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miércoles, 25 de septiembre de 2024

‘In Memoriam’ Fredric Jameson Diagnosticar la posmodernidad

 El crítico marxista transformó la comprensión de la cultura



 RAMÓN DEL CASTILLO

 Fue uno de los críticos literarios más influyentes desde los años noventa del siglo XX, pero su pensamiento no solo prolongó el análi sis marxista de la literatura en un mundo digital. Fredric Jameson también transformó la comprensión del cine y de otros modos de producción visual y sonora, reveló antinomias del urbanismo y de la arquitectura, conectó los ciclos económicos con las olas culturales y predijo derivas inesperadas de la globalización. No es extraño que a los filósofos les haya molestado su familiaridad con los grandes clásicos y con las corrientes de pensamiento francés y alemán que alborotaron el circo filosófico desde los sesenta: siempre gozó de una flexibilidad y de una creatividad de la que carecieron muchos de ellos. Jameson no paró. Con 90 años siguió dando clases para la Universidad de Duke, desde donde desarrolló su vida académica, pero a finales del pasado agosto se sintió mal después de iniciar su nuevo curso sobre estética. Murió el 22 de septiembre. Cuando Fred Jameson visitaba Madrid salía del avión hablando de películas españolas (como La caja 507), y en las librerías desconcertaba cuando le ofrecían ciencia-ficción pero se compraba El Criticón de Gracián, o el lote entero de los episodios nacionales de Benito Pérez Galdós (del que habló en Antinomias del realismo). Dos de sus compañeros de estudios en San Diego fueron hijos de poetas españoles exiliados, Jaime Salinas y Claudio Guillén. Me cuesta olvidar la noche en la que Jameson se despidió de Guillén en Madrid, conociendo ya el desenla ce que le esperaba a su amigo. Pe ro vuelvo a reír cuando lo veo gruñir tras leer un pasaje de las me morias de Salinas. Las discusiones en bares sobre Hegel con José Ma ría Ripalda (a quien dedicó Las va riaciones Hegel) eran imposibles de seguir, y no sólo por los ruido sos televisores que seguían tre mendos sucesos en España. Esas conversaciones podían girar so bre tal cantidad de películas, mú sicas, arquitecturas, novelas y se ries que, durante un rato, uno se olvidaba de que la desaparición del mundo parecía más inminen te que la del capitalismo. Antes de lograr que le colgaran una meda lla, su traductor y colega David Sánchez Usanos supo que sus re comendaciones nos obligaban a volver a leer como locos a los clá sicos, a la vez que nos descubrían literaturas desconocidas. Para muchos marxistas era de masiado formalista. Para muchos formalistas, demasiado marxista. Nadie es perfecto. Los primeros no parecían tener tiempo para los detalles de su hermenéutica, los segundos la consideraban de masiado conectada con el análisis político y económico. Fue tachado de pesimista por socialdemócra tas, pero mientras él derrochaba energía ellos se dejaban llevar por una desesperante melancolía. La llamada poscrítica le asocia con un marxismo desalentador, pe ro el truco acusador no funciona: con él la escuela de la sospecha no desembocó en la escuela de la desesperanza (lo ha explicado tan EL PAÍS, MIÉRCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DE 2024 Fredric Jameson, en una imagen sin datar de la universidad de Duke. bien Leo Robson que mejor lean Jameson después de la poscrítica, en la revista New Left Review 144). Su influencia no sólo debería asociarse con las proporciones descomunales de su obra. Pocas figuras han producido lo que él, a semejante ritmo y abarcando ta maña variedad de temas. Su sin gularidad y su lucidez no se ex Demostró el poder de una retórica basada en el derroche, en el exceso inagotable plican diciendo que enseñó a ver las formas culturales como sínto mas de cambios históricos, o que liberó a varias generaciones de las versiones más vulgares de la sociología marxista de la cultura. En su caso, hay más: nada cultu ralmente interesante carece de contradicciones, pero el marxis mo no se limita a de senmascarar las servidumbres ideológicas de un producto cultural. El análi sis no es una reducción, sino una multiplicación, una operación mi nuciosa, pero nunca esquemáti ca. A diferencia de la estrategia de marxistas mecánicos, la crítica de Jameson empuja a conocer todo tipo de literatura, y nunca deseca la experiencia de la lectura. Recuerden que Jameson es tudió con Auerbach y publicó en 1961 su tesis Sartre: The Origins of a Style, luego empezó a fusionar el estructuralismo, el psicoanálisis y el marxismo de una forma sorprendente, y escribió cinco libros antes de lanzar aquel artículo sobre el dichoso posmodernismo y la lógica cultural del capitalismo tardío, que cambió el paso a todo el mundo. Desde los noventa le dio tiempo a escribir una veintena de volúmenes. Fue un estupendo profesor, siempre generoso y atento con estudiantes y colegas. Nunca se insistirá lo suficiente en la importancia de su estilo. Terry Eagleton ya expresó su admiración y sus reservas en 1982, en La política del estilo, y volvió a la carga en 2009 con Jameson y la forma. Perry Anderson y muchos otros colegas también trataron de explicar el insólito poder de una retórica basada en el derroche, en un exceso inagotable y resistente a definiciones cerradas. Qué absurdo que la obsesión de la izquierda por el contenido político haya empujado a desatender una gramática donde el significado del elemento individual se sustrae a la generalidad de un mensaje replicable, o que la urgencia de las campañas culturales empuje a sus seguidores a reiterar (hasta su vaciamiento) lemas extraídos de su obra, en vez de sumergirse en los laberintos de su dialéctica. Qué pena que se disimulen las contradicciones de la fantasía utópica que él ayudó a entender en nombre de una movilización edificante y políticamente correcta. Jameson no repitió la homilía de Adorno contra el activismo apresurado, pero abrió espacios donde el tiempo corre a un ritmo poco rentable para militantes hiperactivos. Sus estudiantes y colegas van a echar de menos su capacidad para inculcar una curiosidad insaciable sin la cual la práctica política sería un desastre. 


