómo Guevara fue, por un lado, una figura muy de su época, difícil de transponer al hoy, pero al mismo tiempo encarna una crítica política a un sistema, y que sigue siendo convocante.
En definitiva, las formas de la rebeldía van cambiando pero tienen continuidades históricas, y el hecho de que cíclicamente Guevara aparezca tiene que ver con eso. Otro historiador italiano, Enzo Traverso, dice que la izquierda tiene una relación melancólica con su pasado. Me parece una manera muy precisa de ver la cosa: el pensamiento de izquierda ha tenido transformaciones muy positivas, como las reflexiones sobre el autoritarismo, pero no termina de establecer un diálogo racional, articulado, con su pasado. Aquellos que se sienten de izquierda, que reconocen que aquella experiencia histórica es constitutiva de su identidad política, con sus aciertos, errores y horrores, recurren a la melancolía porque no saben cómo resolver el duelo con ese pasado. Pasa algo así con los sesenta: no se termina de decidir qué tomar y qué dejar de esos años.
Notas:
1) Latin America’s Radical Left. Rebellion and Cold War in the global 1960s. Prensa de la Universidad de Cambridge, Inglaterra, publicación prevista para este mes. Siglo XXI editará la versión española en 2018. 
2) El texto originalmente publicado en Marcha (Montevideo, 12-3-1965), estará disponible en Brecha. Una reproducción de la portada de ese ejemplar puede verse en este especial.
Doctor en Historia (New York University). Profesor agregado de la Universidad de la República (Uruguay). Director del Centro de Estudios Interdisciplinarios Uruguayos (CEIU). En los últimos años ha publicado diversos artículos sobre historia reciente y procesos de memoria colectiva en Uruguay, y viene realizando diversos estudios en torno a la historia de la izquierda armada en el Cono Sur.
Fuente:
Brecha, 6 de octubre 2017

lunes, 9 de octubre de 2017

Toda gran crítica es una deuda de amor, George Steiner


George-Steiner


El espíritu europeo, tal como usted lo define a lo largo de toda su historia (que parte del texto bíblico), ¿puede seguir manteniendo su autoridad? ¿Qué realidad concreta puede expresar hoy? ¿No se encuentra irremediablemente desacreditado?
Personalmente, le respondería que yo no podría vivir sin él. Para mí es una forma de goce y reconocimiento. El crítico, el profesor lo agradece. Es algo que se expresa aprendiendo textos de memoria. Esto es visto hoy como la ridiculez máxima, en la escuela los niños ya no aprenden nada de memoria. Pero las cosas que amamos, nos gusta llevarlas dentro de nosotros para vivir con ellas, en una relación orgánica que es la de la memoria. Con la edad, esto se ha vuelto para mí un ejercicio fundamental. Todas las mañanas tomo un pasaje, de un gran clásico o de la Biblia, y lo traduzco a mis cuatro lenguas. Ayer fue un pasaje de Tucídides, tomado del gran capítulo sobre la peste en Atenas. Leyéndolo, aprendiéndolo, uno se pone a recordar a Defoe y su descripción de la peste en Londres, luego piensa en Camus… Y de repente, las campanas vibran a través de nuestra cultura europea, con este sentimiento de repetición, de eco interior. Lo que me horripila de la deconstrucción, lo característico de esta “preciosa ridícula” francesa, es su falta de agradecimiento y de alegría. El señor Derrida tiene desde luego talento, leerle es a menudo apasionante, pero su juego de palabras sobre el “pre-texto” resulta inadmisible. Shakespeare no es un pretexto para nadie; Proust y Dante, tampoco. Estoy entre los que se regocijan de lo que nos ofrece nuestra cultura. La primera frase del primer libro que leí de niño era de Dostoievski: “Toda gran crítica es una deuda de amor”. Nunca traicioné esa frase. Todo está en el gran misterio del agradecimiento por la cultura. Y todo lo que la cultura exige de nosotros es autoridad.
George Steiner
Entrevista con Isabelle Albaret y Olivier Mongin
Esprit, diciembre de 2003
Foto: George Steiner

https://calledelorco.com/2015/02/10/toda-gran-critica-es-una-deuda-de-amor-george-steiner/

