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jueves, 22 de agosto de 2024

La esperanza, el arma secreta del filósofo Byung-Chul Han

 Tres lecciones del último libro del célebre pensador surcoreano, ‘El espíritu de la esperanza’, que aborda esta brújula para encontrar nuevos caminos y huir del miedo que nos paraliza


21 AGO 2024 - 
Ha sido una sorpresa, hasta cierto punto, que el célebre pensador surcoreano Byung-Chul Han eligiera la esperanza como tema del libro que se publica en España en septiembre. Afincado en Berlín, este filósofo que escribe sus breves obras en alemán se había caracterizado por la crítica al capitalismo y al neoliberalismo, con libros como La sociedad del cansancio o No-cosas. Elegir la esperanza, un sentimiento o visión que parece ir a contracorriente, pero que necesitamos para sentirnos vivos, es mirar a la luz al final del túnel. Sin embargo, El espíritu de la esperanza —libro de menos de 150 páginas publicado por Herder— no refleja la visión del ingenuo que cree que, al final, todo se arreglará sin más. Se refiere a una esperanza que nace de la proactividad, ya que ilumina caminos nuevos que nadie recorrerá por nosotros. Tal como lo plantea el pensador, la esperanza nace justamente de la desesperación, de la negatividad, pero es una brújula que nos lleva a situaciones y territorios nuevos, a aquello que aún no existe.

Winston Churchill, un hombre que era muy proclive a las depresiones, dijo: “Si estás pasando por un infierno, sigue adelante”. Esa recomendación encierra que todo, lo bueno y lo malo, es provisional, como la vida misma.

Lo que mata la esperanza, según Byung-Chul Han, no es la desesperanza; bien al contrario, esta última es su punto de partida, el inicio del viaje. Tal como lo expone en el preludio del ensayo, lo contrario a la esperanza es el miedo. En sus propias palabras: “Pasamos de una crisis a la siguiente, de una catástrofe a la siguiente, de un problema al siguiente. De tantos problemas por resolver y de tantas crisis por gestionar, la vida se ha reducido a una supervivencia”. Para el coreano, vivir en esa mera supervivencia nos ancla a la depresión y al miedo. Este último nos cierra puertas y nos roba la libertad, ya que imposibilita que nos pongamos en marcha. Alguien con miedo al futuro será incapaz de organizar y crear su propio futuro. Entra en una especie de profecía de autocumplimiento.

Como señala Byung-Chul Han, en alemán la palabra miedo —Angst— procede, al igual que en latín, del término angostura. Es decir, cuanto mayor es nuestro temor, más angosta será nuestra área de acción. Por eso quien se angustia se siente, de un modo u otro, acorralado.

El antídoto es la esperanza ya que, en sus propias palabras, “va dejando indicadores y señalizadores de caminos. La esperanza es la única que nos hace poner en marcha. Nos brinda sentido y orientación (…) Y las acciones necesitan un horizonte de sentido”. Así como el miedo imposibilita, la esperanza, como la definía el filósofo danés Søren Kierkegaard, es la pasión por lo posible.

Resumiendo, en clave práctica, estas reflexiones, podemos concluir tres cosas:

1. Tener esperanza es ver nuevas posibilidades. Es decir, adelantarnos a otros escenarios que nos esperan, aunque estén lejos de nuestra situación actual. Byung-Chul Han cita, en este sentido, una Epístola a los Romanos del Nuevo Testamento: “Si lo que se espera ya está a la vista, entonces no es esperanza, porque ¿para qué esperar lo que ya se está viendo?”. Por lo tanto, hay algo de visionario en ello.

2. Hay esperanza pasiva y esperanza proactiva. La primera nos pone a merced de los acontecimientos. La segunda supone trabajar para que se materialice la nueva posibilidad. De hecho, el dramaturgo francés Gabriel Marcel decía que la esperanza está trenzada: “En el tejido de una experiencia en curso (…) está metida en una aventura que aún no ha terminado”. Es decir, supone estar en el proceso de dirigirnos hacia algo mejor.

3. La esperanza es asumir que todo es temporal. Por consiguiente, es solo cuestión de tiempo que salgamos de este trance. El problema de los desesperados es que creen haber ingresado en una condición permanente. La persona deprimida se convence de que no saldrá del pozo, mientras que quien siente que el mundo se ha vuelto en su contra cree estar condenado de por vida. Para escapar de esa angostura hay que evitar tomar la parte por el todo. Todo mal momento es solo un capítulo de la historia. El próximo puede ser distinto. Con las acciones adecuadas, los acontecimientos y las circunstancias cambiarán.