 Ramón del Castillo es catedrático  de Filosofía de la UNED.




https://cursosupla.wordpress.com/wp-content/uploads/2017/08/jameson-f-el-posmodernismo-o-la-logica-cultural-del-capitalismo-avanzado.pdf




martes, 13 de septiembre de 2022

Bauman: "En el mundo actual todas las ideas de felicidad acaban en una tienda"

 Gonzalo Suárez


Entrevista aparecida el 7/11/2016 en El Mundo. Bauman moría un año después a la edad de 92 años.

Visitamos al último gran pensador europeo en su guarida de Leeds. Allí habla de su última obsesión: cómo los políticos usan a los refugiados en beneficio propio.



Cuando escucha la primera pregunta, Zygmunt Bauman se endereza levemente sobre el estampado floral de su butaca. Luego arquea sus cejas, con pelos largos como meñiques. Y, tras una interminable calada a su pipa, masculla una respuesta: «Por favor, come un poco... Necesito tiempo para pensar».

El sociólogo señala el bufé que ha preparado en la mesita de su salón: fresas con nata, bizcocho casero, frutos secos y zumo de pera. No es el único detalle inusual: frente a tantos intelectuales de renombre, Bauman renuncia al piloto automático en las entrevistas. A cambio, lo que llega a continuación de su pausa no es una simple respuesta, sino un discurso de más de 15 minutos repleto de meandros argumentales y citas rebuscadas, más parecido a una de sus lecciones en la Universidad de Leeds que a un simple encuentro con un periodista extranjero.

La excusa de la visita a su hogar esta mañana de otoño es Extraños llamando a la puerta (Paidós). En su nuevo ensayo, el polaco, de 91 años, engarza la crisis de refugiados con la idea capital de su obra: la modernidad líquida. Es decir, cómo los pilares sólidos que apuntalaban la identidad del individuo -un estado fuerte, una familia estable, un empleo indefinido...- se han ido licuando hasta escupir una ciudadanía acongojada por la zozobra permanente y el miedo a quedarse atrás.

«Los europeos -truena la voz del precariado con su inglés de fuerte acento polaco- nos encontramos con la llegada repentina de millones de personas que, hasta hace unos años, tenían vidas muy parecidas a las nuestras: trabajos de calidad, casas propias, ambiciones profesionales... Y, de golpe, son refugiados que lo han perdido todo por culpa de la guerra. Su aparición en masa nos hace conscientes de cuán frágil, inestable y temporal es la presunta seguridad de nuestras vidas. La inmigración nos provoca tanta ansiedad porque ese miedo a perderlo todo ya estaba ahí, latente, por la creciente precariedad de la vida occidental. Y cuando ves a miles de refugiados que acampan en una estación de tren europea, te das cuenta de que ya no son simples pesadillas, sino realidades que puedes ver y tocar».

Desde su primera respuesta, Bauman deja claro que a él no se le entrevista: se le escucha. Sus intervenciones son tan frondosas como su bibliografía. Unas veces responde las preguntas que se le formulan; otras, las ignora con descaro. Y es difícil adivinar si no las ha escuchado -es duro de oído- o si, simplemente, disimula cuando la charla toca temas que no le interesan. Así ocurre, por ejemplo, con el Brexit y la deriva xenófoba del Reino Unido, que tan generosamente le acogió a principios de los 70 tras la purga antisemita de su Polonia natal. Tres preguntas, cero respuestas.

Tras su arenga inicial, Bauman está exhausto. Sufre reúma, tose sin parar y tiene el corazón delicado. Así que pide parar un rato: «Por favor, come un poco más hasta que vuelva». Y, con paso inestable, se escapa al baño.
"Los refugiados crean ansiedad porque el miedo a perderlo todo ya estaba latente en Occidente"



Fotografías por Justy García Koch

En su ausencia, aprovechamos para husmear en su salón. El sociólogo y ensayista lleva casi medio siglo atrincherado en esta casa de las afueras de Leeds. Pese a las ofertas de las mejores universidades del mundo -Yale, Oxford, LSE-nunca quiso abandonar este anónimo chalé, con su jardín descuidado y su puerta herrumbrosa junto a una carretera repleta de vehículos. Sí: el archienemigo del consumerismo contemporáneo predica con el ejemplo.

En el piso de abajo hay un despacho, una cocina, un baño y un salón repleto de butacas. Bauman siempre se sienta en la misma poltrona, de sobrio estampado y ubicada junto a la ventana. Allí guarda su pila de libros, que corona la versión inglesa de El tango de la guardia vieja, la novela de Arturo Pérez-Reverte.

Al cabo de unos diez minutos, Bauman regresa al ruedo. Pese a la fatiga, mantiene su melena de genio loco, su mirada curiosa y su sequísimo sentido del humor. «Es usted insultantemente joven, así que no recordará cuando no existían chismes como esos», dirá luego, señalando una tableta con cierto gesto de desdén.

Eso sí, pese a su aparente fragilidad, el polaco mantiene una producción estajanovista. Dos días después de la entrevista, realizará una visita a un festival literario en Florencia. Mientras tanto, sigue cebando su obra, a razón de dos títulos al año. Ya prepara su próximo libro, bajo el título en inglés de Retrotopia, sobre el poder decreciente de los estados-nación. Aunque hoy prefiere hablar de la tesis central de Extraños llamando a la puerta.

Pregunta: Si los refugiados son tan parecidos a nosotros, ¿por qué reaccionamos con pánico en vez de empatía?
Respuesta: Sí, supongo que podríamos. Pero también hay motivos para sentirnos temerosos, inseguros, llenos de ansiedad. Por algo los llamo extraños. Tú sabes, más o menos, lo que tus amigos van a hacer. También sabes, más o menos, lo que tus enemigos van a hacer. Pero los extraños no son amigos ni enemigos: simplemente son otros. Y no traen una etiqueta que diga «ámame», ni «ódiame», ni «devuélveme a casa» o «méteme en un campo de concentración». Sólo generan incertidumbre total. Y a nadie le gusta la incertidumbre.