sábado, 7 de octubre de 2017

Juan Nuño (1927-1995), por Ibsen Martínez



Resultado de imagen para Ensayos Polémicos de Juan Nuño -

[PDF]Ensayos Polémicos de Juan Nuño - 




Resultado de imagen para juan nuño

Juan Nuño (1927-1995), por Ibsen Martínez

28 de marzo, 2012

“La nostalgia es otra forma de la utopía”. Esto escribió Juan Nuño en una de sus columnas del El Nacional, a mediados de los años ochenta.
No recuerdo a punto cierto “de qué iba” la columna; sólo sé que la frase se quedó conmigo hasta el sol de hoy, cuando lo más veraz que cruzó por mi cabeza tan pronto comencé a escribir este artículo fue ese aforismo nuñiano y como es muy cierto que las ideas vienen con el lenguaje, y no al revés, es nostalgia lo que asocio a la palabra “Nuño” y, sin más, me entrego a ella.
Esta semana, conmemorativa de lo que habría sido su cumpleaños número 85, comenzó el domingo pasado con una entrega especial del “Papel Literario” de El Nacional. Para hoy miércoles se anuncia un acto en la UCV en el curso del cual me hallaré en muy buena compañía, con gente muy de tejas arriba, casi toda ella del mundo académico venezolano, gente que como yo, también fue amiga de Juan Nuño mientras anduvo por el mundo dando guerra.
Me honra sobremanera que se haya pensado en mí y me alegra burda poder allegar una palabra o dos de evocación apreciativa a los eventos pautados por la Asociación de Profesores de la UCV y la Escuela de Filosofía de esa casa de estudios, porque, en verdad, Juan Nuño y yo fuimos amigos y lo primero que cuento como muy singular de esa amistad es que nada estaba dispuesto en mi vida para ser amigo suyo. No éramos contemporáneos, no ibamos por los mismos andurriales; hacer amistad con Nuño estuvo entra las cosas más improbables y chéveres que pudo pasarme en aquel tiempo que hoy nostalgio.
[Debemos a Alberto Barrera Tyszka el verbo “nostalgiar” que encuentro muy apto para aparejar este articulo.]
Nostalgia primera : Un día de entre los días de aquellos remotos años ochenta, me enzarcé en un muy feo intercambio de pesadeces con el politólogo Anìbal Romero en el curso de algo que hubiera debido ser polémica “de altura” si yo no hubiese cedido a mi intemperancia con un barriobajero artículo francamente injurioso y perdonavidas del que todavía no alcanzo a avergonzarme lo bastante. Como Aníbal no es pendejo, me asestó un gancho de contragolpe ― un gancho barquisimetano, saquen la cuenta ― y yo, encarajinado, me aprestaba a la escalada cuando sonó el teléfono. “Es Juan Nuño”, dijo mi hijo al pasarme el teléfono.
Ahora bien, Nuño y yo nos conocíamos como suele decirse de “quihubo quihubo” y una cortés cabezada al cruzarnos en la redacción de El Nacional donde compartiamos página con tipos tan lerdos como José Ignacio Cabrujas y Manuel Caballero. Yo lo admiraba mucho, desde luego, desde los tiempos en que él escribía la reseña la cronica de cine de la desaparecida revista Suma,otra nostalgia. Pero ¿una llamada de Nuño?
Cuando me puse al habla, Nuño saludó muy cortésmente y enseguida me dijo : “Oigan, paren eso, parecen dos chiquillos.” No era un regaño, era un reclamo amistosísimo. Lo que siguió fue una frondosa y cordial reconvención, trufada con encomios para Aníbal y este servidor, destinados a encarecer la idea de que “dos tipos como ustedes no pueden estar a la greña”. Y añadió algo que sonó a afectuosa amenaza: “No voy a permitirlo”.
Como Nuño era, a su castiza manera, anglófilo , creo que al tono de su voz y a su amigable fraseo les cuadra muy bien la palabra inglesa “avuncular”. Total de la vaina que el profe se ofreció a juntarnos en una cena en su casa para hacer las paces y de sólo imaginar a Juan Nuño puesto en el desagradable trance de pedirnos que nos dejásemos de vainas y nos diésemos la mano me irrigó la cara una roja ola de vergüenza.
Soy muy bueno improvisando y al bote pronto le dije que de ninguna manera, que como yo habìa empezado la gresca me tocaba ponerle fin y ofrecer las excusas del caso. Todo lo que necesitaba era el número de teléfono de Aníbal. Si un cuento es breve es dos veces bueno: Nuño me dio el teléfono de Aníbal, ofrecí excusas, Anibal las aceptó y el caso es que a estas alturas ni él ni yo recordamos porqué fue que agarramos piedras del piso.
El episodio tuvo para mì el valor de una lección en civilidad y respeto por la opinión ajena y me sirve hoy para fechar el momento en que dio inicio nuestra amistad porque aquel rifirafe con un amigo suyo fue el pasadizo por el que, para fortuna mía, terminé yo siéndolo también.¡Y ya basta de remembranza querendona!
Termino recomendando el que acaso sea su libro mejor : “Los mitos filosóficos” que debe leerse inmediatamente antes de “La filosofía en Borges”. Y para los sibaritas, “La veneración de las astucias”.
Nuño. ¡Vaya si ha hecho falta todos estos años!