La poeta Emily Dickinson definía el asunto de este artículo con esta bella imagen: “La esperanza es esa cosa con plumas que se posa en el alma, y entona melodías sin palabras, y no se detiene para nada, y suena más dulce en el vendaval”.

Esperanza versus optimismo

En su último ensayo, Byung-Chul Han establece una diferenciación clara entre esperanza y optimismo, que este filósofo ve como algo pasivo y limitado. Tal como lo explica en El espíritu de la esperanza: "El optimismo carece de toda negatividad. Desconoce la duda y la desesperación (…) El optimista está convencido de que las cosas acabarán saliendo bien", aunque al mismo tiempo, señala el coreano, "desconoce el futuro como campo abierto a las posibilidades". 

En su crítica al optimismo a ultranza entraría la ley de la atracción mal entendida: el hecho de considerar que basta con pensar en un resultado positivo para provocarlo, sin "picar piedra" para conseguirlo. Y ese esfuerzo empieza por alimentar la misma esperanza, que según Byung-Chul Han "muchas veces hay que suscitarla y concitarla expresamente".

domingo, 16 de junio de 2024

LA MUERTE Y LA RED JUAN FRANCISCO FERRÉ





 

[Este texto ensambla sin solución de continuidad las diversas respuestas a un cuestionario propuesto por la periodista Rebeca Yanke para El Mundo sobre la muerte e internet.]


Nos guste o no reconocerlo hay una dimensión de la tecnología que colinda con los límites de la vida y, por tanto, nos aproxima a los dominios de la muerte. Quizá por eso los nuevos medios y sus prolongaciones humanistas como las redes sociales se han transformado con el tiempo en ágoras o foros donde el diálogo con los difuntos, la expresión del dolor hacia los muertos y, en definitiva, nuestra íntima relación con la mortalidad encuentran un lugar más propicio que en el ruido diario de la calle o el incómodo cara a cara de los cuerpos y los nombres. Como novelistas, DeLillo y Pynchon lo anticiparon antes de la universalización de internet en Ruido de fondo y Vineland, respectivamente. Internet y la muerte, he ahí otro gran motivo de los tiempos tecnológicos en que vivimos.

Sin duda ninguna, la muerte de ciertos personajes que estaban ahí desde hace mucho tiempo y cuyo peso se hacía sentir en sus dominios respectivos (en el caso de Bowie la música y el espectáculo en general, en el de Eco la semiótica, el pensamiento y la novela) genera un vacío que quizá no se había sentido en otros momentos con la misma agudeza. En este sentido, la muerte de Borges hoy no sería igual que hace treinta años, cuando realmente se produjo. Los medios se hacen eco de la orfandad, sin duda, en que se sumen los sujetos de una cultura que va perdiendo sus referentes nominales con rostro humano mientras se imponen cada vez más los logos corporativos y las marcas comerciales sobre la realidad de todos los días como entes más o menos potentes.

La mediación de la tecnología facilita todo, desde el insulto a la declaración amorosa, desde la expresión desvergonzada a la dicción más pedante, demostrando así que los seres humanos siempre hemos necesitado instrumentos codificados para encuadrar nuestras necesidades expresivas. Y en el terreno del duelo y de la negociación con el dolor de la pérdida y la toma de conciencia de la muerte no podía ser menos. Una película reciente como Eliminado ha hecho por Facebook lo mismo que Paranormal Activity hizo en su momento por las cámaras de seguridad: transformar una tecnología o su espacio visualmente acotado en un territorio terrorífico donde la muerte caza presas como un depredador. Así que esta dimensión fantasmal explicaría también, desde otro ángulo, por qué las redes sociales espolean la reflexión sobre la mortalidad. En una sociedad tecnológica, la realidad de la muerte es aún más intolerable e inconcebible, carece de sentido y de explicación, nos sume en el desconcierto, como si la promesa de la tecnología nos hubiera salvado de la violencia de la biología, esto es, de la secuencia temporal que nos conduce, como organismos individuales, a la extinción. Y es lógico, hasta cierto punto, que sea en los dominios tecnológicos, que actúan como pantalla eficaz, donde se produzca el nuevo duelo como forma de digerir la intragable experiencia del otro y predisponerse a la propia.

En mayor o menor medida, todos hemos incorporado la experiencia mediatizada en nuestros hábitos y es evidente que diluir el impacto negativo de la muerte en un cúmulo de posts, tuits o cualquier otro formato cibernético podría mitigarlo, pero también banalizarlo. La banalidad es un efecto de la reiteración, algo de lo que los medios, o sus manipuladores, no son siempre conscientes.  Por desgracia, nuestra época ha renunciado a una de las armas más eficaces contra todo mal: el silencio radical, el vacío retórico. El exceso expresivo en que vivimos nos convierte no ya en actores sino en payasos de nuestra vida y de nuestra muerte.