P: Angela Merkel trató de reaccionar con empatía...
R: ...Y le duró una semana o dos. Los políticos tienen un claro interés en exacerbar la ansiedad popular hacia los refugiados. Hace un tiempo, los poderes políticos justificaban su razón de ser por su capacidad para protegernos colectivamente frente a las catástrofes individuales: caer enfermo, perder tu casa... Ahora, sin embargo, el poder político de los estados-nación se ve impotente ante las decisiones de los poderes económicos globales. Si el ministro más poderoso no puede garantizarte seguridad frente a los caprichos del destino, ¿cómo justifica su existencia?

P: Dígame.
R: Fácil: generando ansiedad, miedo al terrorismo, miedo al extraño, miedo a la gente que viene aquí a comerse nuestro pan y a quitarnos nuestros trabajos. ¡Es un sucedáneo maravilloso! Eso es lo que hacen Marine Le Pen y otros movimientos similares: sacar capital político de exacerbar el miedo al extraño.

P: Quizá no sea sólo culpa de los políticos. Merkel lo intentó y se hundió en las encuestas. ¿No tienen responsabilidad los ciudadanos?
R: Tú dices «unos u otros». Yo respondo «unos y otros». Es una posibilidad que surge y los políticos se abalanzan sobre ella.

P: Usted suele mencionar al Papa como excepción. Pero, claro, él no tiene que responder ante un electorado hostil....
R: De todas formas, es un hombre valiente... Yo suelo usar el concepto de interregno, del filósofo italiano Antonio Gramsci. La antigua forma de hacer las cosas ya no funciona, pero aún no hemos encontrado la nueva forma de funcionar. Así que hay un vacío entre las reglas que ya no sirven y las que aún tenemos que imaginar. Lo que tú haces es señalar las contradicciones de unos líderes frente a otros, preguntar quién es mejor... Eso está bien, pero el verdadero debate es cómo llenar este vacío.

P: Según usted, los políticos han tratado de camuflar este vacío convirtiendo un asunto moral, como acoger a los refugiados, en un problema de seguridad ciudadana...
R: Cuando el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, dice que «todos los terroristas son inmigrantes», lo que insinúa es que «todos los inmigrantes son terroristas». Es una mentira, claro. Tan ridícula como decir que «todos los polacos son sociólogos». Y olvida algo muy importante: los terroristas de París o Londres eran personas que crecieron en el país contra el que atentaron.

P: Pero también es un discurso cómodo para los ciudadanos: si sus líderes tachan de terroristas a los refugiados, ya no sienten la responsabilidad moral de preocuparse por ellos.
R: Sí, pero, de forma imperceptible, esa incertidumbre que nos atemorizaba y que provenía de la constatación de que la red social es cada vez más endeble queda subsumida bajo la obsesión por la seguridad de las fronteras. Los políticos atizan el miedo al extranjero para ocultar su ineficacia ante los poderes globales. Esto es muy cómodo, porque la lucha contra el terrorismo es algo visible, algo tangible, que pueden vender en televisión. Vimos tanques en las calles de París, policías asaltando pisos de presuntos yihadistas... Eso da la sensación de que los gobiernos nacionales mantienen su poder: «¡No estamos sentados! ¡Estamos actuando!».

P: Junto a los atentados del Estado Islámico, este año se recordará por el Brexit, el auge de Donald Trump... ¿Es 2016 el año más 'líquido' que recuerda?
R: Hace décadas que acuñé el concepto de modernidad líquida para definir la sociedad actual. Y es un concepto cada vez más real. Como trabajas en un periódico, te drarás cuenta de que los titulares deben cambiar día tras día. Para retener a tus lectores, debes administrarle nuevas sensaciones y nuevos temores de forma regular...

Un nuevo ataque de tos interrumpe al sociólogo. Aleksandra, la asistente que le cuida desde el fallecimiento de su esposa, le ofrece una pastilla. Él se la toma y solicita otro descanso: «Apenas llevamos una hora de charla, pero ya estoy exhausto... Por favor, come más. O, si no, te puedes llevar el bizcocho en un tupper».

A la vuelta de su paseo, se apoltrona de nuevo en su butaca predilecta y pide acortar la entrevista. «Sólo dos o tres preguntas más», ruega. Pero, de inmediato, se enzarza en una airada disección de la saturación informativa en la era de internet, como si se hubiera olvidado de su propio cansancio: «Es una paradoja de nuestro tiempo. Ahora tenemos acceso a más información que nunca. Una simple edición dominical del New York Times contiene más información que la gente más educada de la Ilustración consumía en toda su vida. Al mismo tiempo, los jóvenes actuales, los llamados millenials, que se hicieron adultos con el cambio de milenio, nunca se habían sentido más ignorantes sobre qué hacer, sobre cómo manejarse en la vida... ¡Todo es tan tembloroso ahora!».

P: ¿De dónde surge esta paradoja?
R: Yo recuerdo los años en los que no había ni televisión. Así que imagina el optimismo que sintió la gente cuando salió de sus pueblos y abrió los ojos ante la world wide web. Internet aportaba los cimientos para crear una humanidad en la que todas las piezas estuvieran en contacto y se entendieran mutuamente. Sin embargo, los estudios sociales indican lo contrario: esta maravilla tecnológica no sólo no te abre la mente, sino que es un instrumento fabuloso para cerrarte los ojos.