JUAN NUÑO De un nazismo al otro

Resultado de imagen para juan nuño



Lo de menos es la anécdota: hace más de cincuenta años, Hitler toma el poder en
Alemania. Ni cómo lo toma: golpe, semi-golpe, elecciones, coaliciones, artimañas,
incendio del Reichstag, amenazas. Ni por qué lo toma: crisis económica, revanchismo
bélico, militarismo prusiano, cobardía de las democracias, recurso frente al
bolchevismo. Lo que cuenta es lo que el nazismo significa. No lo que significó hace
cincuenta años: lo que sigue significando, su innegable peso en este siglo, el siglo de las
ideologías totalitarias en marcha, ensayadas y más que probadas: triunfantes.
Sólo que gracias a los historiadores, a Hollywood, a los politólogos y al sadismo
pornográfico, la imagen de un nazi es una mezcla de monstruo vestido de negro
chorreando baba mientras tortura a una víctima semidesnuda y triturada, todo ello bajo
la cruz gamada. El coco de la época: bueno para asustar niños democráticos.
Con el nazismo hay que comenzar por negar. No fue un fenómeno aislado,
excepcional, extraordinario que un mal día irrumpió en la culta, industriosa, avanzada y
democrática nación alemana. Al contrario: sale del más oscuro y auténtico modo de ser
alemán; nutrido en el viejo irracionalismo romántico, a lo Wagner, a lo Nietzsche;
formado en las ideas totalitarias de la gran filosofía alemana, a lo Hegel, a lo Fichte, con
la prédica ciega de la adoración hacia el todopoderoso Estado; aderezado con la salsa
bien germana del antisemitismo más cerril, aquel que se basa en el rechazo a todo lo que
no sea eigentlich bei uns. El nazismo pertenece a Alemania tanto como Sigfrido, el
Walhalla y Lutero. O tan poco como Goethe, Beethoven y Durero. El nazismo no fue un
suceso patológico, la acción violenta e incontrolable de unos cuantos locos desatados
que, mediante la técnica del Putsch y el ejercicio del terror, se imponen a todo un
pueblo pacífico y amenazan al mundo. Ojalá hubiera sido así. Los nazis eran seres
perfectamente normales, sanos, equilibrados, padres de familia, trabajadores, sobre
todo, trabajadores y organizados. Verdaderos modelos de burguesía burocrática,
tranquila y disciplinada. Eso sí: con una ideología en qué creer y un programa que
cumplir. Una anécdota poco conocida revela su seriedad. El 9 de noviembre de 1938
caía abatido en París Ernst von Rath, consejero de la Embajada alemana, asesinado por
el judío polaco Grynzpan, desesperado por la deportación a que se vio sometida su
familia. Aquel homicidio fue la chispa que desencadenó la famosa Kristalinacht del 10
de noviembre en toda Alemania: quema de sinagogas, ataques a negocios judíos y
violencia física contra las personas. Esa orden aislada había partido de Goebbels a las
SA, la secciones de asalto de los primeros tiempos del partido nazi. La orden creó un
profundo malestar en el partido. Goering, Himmler y el propio Hitler criticaron
internamente los hechos y condenaron los excesos. Pues los nazis no propugnaban
ninguna violencia vulgar y callejera contra los judíos. Eran gente seria. La espinosa
Judenfrage debía resolverse científicamente, no a empellones, latas de gasolina y
cristales rotos. Y en efecto: trataron de resolverla definitivamente: Endlösung, es decir,
seis científicos millones. Para una primera prueba, no está mal.
Sobre todo, el nazismo no quedó limitado a un país y a una época. Basta ya del
recuento de los hechos y de las interpretaciones histórico-económicas. Frente al libro
clásico de Shirer (The Rise and Fall of the Third Reich), el poco transitado de Arendt
(The Origins of Totalitarianism). El nazismo no sólo fue algo del pasado alemán. Forma
parte de nosotros y de este siglo. Está ahí, aquí, en todas partes. El nazismo en tanto
expresión histórica, es decir, Hitler y el movimiento nazi, fue tan sólo un primer