Sí, desde luego, pornografía emocional como afirmación obscena del yo. Las redes e internet le han dado al pequeño ego de cualquier ciudadano del presente un poder de amplificación con el que solo soñaron en el pasado dictadores fascistas como Mussolini o Hitler. Y esto tiene un efecto benéfico indudable, de democratización definitiva, que es la promesa última de la tecnología, su utopía colectiva si lo prefieres: multiplicando al infinito la pequeñez de los egos que expresan en todo momento y hacen proliferar por las redes tecnológicas sus más mínimas vivencias o sentimientos, afectos o experiencias, se impide el surgimiento incontrolado de figuras autoritarias de poder. Pero también se crea un monstruo ególatra, esta vez colectivo, que puede devorar uno por uno a los individuos, o destruirlos, si no le dan su respaldo y anuencia inmediata.

La saturación de los medios hace tiempo que niveló nuestras percepciones, allanó nuestras emociones, pero creo que el nuevo terrorismo que estamos padeciendo en los últimos años, la muerte ejecutada en el corazón palpitante de las grandes ciudades, ha demostrado que los seres humanos al final saben hacer la diferencia. Existe algo parecido a un inconsciente trágico que se activa cuando realmente sucede un acontecimiento catártico que acaba de golpe con la banalidad y la trivialidad de la existencia posmoderna.

La necesidad de integrarnos en grupos que diluyan la angustia individual se reconoce con más facilidad con la muerte de las estrellas musicales o cinematográficas, desde luego. Pero también en el fenómeno fan, en la fusión corporal de los conciertos, en las aglomeraciones de admiradores. El individuo contemporáneo tiene una pulsión de afirmarse, que se extiende a los medios y requiere confirmación de los otros mediante el feedback, pero también una pulsión paralela de confundirse con el grupo o con la masa, según los casos, para aliviar el peso insoportable de la soledad, que es la verdadera tragedia de nuestro tiempo. El crecimiento exponencial de la soledad es el gran tema oculto de internet y las redes sociales. La soledad como antesala o prefiguración de la muerte. 

jueves, 21 de mayo de 2020

La teoría cuántica Profesor: Juan Carlos Paniagua











Física cuántica y espiritualidad

por  | May 5, 2019


¿Nuestros pensamientos y emociones pueden afectar la realidad en la que vivimos? Y si es así ¿de qué modo pueden hacerlo? La física cuántica nos trae algunas respuestas.
Parece claro que nuestras acciones y elecciones van determinando nuestra realidad. Asimismo, a toda acción le acompañan pensamientos y emociones. Algunos de estos pensamientos y emociones, por otra parte, pueden estar incrustados en el subconsciente. A estos efectos, muchos comportamientos son explicados por procesos inconscientes, y estos, qué duda cabe, se traducen en acciones que repercuten positiva o negativamente en nuestras vidas.
No obstante, cabe preguntarse ¿qué sucedería si nuestros pensamientos y emociones pudiesen afectar nuestra realidad aún antes de emprender cualquier acción? ¿Qué sucedería si el mero hecho de sentir y pensar pudiese alterar dicha realidad? La física cuántica nos arroja algunas conclusiones importantes al respecto.

Un poco de historia de la teoría cuántica

La teoría cuántica fue elaborada a principios del siglo XX por Max Planck, uno de los más destacados físicos modernos. Esta teoría fue posteriormente ratificada por Albert Einstein, y finalmente constituiría una rama de la física conocida como mecánica cuántica, la cual, destruía algunas de las ideas propuestas por la mecánica newtoniana, la cual, estudiaba fenómenos observables a escalas visibles por los humanos. La teoría newtoniana además, estaba basada en el concepto de que solo existe la materia y nada más.
eistein física cuántica
A una escala minúscula -tan infinitesimalmente pequeña que para nosotros es invisible-, el universo se rige por unas leyes muy distintas a las del universo físico palpable para nuestros sentidos.  Estas leyes rigen al quantum, la unidad energética más pequeña en el universo.

La mecánica clásica no podía dar respuesta a un universo en el que el observador afectaba al objeto observado tan sólo por hacerlo. Un universo invisible en el que el pensamiento del investigador determinaba la realización de una multiplicidad de posibles eventos. Por lo tanto, a partir de entonces, empieza a desarrollarse la mecánica cuántica como sub-disciplina de la física, y en oposición a los axiomas de la mecánica clásica.

¿Qué es la física cuántica?