P: ¿Por qué?
R: Para protegerte a ti mismo de las posibilidades multiformes que te ofrece la vida. Hay algo que no puedes hacer offline, pero sí online: blindarte del enfrentamiento con los conflictos. En internet puedes barrerlos bajo la alfombra y pasar todo tu tiempo con gente que piensa igual que tú. Eso no pasa en la vida real: en cuanto sales a la calle y llevas a tus hijos al colegio, te encuentras con una multiplicidad de seres distintos, con sus fricciones y sus conflictos. No puedes crear escondites artificiales.

P: Usted sostiene que hemos olvidado cómo ser felices.
R: Lo primero, he de admitir que hay muchas formas de ser feliz. Y hay algunas que ni siquiera probaré. Pero sí que sé que, sea cual sea tu rol en la sociedad actual, todas las ideas de felicidad siempre acaban en una tienda. El reverso de la moneda es que, al ir a las tiendas para comprar felicidad, nos olvidamos de otras formas de ser felices como trabajar juntos, meditar o estudiar.

P: Usted ha vivido en sociedades muy distintas, del comunismo al capitalismo, durante nueve décadas. ¿Cuál es la más parecida a una sociedad feliz que ha visto?
R: ¡Ja! Me niego a contestar esa pregunta. Mi papel como pensador no es señalar qué es una sociedad feliz y qué leyes hay que aprobar para llegar a ese lugar, sino interpretar la sociedad, averiguar qué se esconde tras las reglas que cumplen sus ciudadanos, descubrir los acuerdos tácitos y los mecanismos automáticos que convierten las palabras en acciones concretas. En definitiva, ayudar a los ciudadanos a entender lo que ocurre para que tomen sus propias decisiones. Sí, entiendo que es difícil encontrar sentido a la vida, pero es menos difícil si sabes cómo funciona la realidad que si eres un ignorante.

P: Es una tarea difícil en un mundo tan líquido como el actual.
R: Sí. El Papa Francisco dice tres cosas muy importantes sobre cómo construir una sociedad sana. La primera, recuperar el arte del diálogo con gente que piensa distinto, aunque eso te exponga a la posibilidad de salir derrotado. La segunda, que la desigualdad está fuera de control no sólo en el ámbito económico, sino también en el sentido de ofrecer a la gente un lugar digno en la sociedad. Y la tercera, la importancia de la educación para unir ambas cosas: recuperar el diálogo y luchar contra la desigualdad.

P: Entonces...
R: Escucha... Yo añadiría una enseñanza de la sabiduría china. Si piensas en el próximo año, planta maíz. Si piensas en la próxima década, planta un árbol. Pero si piensas en el próximo siglo, educa a la gente.

P: Usted estudió de cerca el fenómeno del 15-M. ¿Qué opina de su posterior evolución y del auge de Podemos?
R: Que hemos perdido la confianza en los viejos métodos de ejercer el poder y no sabemos cómo recuperarlo. Aquí, en el Reino Unido, ocurre lo mismo: aparecen y desaparecen nuevos partidos. Lo único que tienen en común es que su esperanza de vida es muy breve. Y eso ocurre porque piensan a corto plazo. Se limitan a reaccionar al último desafío, en vez de crear un modelo completo de sociedad.

P: Y ese 'interregno' del que hablaba, ¿cuánto durará?
R: Menos tiempo del que tardaron nuestros antecesores en crear un objeto punzante con el que penetrar otras sustancias. Y, aun así, tardaron otras decenas de miles de años en inventar un agujero en el que meter un palo y construir un hacha... Creo que nosotros tardaremos menos. Pero aun así será más tiempo del que la gente querría.


domingo, 24 de mayo de 2020

Jeremy Benthan filósofo británico fundador del utilitarismo

( 1748-1832 )

Jeremy Benthan es un filósofo británico fundador del utilitarismo. Amigo personal de James Mill y tutor de John Stuart Mill, influyó de forma extraordinaria en la teoría económica del siglo XIX y en los primeros marginalistas.

En su Introduction to the Principles of Morals (1780) propone como objetivo de la actividad política la consecución de "la mayor felicidad para el mayor número" de personas. Bentham es el padre de la función de utilidad y conoce la tendencia decreciente de la utilidad marginal. Sin embargo, su concepto de utilidad era cardinal ya que consideraba que podía ser medida con precisión. Además consideraba posible hacer comparaciones interpersonales de utilidad, cosa que actualmente se rechaza.

Pulse aquí para ver una explicación en formato Power Point (190Kb) de los conceptos de utilidad total y marginal incluido en este CD-ROM.
Estas ideas de Bentham fueron la base de una profunda crítica de la sociedad que aspiraba a comprobar la utilidad de las creencias, costumbres e instituciones existentes en su tiempo. Activista a favor de la reforma de las leyes, se enfrentó a las doctrinas políticas establecidas en su época tales como el derecho natural y el contractualismo. Fue el primero en proponer una justificación utilitarista para la democracia. Adelantándose extraordinariamente a su tiempo, luchó por el bienestar de los animales, el sufragio universal y la descriminalización de la homosexualidad.

Benthan fundó el University College London donde, tal como lo solicitó en su testamento, su cuerpo embalsamado y vestido con sus propias ropas sigue expuesto en una vitrina en un pasillo muy concurrido a la vista de los alumnos. Hay muchas anécdotas relacionadas con esta curiosa excentricidad. La cabeza expuesta actualmente es de cera. La real fue robada en diversas ocasiones como una broma tradicional de los alumnos por lo que ahora está conservada en una caja fuerte de la UCL. El cuerpo, sin embargo, se traslada todos los años para presidir algunas reuniones en las que se le recuerda con la frase "Jeremy Bentham, presente pero sin derecho a voto".