ejercicio de dominación total. Pero no ha sido el único: fue el primero y fracasó. Mas el
ser humano es tesonero y cree en el progreso. Ahí está el Gulag, del que podrán decirse
muchas cosas, pero no que es un fracaso. La dominación ideológica total ha prendido en
el cuerpo social. La civilización puede sentirse orgullosa. A partir de Occidente, pero
ahora sin limites mundiales, esta civilización, a fuerza de abstracciones, ha creado la
obra maestra: la ideología totalitaria.
Se comenzó con la abstracción de un dios, en vez de muchos; se siguió con la
abstracción de la naturaleza y se llegó a la despersonalización de las fuerzas y poderes
que explican acciones y procesos. Por eso, tras la ideología nazi, hay que buscar la
noción biológica de supervivencia del más fuerte y superior. Ello explica que los
ejecutantes nazis pudieran ser a la vez implacables y tranquilos, malvados y banales:
estaban aplicando una ley biológica, la que exige primar al superior sobre el inferior.
Eso fue todo. Detrás de la ideología comunista, la noción histórica de la supervivencia
de grupos: la lucha de clases lo explica todo y todo lo justifica. Oponerse a la
Judenreinnigung, a la limpieza de sangre mediante la eliminación de judíos, era tan
insensato como oponerse a la curación del cáncer. Disentir de las purgas de Stalin o de
los hospitales psiquiátricos de Breznev o de la KGB de Andropov es tan absurdo como
no estar de acuerdo con la liberación de los esclavos. Aquello fue una necesidad
biológica; esto equivale a una obligación histórica. Ambas ideologías pretenden ser
científicas, se resguardan en leyes y aspiran a servir a toda la humanidad. Para siempre,
para todos los hombres, sin apelación, pues son La verdad y La solución. En eso
estamos. Y al que no le guste, ya sabe qué elegir: el holocausto termonuclear, la otra
cara de la moneda. La cara tecnológica de una moneda científica que alimenta las
grandes ideologías totalitarias del siglo.
Pese a todo, hay que reconocer que el nazismo tiene algo de anecdótico, de historia
tenebrosa, un poco démodé. Comparado con lo que vino después, Hitler era un pobre
tipo, apenas un aficionado de provincias. Recuerda mucho al Jack the Ripper de aquella
ingeniosa película de Nicholas Meyer Time after Time («Escape al futuro»), en su
didáctico enfrentamiento con el candoroso Wells juvenil, creyente en la utopía y en el
socialismo. En aquella habitación de hotel californiano, Jack el Destripador enseña al
victoriano Wells, recién llegado de 1893 en su máquina del tiempo, otra máquina, la
televisión, plagada de guerras, crímenes, violencias, genocidios, muerte por doquier, y
entonces es cuando suelta la gran frase, la que ahora podría decir con toda propiedad
Adolf Hitler de estar vivo: «En mi época, yo era un monstruo y ahora me siento un
simple amateur».
No importa que no maten a Klaus Barbie, alias Klaus Altnann. Con él, por ahora el
último de los nazis, montarán otra vez el gran espectáculo encantorio. La buena
conciencia de la humanidad se sentirá aliviada una vez más al abrazar como verdades
sus propias creencias. De nuevo se demostrará que los nazis fueron unos monstruos,
horrendos mutantes indignos de la especie humana, dedicados al estupro, al genocidio y
al sadismo; se releerán historias de la casa de los mil horrores, en las que la maldad
quedará localizada y concentrada, expuesta ante los atónitos ojos de los inocentes y de
los infelices fascinados por la destructora vorágine. Como invasores de un planeta
tenebroso y lejano un mal día llegaron para hacer sufrir y exterminar a medio mundo.
Fue un monstruoso accidente, una ráfaga de locura divina, la negra noche en que las
potencias demoníacas se enseñorearan de la tierra embutidas en sus relucientes
uniformes negros tocados de la plateada calavera. Los ángeles terribles. La espada