La física cuántica es la ciencia que estudia las partículas subatómicas. Todo lo que conocemos está formado por átomos, los cuales, están a su vez conformados por partículas. Además, el átomo se compone de un 99,99999 por ciento de energía, siendo el resto materia, es decir, es energía casi en su totalidad. Dicho de otro modo, nuestro universo material, tangible y palpable, es energía.
Estamos rodeados por campos energéticos; patrones de frecuencia de información que se transmiten constantemente. Bajo este orden de ideas, el quantum o cuanto, corresponde a la cantidad mínima de energía que se concentra en cualquier partícula. La física cuántica es, pues, el estudio del cuanto y de las leyes que lo rigen.
física cuántica

El observador construye la realidad

En el mundo cuántico, la mera observación puede transformar la realidad de las partículas. De este modo, las partículas son afectadas por nuestros pensamientos y sentimientos y, por consiguiente, a un nivel cuántico, los pensamientos construyen la realidad.
Ahora bien, siendo que parte de nuestras creencias y muchas cosas que damos por sentadas se hayan vinculadas a procesos que ocurren en nuestro subconsciente, la capacidad para afectar la realidad a un nivel cuántico suele pasar desapercibida, o más bien, puede escapar de nuestro control.
Ver más sobre la relación entre el observador y el objeto a un nivel cuántico aquí: Gatos de Schrödinger

Señales electromagnéticas

Nuestros pensamientos generan ondas electromagnéticas que afectan el campo cuántico. Por lo tanto, cuando imaginamos un acontecimiento futuro en nuestras vidas basándonos en algún deseo, dicha realidad ya existe como una posibilidad entre muchas en el campo cuántico (esperando a ser observada y, por tanto, realizada).
Dicho esto, podemos aseverar a partir del estudio de la física cuántica que la posibilidad de definir y crear determinadas realidades a nivel cuántico puede traspolarse a escenarios no cuánticos, es decir, a nuestras vidas. Bajo esta premisa se enmarcan las corrientes espirituales que buscan el bienestar y el equilibrio energético al configurar y reconfigurar nuestras creencias, pensamientos y sentimientos. Haciéndonos entender de esta manera, que somos creadores de nuestra realidad.
física cuántica campo cuántico

El poder de la mente cuántica

Nuestros pensamientos tienen el poder de atraer magnéticamente determinadas situaciones. La unión entre lo que pensamos y sentimos genera un estado del ser que produce una huella electromagnética que afecta el campo cuántico. A este respecto, cabe pues preguntarse ¿qué estamos trasmitiendo inconsciente o conscientemente como huella electromagnética en nuestra cotidianidad? ¿Podemos cambiarlo para mejorar nuestras vidas? Es perfectamente posible, y una de las formas de hacerlo es incorporando la coherencia como práctica.

¿Qué es la coherencia?

La coherencia se refiere a la concordancia entre lo que se pensamos y lo que sentimos. Esta integridad en el pensar y el sentir incrementan la posibilidad de que aquello que deseamos se manifiesta.
Otro aspecto asociado a la coherencia son las programaciones subconscientes. Dichas programaciones pueden afectar nuestros sentimientos sobre algunas cosas y -tal como lo señala el psicoanálisis-, puede llevarnos a auto-boicotear la posibilidad de alcanzar lo que deseamos.

Además de la física cuántica existen otras razones para cuidar nuestros pensamientos

Otra de las razones avaladas por la ciencia que nos invita a cuidar y trabajar sobre nuestros pensamientos y emociones es el hecho de que estos se traducen en sustancias químicas en nuestro organismo. Algunas de ellas, como el estrés, son muy dañinas cuando se tornan incontrolables.

 Mente, espíritu y materia

La física cuántica nos habla del hilo conductor entre la mente, el espíritu y la materia.  Trabajar a un nivel terapéutico sobre los principios cuánticos, es asumir a su vez el principio holísitico de la integración funcional del todo.
En suma, -ya sea desde la programación neurolingüística, la física cuántica o la neurociencia-, existen razones de peso para tomar el control sobre nuestras creencias conscientes o inconscientes. Bajo esta misma línea de argumentos, vale la pena repensar aquello que hemos naturalizado, es decir, aquello que hemos dado por sentado y que, por consiguiente, no podemos advertir. Pensamientos vinculados a emociones que son un telón de fondo en nuestras acciones, afectan nuestras vidas de un modo determinante y, como se ha dicho, actúan muchas veces a través de nuestro inconsciente.
La física cuántica busca promover el bienestar partiendo, pues, del lugar que ocupan nuestros pensamientos, sentimientos y emociones en nuestro equilibrio espiritual, energético y material.

Recorrido por la psicología de los Inconsciente Colectivo y Arquetipos de Carl G. Jung.