Texto de J. Bentham en castellano incluido en este CD-ROM:
Manual de Economía Política

OBRAS
  • A Fragment on Government, 1776.
  • An Introduction to the Principles of Morals and Legislation, 1780.
  • Of Laws in General, 1782.
  • Defense of Usury, 1787.
  • Chrestomathia, 1817.
  • On the Liberty of the Press and Public Discussion, 1820
  • The Rationale of Reward, 1825.
  • Rationale of Judicial Evidence, 1827.
  • Constitutional Code, 1830
  • The Rationale of Punishment, 1830
  • Pannomial Fragments, 1831
  • "Offences Against One's Self" - publicado solo en 1978, J of Homosexuality
en Internet

miércoles, 20 de mayo de 2020

El genial FREUD en nota del erudito Watson Peter



El siglo XX no había llegado a cumplir una semana cuando, el sábado 6 de enero, en Viena, capital de Austria, surgió la reseña de un libro que acabaría por modificar por completo la idea que la humanidad tenía de sí misma. En realidad, el libro se había editado en noviembre del año anterior, tanto en Leipzig como en Viena, pero llevaba la fecha de 1900, y la citada reseña se convirtió en la primera noticia que se tuvo de él. El libro en cuestión tenía por título La interpretación de los sueños, y su autor era un médico judío de cuarenta y cuatro años originario de Freiberg, Moravia, llamado Sigmund Freud. 1 Era el mayor de ocho hermanos y, en apariencia, una persona convencional. Creía apasionadamente en la puntualidad, y vestía trajes confeccionados con tela inglesa que previamente había seleccionado su esposa. Siendo aún joven, aunque muy seguro de sí mismo, había afirmado en tono de burla: «Me importa tanto la impresión que me ofrece mi sastre como la de mi profesor».2 Era un amante del aire libre y un entusiasta aficionado al montañismo, y también, paradójicamente, un fumador de puros empedernido.3 Hans Sachs, discípulo y amigo que solía acompañarlo cuando salía a recoger setas (uno de sus pasatiempos favoritos), rememoró sus «ojos abatidos y penetrantes, y una frente bien formada, aunque de sienes excepcionalmente altas».4 Con todo, lo que más llamaba la atención tanto de amigos como de críticos no eran sus ojos como tales, sino la mirada que éstos parecían irradiar. Según Giovanni Costigan, biógrafo de Freud, «había algo desconcertante en su mirada, compuesta a partes iguales de sufrimiento intelectual, desconfianza y resentimiento».
Existían razones más que de sobra para esto. A pesar de que Freud podía resultar ser un hombre normal en cuanto a sus hábitos personales, La interpretación de los sueños era un libro profundamente conflictivo, y muchos vieneses lo juzgaron extremadamente escandaloso. A los ojos del mundo, la capital austrohúngara no era en 1900 sino una metrópoli elegante y algo anticuada, dominada por la catedral, cuyas agujas góticas se levaban por encima de los techos barrocos y las vistosas iglesias que se extendían a sus pies. La corte se hallaba sumergida en una mezcla poco eficaz de pomposidad y melancolía. El emperador aún comía a la manera española, con toda la cubertería de plata al lado derecho del plato.6 La ostentación de la corte fue una de las razones por la que Freud decía detestar tanto Viena. En 1898 había llegado a escribir: «Es una desgracia vivir aquí; ésta no es una atmósfera propicia para acometer empresas difíciles».7 En concreto, detestaba a las «ochenta familias» de Austria, «su insolencia hereditaria, su rígida etiqueta y su enjambre de funcionarios». La endogamia de la aristocracia vienesa llegaba hasta tal punto que de hecho se podía considerar como una sola gran familia, cuyos miembros se hablaban de Du* empleaban sobrenombres cariñosos y pasaban la mayor parte del tiempo organizando fiestas a las que poder invitarse unos a otros.8 Aunque el odio de Freud no acababa aquí: también reservaba parte de él para la «monstruosa aguja del campanario de San Esteban», que consideraba el mayor símbolo de un clericalismo opresivo. Tampoco sentía especial atracción hacia la música, y es por tanto natural que no profesase más que desdén a los valses «frívolos» de Johann Strauss. Teniendo en cuenta todo esto, parece normal que abominase de su ciudad natal, si bien no faltan razones para pensar que este odio, que expresaba con frecuencia, no era más que una parte de lo que realmente sentía. El 11 de noviembre de 1918, cuando el silencio de as armas anunciaba el fin de la primera guerra mundial, anotó para sí: «El Imperio austrohúngaro ya no existe. No quiero vivir en otro sitio ni se me ha pasado por la cabeza emigrar. Me conformaré con vivir en el torso e imaginar que se trata de la escultura completa».9 Había un aspecto de la vida vienesa ante el que Freud no se podía mostrar indiferente, y del que tampoco podía escapar; se trataba del antisemitismo. Éste había experimentado un gran empuje con el crecimiento de la población judía en la ciudad, que ascendió de los 70.000 miembros en 1873 a los 147.000 en 1900. Como consecuencia, el sentimiento de odio hacia el judaísmo se extendió de tal manera en Viena que, por citar tan sólo un testimonio, se conoce el caso de un paciente que solía referirse al médico que lo estaba tratando como el «puerco judío».10 Karl Lueger, un antisemita que había propuesto que se metiese a la población judía en barcos para después hundirlos con dicho cargamento, llegó a obtener la alcaldía de la ciudad11 Freud, que siempre se mostró sensible ante cualquier agresión a la comunidad judía, mantuvo hasta su muerte la negativa a aceptar los derechos de autor provenientes de las traducciones de sus obras al hebreo o el yiddish. En cierta ocasión aseguró a Carl Jung que se veía a sí mismo como un Josué «llamado a explorar la tierra prometida de la psiquiatría».12 Una faceta menos conocida de la vida intelectual de Viena, y que sin embargo ayudó en gran medida a dar forma a las teorías de Freud, fue la doctrina del «nihilismo terapéutico», según la cual las enfermedades de la sociedad no tenían cura alguna. Aunque en gran medida se había adaptado a la filosofía y la teoría social (tanto Otto Weininger como Ludwig Wittgenstein eran abogados), este concepto fue de hecho el que hizo que la vida se empezase a considerar como una cuestión científica en la facultad de medicina de Viena, entidad que desde principios del siglo XIX había mostrado un gran interés por el concepto de enfermedad, desde el convencimiento de que debía dejarse que siguiera su curso, así como un profundo sentimiento de compasión por el paciente y el correspondiente desinterés por la terapia. Esta tradición aún era la imperante cuando Freud se hallaba allí estudiando, si bien él se mostró reacio a aceptarla.13 Para nosotros, su búsqueda de una nueva terapia tiene un carácter marcadamente humano, y a la vez ofrece una clara explicación de por qué se consideraron sus ideas tan alejadas de la normalidad. Freud consideraba, de manera acertada, que La interpretación de los sueños había sido su mayor logro. Es en él donde se reúnen por vez primera los cuatro pilares fundamentales de su teoría sobre la naturaleza humana: el inconsciente, la represión, la sexualidad infantil (que desemboca en el complejo de Edipo) y la división tripartita de la mente en yo, es decir, el sentido de uno mismo; superyó o, hablando en un sentido general, la consciencia, y ello, la expresión primaria del inconsciente. Freud desarrolló sus ideas y perfeccionó su técnica a lo largo de tres lustros desde mediados de la década de los ochenta del siglo XIX. Se consideraba representante de la tradición iniciada por Darwin en el terreno de la biología. Tras licenciarse en medicina, obtuvo una beca para estudiar con Jean-Martin Charcot, médico parisino que dirigía un asilo para mujeres con trastornos mentales incurables y que había demostrado a través de sus investigaciones que los síntomas de la histeria podían provocarse mediante la hipnosis. Después de algunos meses, Freud abandonó París y regresó a Viena, y tras una serie de escritos sobre neurología (centrados, por ejemplo, en la parálisis cerebral y en la afasia), comenzó a colaborar con otro eminente médico vienes, Josef Breuer (1842-1925). Éste también era judío; se hallaba entre los colegiados de mayor prestigio de la ciudad y contaba con un buen número de pacientes de renombre. Había hecho dos importantes descubrimientos científicos: la función del nervio vago a la hora de regular la respiración y el control que ejercen en el equilibrio corporal los canales semicirculares alojados en el oído interno. Con todo, el que resultó más importante para Freud fue el descubrimiento, en 1881, de lo que se conoce como la terapia hablada. 