vengadora. El castigo de Dios por los pecados de los hombres. La amarga hora de la
expiación.
Se cierran los ojos y se olvida; o se abren a rachas para recordar confusa la pesadilla
mientras mecánicamente se reza que no vuelva a suceder. Marcado del infamante signo
de la cruz gamada, yérguese el Mal ante los hombres, separado y cercano, distante y
próximo, decididamente lo Otro, la Negación, el Enemigo. Cuando juzguen a Barbie se
evocarán sus sevicias y los campos de exterminio, Drancy y Auschwitz, los vagones de
ganado humano, las cámaras de gas y la «solución final». En la sombra, muy atrás,
agazapados, en el oscuro rincón de la memoria, sin jamás mencionarlos, quedarán los
pogroms, las inquisitoriales piras, los primeros campos de concentración sudafricanos
inventados por los ingleses, las múltiples noches de San Bartolomé, el millón largo de
armenios masacrados, el tráfico de esclavos, las brujas calcinadas, los niños de
Guernica, los indios exterminados, los mencheviques exterminados, los protestantes
exterminados, los católicos exterminados, las purgas de Stalin, el ejército de niños en la
santa cruzada, otros nazis, los mismos nazis, la bestia demasiado humana. Klaus Barbie
hoy, Adolf Eichmann ayer pueden llenar su pecho de civilizado orgullo: representan a
cabalidad toda una forma de ser y de vivir, una tradición histórica secular. Que
ciertamente, ni lo quiera Dios, no termina con ellos. Hacia adelante surgen otros hitos
no menos gloriosos: My Lai, los boat people, los Rosenberg electrocutados, Sabra,
Chatila y Tal-al-Zahar, el «septiembre negro», el inmenso Gulag, los desaparecidos, las
madres de Mayo, el éxodo de Mariel, el apartheid, Camboya, Indonesia, Etas y otras
Iras, brigadas rojas, negras, de todos los colores, Vietnam y las bombas de
fragmentación y el napalm y los defóliantes, Idi Amin, Pol Pot, Bokassa. Donde elegir
mientras lleguen los legítimos e inevitables sucesores.
Barbie era un infeliz, un funcionario más, apenas un modesto burócrata, incipiente
aprendiz de brujo, un ínfimo tornillo escondido en la selva boliviana. Van a hacerle de
pronto el inmenso honor de ponerle bajo los focos, de concentrar en él toda la luz, de
convertirlo en símbolo del Mal. Una vez más, objetivo cumplido: al fondo, en las
resplandecientes tinieblas que nadie quiere ver, la gran máquina de esta civilización sin
la cual ni Barbie ni Hitler ni Stalin ni Pinochet ni Castro ni Franco ni iglesias ni partidos
únicos ni dogmas ni ideologías ni líneas doctrinarias funcionan y se comprenden.
Mejor, no se intenta comprender y se les deja sólo funcionar, hormigas incansables de
una civilización de persecución, intolerancia y muerte, humanísima. Cristianísima.
Judeocristianísima. Mahometanísima. Monoteísta y excluyente. Por algo el hombre
cayó del Paraíso al abyecto estado del pecado en el que nace y vive, y Dios, todo
magnanimidad, desde lo alto, cuida de redimirlo, una y otra vez, por el fuego, el
sufrimiento y la muerte.
Cuando Simon de Montfort, una luminosa mañana del verano de 1209, duque de
Montfort, pero en realidad funcionario de la represión de entonces y de siempre, un
Klaus Barbie de la época, dio a sus tropas la fría orden de entrar a sangre y fuego en la
ciudad de Béziers y pasar a cuchillo a todos sus siete mil moradores, hombres, mujeres,
niños, jóvenes y ancianos, sin exclusión, todos ellos cátaros, albigenses, herejes,
enemigos, alguien, un alma cándida, que nunca faltan, le hizo observar que con tan
drástica medida se exponía a llevarse por delante a más de un inocente. La
tranquilizadora respuesta de Amairie, obispo catalán, retrata a todos los Barbies, a todos
los humildes burócratas del mal, a todos los dulces creyentes en cualquier verdad,
revelada o dialéctica: «El Señor, allá arriba, en su infinita sabiduría, sabrá separar