14 Desde diciembre de 1880, Breuer había estado tratando durante dos años la histeria de una niña vienesa de origen judío, Bertha Pappenheim (1859-1936), para la que usó el nombre de Anna O. en sus informes médicos. La niña empezó a sufrir dicho trastorno mientras cuidaba a su padre enfermo, que murió pocos meses después. La enfermedad de Anna se manifestaba a través de sonambulismo, parálisis, personalidad escindida (que en ocasiones la hacía cometer travesuras) e incluso un embarazo psicológico, si bien la sintomatología no siempre era la misma. Breuer se dio cuenta de que si dejaba a la niña extenderse en la descripción de sus afecciones, los síntomas desaparecían. De hecho, fue la misma Bertha Pappenheim la que bautizó el método de Breuer como terapia hablada (Redecur, en alemán), nombre que la niña solía alternar con el de Kaminfegen ('deshollinar la chimenea'). Breuer pudo comprobar que cuando estaba en estado hipnótico, Bertha decía recordar cómo había reprimido sus sentimientos al 22 ver a su padre postrado en el lecho, y al hacer presentes esos sentimientos «perdidos», la paciente se daba cuenta de que podía deshacerse de ellos. En junio de 1882, la señorita Pappenheim llegó al final de su tratamiento «completamente curada» (aunque ahora se sabe que al cabo de un mes fue internada en un sanatorio).15 Freud se mostró muy impresionado ante el caso de Anna O. Durante un tiempo intentó emplear la hipnosis con los aquejados de histeria, si bien acabó por abandonar este método en favor de la «asociación libre», que consistía en dejar que el paciente hablase de lo primero que venía a su mente. Ésta fue la técnica que lo llevó a descubrir que, en determinadas circunstancias, muchas personas podían llegar a rememorar sucesos de los primeros años de vida que habían olvidado por completo. Freud llegó a la conclusión de que estos hechos olvidados podían determinar el comportamiento de un individuo. De esta manera nació el concepto de inconsciente y, ligado a él, el de represión, también pudo observar que buena parte de estos recuerdos de los primeros tramos de la vida que surgían —si bien con dificultad— mediante la asociación libre eran de naturaleza sexual. Cuando, más tarde, descubrió que muchos de los sucesos supuestamente rememorados nunca habían tenido existencia real, empezó a desarrollar la idea del complejo de Edipo. En otras palabras, los falsos hechos traumáticos y aberraciones referidos por los pacientes se convirtieron para Freud en una especie de código que mostraba lo que éstos deseaban en secreto que hubiera sucedido, y que confirmaba que el niño atraviesa un período muy temprano de consciencia sexual. Durante dicha etapa, afirmaba, un hijo se siente atraído por su madre y ve al padre como su rival (complejo de Edipo), una hija se comporta de manera inversa (complejo de Electra). Por extensión, según Freud, esta motivación se mantiene a rasgos generales a lo largo de toda la vida de una persona, y representa un papel decisivo a la hora de determinar su carácter. Las primeras teorías de Freud fueron acogidas con incredulidad no exenta de indignación y provocaron una hostilidad incesante. El barón Richard von KrafftEbing, reconocido autor del libro Psychopathia Sexualis, afirmó en tono de burla que sus opiniones en relación con la histeria parecían «un cuento de hadas científico». El instituto neurológico de la Universidad de Viena negó tener nada que ver con él. En palabras del mismo Freud: «No tardó en hacerse un vacío alrededor de mi persona».16 En respuesta a estos ataques, el padre del psicoanálisis se volcó aún más en sus investigaciones, y llegó a analizarse a sí mismo. Lo que propició esto último fue la muerde su padre, Jakob, ocurrida en octubre de 1896. Aunque padre e hijo no habían mantenido una relación demasiado estrecha durante los últimos años, Freud se encontró ante su sorpresa— con que su fallecimiento lo había conmovido de manera inexplicable, y que a su mente acudían de manera espontánea recuerdos que permanecían enterrados desde hacía años. También sus sueños empezaron a cambiar, y en ellos creyó conocer una hostilidad inconsciente hacia su progenitor que hasta entonces había reprimido. Esto lo llevó a pensar que los sueños constituyen la «carretera principal hacia el inconsciente».17 La idea fundamental de La interpretación de los sueños es que durante el sueño el yo es como «un centinela que se ha quedado dormido en su puesto».18 La represión que éste ejerce normalmente sobre el ello se vuelve así menos eficaz, y de esta manera el ello logra mostrarse 23 disfrazado en los sueños. Freud tenía bien claro lo que arriesgaba al dedicar un libro a los sueños. El hecho de interpretarlos se remontaba al Antiguo Testamento, pero el título alemán de su obra, Die Traumdeutung, ponía las cosas más difíciles, pues empleaba el término con que entonces se designaba la actividad de los adivinos de feria.19 Las primeras ventas de La interpretación de los sueños reflejan la escasa acogida que se le brindó. De los 600 ejemplares que se imprimieron en un principio, sólo se vendieron 228 durante los dos primeros años, cifra que al parecer ascendió a 351 seis años después de haberse publicado.20 Pero lo que más molestó a Freud fue la poca atención que le prestaron los profesionales de la medicina de Viena.21 Algo parecido sucedió en Berlín. A la conferencia sobre los sueños que había aceptado dar en la universidad acudieron tan sólo tres personas. En 1901, poco antes de la que debía pronunciar en la Sociedad Filosófica, recibió una nota que le rogaba que indicase «las partes de su discurso susceptibles de ser censuradas, haciendo una pausa para permitir a las damas que abandonen la sala». Tampoco faltaron los colegas que se compadecían de su esposa, «la pobre mujer cuyo marido, que antes era un científico inteligente, ha resultado ser un individuo estrafalario e indecente».22 No obstante, y a pesar de que en ocasiones Freud llegaba a pensar que todo Viena se había puesto en su contra, empezaron a surgir tímidas voces de apoyo. En 1902, tres lustros después de que Freud hubiese comenzado sus investigaciones, el doctor Wilhelm Steckel, brillante médico vienes, poco satisfecho con una reseña que había leído de La interpretación de los sueños, se puso en contacto con su autor para discutir el libro con él. Más tarde pidió a Freud que lo psicoanalizase, y un año después empezó a practicar dicho tratamiento por sí mismo. Juntos fundaron la Sociedad Psicológica de los Miércoles, que se reunía las noches de ese día de la semana en la sala de espera de Freud, bajo la silenciosa mirada de sus «mugrientos dioses viejos», como llamaban a su colección de restos arqueológicos.23 En 1902 se les unió Alfred Adler; en 1904, Paul Federn; en 1905, Eduard Hirschmann; en 1906, Otto Rank, y en 1907, Carl Gustav Jung, llegado desde Zurich. Ese mismo año cambiaron su nombre por el de Sociedad Psicoanalítica de Viena y empezaron a reunirse en el Colegio de Médicos. Aún quedaba mucho por hacer antes de que el psicoanálisis gozase de un reconocimiento pleno, y no fueron pocos los que nunca lo consideraron una ciencia de verdad. Sin embargo, en 1908 —al menos por lo que respecta a Freud— se habían dejado atrás los años de aislamiento.




martes, 19 de mayo de 2020

5 ideas de Zygmunt Bauman que retratan a la sociedad moderna



Mónica Redondo - Ene 10, 2017 -
Con motivo de la muerte del autor de Modernidad líquida, explicamos cómo la filosofía de Bauman describe la forma de vida de la sociedad actual.


Quién no ha pensado alguna vez lo diferente que es la forma de pensar de sus padres o abuelos en comparación con la suya. Han estado casi toda la vida con la misma persona, la misma con la que se casaron cuando las fotos eran en blanco y negro. Han tenido el mismo trabajo desde que salieron de la universidad con 23 años. Y conservan el reloj que les regaló su padre cuando cumplieron los 18 años.

La vida líquida de Bauman rompe con las estructuras fijadas en el pasado
La filosofía de vida, los valores y lo que se considera ético y moral ha cambiado radicalmente en los últimos años, a causa de los cambios políticos y sociales ocurridos a partir de la segunda mitad del siglo XX.
En el libro Modernidad líquida, el sociólogo Zygmunt Bauman es capaz de explicar los fenómenos sociales de la era moderna y qué es lo que nos diferencia de las generaciones anteriores. A partir del año 2000, año de publicación de Modernidad líquida, el filósofo polaco publica una serie de obras que resumen sus conceptos sobre la realidad que nos rodea: Amor líquido (2003), Vida líquida (2005) y Tiempos líquidos: vivir una época de incertidumbre (2007).
La realidad líquida de Bauman consiste en una ruptura con las instituciones y las estructuras fijadas. En el pasado, la vida estaba diseñada específicamente para cada persona, quien tenía que seguir los patrones establecidos para tomar decisiones en su vida. En la modernidad, el filósofo polaco afirma que las personas ya han conseguido desprenderse de los patrones y las estructuras, y que cada uno crea su propio molde para determinar sus decisiones y forma de vida.