inocentes de culpables». Amén.

Imagen relacionada

"Los últimos quince años de su vida sobre todo los dedicó Nuño a intervenir con sus análisis, desde diversas tribunas de prensa, en los más variados asuntos. Pero sería un error ver en esta actividad una afición de diletante, añadida a una carrera académica exitosa y ya concluida. Tampoco sería acertado caracterizarla echando mano de las categorías al uso en los medios de comunicación. Nuño no fue un comentarista más o menos especializado en temas específicos, de los que era capaz de abordar un amplio abanico, extrayéndolos de la actualidad política, la historia, la literatura o los simples lugares comunes de las opiniones de sus contemporáneos. Pero cualquier lector de esta parte de su obra comprende de inmediato que tiene delante un corpus, a la par que heterogéneo, coherente: conocimientos adquiridos y refinados durante más de treinta años de ejercicio de la filosofía, aparecen aquí perfectamente aclimatados a una función crítica esencial: contribuir al desvelamiento de las falacias e imposturas –los idola fori, habría dicho Bacon– que impiden la cabal comprensión del mundo en que vivimos. En última instancia, un objetivo invariablemente perseguido por Nuño en sus tres facetas filosóficas: la de helenista, la de especialista en lógica, filosofía del lenguaje y filosofía de la ciencia, y la de intelectual comprometido con sus coetáneos.
La valoración de la obra de Juan Nuño, se la dejo al también filósofo Alejandro Rossi: “Obra firme, erudita, original, entre lo más recordable de la filosofía en lengua española contemporánea.”
http://www.analitica.com/opinion/opinion-nacional/para-no-olvidar-a-juan-nuno/
Imagen relacionada
Bibliografía de Juan Nuño
  • La revisión heideggeriana de la historia de la filosofía. Episteme, Caracas, 1962.
  • La dialéctica platónica. Su desarrollo en relación con la teoría de las formas. Episteme, Caracas, 1962.
  • El pensamiento de Platón. Ediciones de la Biblioteca de la Universidad Central de Venezuela, Caracas, 1963; 2ª ed.: Fondo de Cultura Económica, México, 1988.
  • Sentido de la filosofía contemporánea. Ediciones de la Biblioteca de la Universidad Central de Venezuela, Caracas, 1965; 2ª ed., 1980.
  • Sartre. Ediciones de la Biblioteca de la Universidad Central de Venezuela, Caracas, 1971.
  • El marxismo y las nacionalidades. El planteamiento de la cuestión judía en el marxismo clásico. Ediciones Tercer Mundo, Bogotá, 1972.
  • La superación de la filosofía y otros ensayos. Ediciones de la Biblioteca de la Universidad Central de Venezuela, Caracas, 1973.
  • Elementos de lógica formal (1975). 2ª ed.: Ediciones de la Biblioteca de la Universidad Central de Venezuela, Caracas, 1980.
  • El marxismo y la cuestión judía. Monte Ávila, Caracas, 1977.
  • Compromisos y desviaciones. Ensayos de filosofía y literatura. 2ª ed.: Ediciones de la Biblioteca de la Universidad Central de Venezuela, Caracas, 1978.
  • Kafka: clave judía. Editorial Venezolana, Mérida, 1983.
  • Los mitos filosóficos. Exposición atemporal de la filosofía. México, Fondo de Cultura Económica 1985; 2ª. ed.: Reverso Ediciones, Barcelona, 2006.
  • 200 horas en la oscuridad. Crónicas de cine. Ediciones de la Dirección de Cultura, Universidad Central de Venezuela, Caracas, 1986.
  • La filosofía de Borges. Fondo de Cultura Económica, México, 1986; 2ª ed.: La filosofía en Borges. Reverso Ediciones, Barcelona, 2005.
  • Sionismo, marxismo, antisemitismo. La cuestión judía revisitada. Monte Ávila, Caracas, 1987; 2ª. ed.: Reverso Ediciones, Barcelona, 2006.
  • Doble verdad y la nariz de Cleopatra. Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia, Caracas, 1988.
  • La veneración de las astucias. Ensayos polémicos. Monte Ávila, Caracas, 1988.
  • La escuela de la sospecha. Nuevos ensayos polémicos. Monte Ávila, Caracas, 1990.
  • Fin de siglo. Ensayos. Fondo de Cultura Económica, México, 1992.
  • Escuchar con los ojos. Monte Ávila, Caracas, 1993.
  • Ética y cibernética. Monte Ávila, Caracas, 1994.

[1] Este texto es un fragmento de “Acercamiento a Juan Nuño”, prólogo a la reedición en 2007 de El pensamiento de Platón, de este autor, por el Fondo de Cultura Económica (col. Heteroclásica).
[2] Alejandro Rossi, “Juan Nuño”, Vuelta, México, julio de 1995, p. 52.
[3] “Razón y pasión del fútbol”, Vuelta, México, nº 116 (julio de 1986), pp. 22-26.