La sociedad actual se basa en el individualismo y en una forma de vida cambiante y efímera
En la vida líquida según Bauman, la sociedad se basa en el individualismo y se ha convertido en algo temporal e inestable que carece de aspectos sólidos. Todo lo que tenemos es cambiante y con fecha de caducidad, en comparación con las estructuras fijas del pasado.
Muchas de las cosas que explicó Bauman hace 17 años en su obra Modernidad líquida y las que la siguieron se han convertido en una realidad en nuestros días. El sociólogo logró explicar el funcionamiento de la sociedad actual y determinar la relación de las nuevas generaciones con conceptos como el amor, el trabajo o la educación.
El amor líquido en Tinder



Muy poco tiene que ver las relaciones de nuestros abuelos con la nuestra. Miedo al compromiso, rollos de una noche, desengaños amorosos... Para muchos jóvenes (y no tan jóvenes) este puede ser el pan de cada día.
Para Zygmunt Bauman, estas relaciones son las que dan nombre a su concepto de amor líquido. Según su patrón, el miedo al compromiso y a las cosas a las que hay que renunciar, como la libertad, son la razón principal por la cual existe este miedo a comprometerse y a darlo todo por una pareja.
La vida líquida es una sucesión de nuevos comienzos con breves e indoloros finales
Las relaciones amorosas acaban convirtiéndose en breves episodios, en los que priva la búsqueda del beneficio personal. Cuando una pareja deja de ser rentable, se deja de lado y se busca una nueva.
Ni más ni menos que la filosofía de Tinder. Historias de amor para siempre han ocurrido gracias a la aplicación de búsqueda de parejas, aunque la mayoría de usuarios desliza rostros en su pantalla hasta encontrar el indicado para pasar la noche.
Ciudadanos del mundo



Si hay algo que no queremos, son ataduras, ni el en amor ni en nuestra forma de vida.
En la era moderna, es bastante común entre los jóvenes hacer un viaje de varios meses por América Latina o el Sudeste Asiático, con el objetivo de romper con las barreras y ser testigos de realidades distintas a las de su país de origen.
La realidad líquida de Bauman describe precisamente este escenario, que invita al movimiento, al flujo y a la búsqueda de nuevas experiencias, pero sin echar raíces en ningún lugar. Son ciudadanos del mundo pero de ningún lugar al mismo tiempo.
No más trabajos para toda la vida



Esta filosofía basada en la búsqueda de nuevas experiencias y ser ciudadano de mundo también se ve reflejada en el ámbito laboral dentro de las 
sociedad líquida.
Nuestros abuelos y padres entraron a trabajar en una empresa cuando acabaron la universidad, y se jubilaron en el mismo lugar 40 años después.

Las personas no quieren ataduras ni en el amor ni en el trabajo, según Bauman
En la actualidad, no existe el llamado trabajo de nuestra vida. Los empleos son cambiantes y el mercado actual necesita renovaciones dentro de las empresas cada poco tiempo.
Por otro lado, Bauman identifica en sus obras la necesidad de cambio en los trabajadores, a los que se les reclama cada día más volatilidad y capacidad de trabajo en diferentes áreas.
Las empresas buscan a personas volubles, con capacidad de reinventarse y que puedan viajar a otra ciudad cuando sea necesario. Personas que lo den todo en el trabajo aún sabiendo que pueden ser reemplazadas en cualquier momento si no cumplen con las expectativas.
El reto de la educación en un mundo líquido



"Aún debemos aprender el arte de vivir en un mundo sobresaturado de información. Y también debemos aprender el aún mas difícil arte de preparar a las próximas generaciones para vivir en semejante mundo".
La crisis económica que azotó las instituciones financieras y las economías de medio mundo en 2008 cambió la forma de pensar de muchos jóvenes.
Antes de la crisis, la sociedad estaba convencida de que unos buenos estudios derivarían en buenas oportunidades laborales. Pero a partir del 2008, todo se puso del revés. Los que han conseguido trabajo, tienen que reinventarse cada poco tiempo y afrontar nuevos retos constantemente. Otros muchos graduados están trabajando en puestos por debajo de su formación, y muchos ni siquiera han accedido al mercado laboral.
En el libro Sobre la educación en un mundo líquido, Zygmunt Bauman conversa con el educador Ricardo Mazzeo sobre la pérdida de credibilidad de las bases de la educación tradicional, la cual se perfila como algo anticuado por no proveer a los jóvenes las herramientas necesarias para encontrar un trabajo.
La era del consumismo



Los que se compraron el iPhone 3G hace 10 años, se sintieron los amos del mundo. Tenían en sus manos un producto único en el mercado en ese momento, el cual marcó una diferencia en el uso de los smartphones.

En la era del consumismo, lo importante no es conservar objetos, sino renovarlos constantemente
En la actualidad, el que conserve un iPhone 3G no podrá ni hablar por WhatsApp. Más de 8 modelos han actualizado la primera versión de los teléfonos de Apple.
La era consumista que vivimos en la actualidad se basa en la ferviente necesidad de sacar nuevos productos en el mercado que saciar las ansias de renovación de la sociedad.
Los productos duraderos ya no son importantes, en esta era priva lo efímero y lo nuevo para sorprender a los compradores.
El consumismo no gira en torno a la satisfacción de deseos, sino a la incitación del deseo de deseos siempre nuevos
En esta realidad líquida, lo importante no es conservar los objetos, sino renovarlos constantemente para contentar el espíritu consumista.

La realidad líquida angustia a las personas porque no carecen de nada fijo y duradero
La consecuencia principal del mundo opuesto a lo sólido crea ansiedad en las personas, según Bauman. La necesidad de reinventarse en el empleo provoca que muchos trabajadores se queden atrás y que no cumplan con los requisitos necesarios en la actualidad.
Además, la necesidad de relacionarse choca frontalmente con la falta de compromiso y el miedo a perder a la libertad. En la sociedad actual, no podemos aferrarnos a nada, porque todo es cambiante y efímero. Todo es líquido, y la posibilidad de perderlo todo es más que probable.
Zygmunt Bauman ha fallecido este lunes en su domicilio de Inglaterra. Perdemos a uno de los filósofos y sociólogos más importantes del siglo XX, pero conservamos sus obras para intentar entender la complejidad de la sociedad actual.